jueves, 22 de noviembre de 2018

Lanuca - "Rémora" (2018)


Parece un deja vu. Y van tres en unos años, no demasiados. Y la secuencia de esta repetición patológica que dicen que es un fallo del cerebro no es una imagen o sucesión de imágenes, es un sonido, un susurro, un aliento, una serie de estados metafísicos con forma de canciones... es un nuevo trabajo de Ángela Bonet, que distribuye su brujería bajo el seudónimo de Lanuca.
Y les aseguro que no se trata de ningún fallo de mi cerebro. Se equivocará en otras ocasiones (en demasiadas me temo), pero no en ésta. Y lo digo con tanto convencimiento porque es imposible que paladear y sentirse bien, alegre y etéreo escuchando la música de Lanuca sea un fallo, un error o una tara. Es más bien una suerte cósmica que parece adjudicada a unos cuantos afortunados entre los que me encuentro.
Todo empezó con "Gran mandíbula", después me atrapó "Tibia Turbia" y ahora el ciclo (casi) onírico continua con "Rémora", que es como se titula el último disco de Lanuca, publicado hace unas pocas semanas por el sello Bonavena Música.
En este nuevo catálogo la valenciana se hace acompañar de un grupo de sensibles músicos (imprescindible cualidad si se quiere hacer justicia a la inspiración especial y natural de esta artista) que la ayudan a crear la atmósfera requerida para dar sentido a sus composiciones y textos, estos son: Manolo Bertrán (guitarras), Ana Santos (sintetizadores), Vanessa Juan (chelo), Ernest Aparici (trompeta) y Santi Serrano (batería).
Una vez más Lanuca me hace adoptar una postura auditiva compleja, o más bien diferente, dejando a un lado mi habitual actitud y predisposición. Es necesario hacer eso que se dice ahora de 'abandonar la zona de confort', aunque la presunta incomodidad apenas dura un suspiro, pues con los primeros aleteos de "Durazno" desaparece cualquier molestia o perturbación, para caer en un fino y sugestivo bienestar, y todo lo impuro parece ser absorbido por la espiral que emana la canción.
Adoptan los sonidos en esta ocasión una tesitura más etérea, tenue y esbelta que el precedente trabajo del pasado curso. 
Nos acompañan programaciones electrónicas que se dejan envolver por carantoñas sónicas y tránsitos de guitarras eléctricas, cuerdas y sintetizadores; la penumbra se ve rajada por el rayo de luz que supone la voz de Lanuca, que parece separar las aguas como el viejo liberador del pueblo egipcio, liberando ella la esencia de la obra y elevándose hasta el "Himalaya", título del segundo corte de "Rémora".


Y entre frondosos y enigmáticos efluvios se van sucediendo temas, sensaciones y rumores. En "Hasta Orion" nos despereza la guitarra de Manolo, en "Polvo raso" no es difícil retroceder a unos ochenta que se veían invadidos por la electrónica primigenia, como ocurre también con el instrumental "19.49". "El monte de Venus" gravita sobre una especie de vacío sónico que se rompe eléctricamente, "Piel con piel" resulta sumamente sensual a la vez de delicada, mientras "150 Km/h" es un instrumental de carácter velvetiano en el que habita una cierta tensión refugiada. El tercer tema instrumental, "8000m²" se muestra más luminoso y tórrido. 
Finaliza este deja vu de pálidos colores auditivos con "Sacramento", tal vez mi favorita, por ese pop evocador y solemne que dibuja formas geométricas y nuevamente sensuales.
Recordar es renacer, rejuvenecer y además descubrir que el paso del tiempo puede ser nutritivo cuando del arte se trata, pues Lanuca no escapa a la cronología de los años -nadie lo hacemos- pero recicla esta inevitable actuación para redecorar su sueño musical y ofrecer a los suficientes (parafraseando a my friend Johnny) un deja vu cada vez más intenso y siempre diferente pero indiscutible. Una vez más atrapado por Lanuca.
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