miércoles, 15 de agosto de 2018

Las tías de negro de la postguerra. Las paranoias de Addi.


Cuando era niño, recuerdo ir con mis padres a visitar a la familia cada verano. Recién empezadas las vacaciones yo sólo quería jugar con mis amigos, leer novelas de "Los cinco" o de Emilio Salgari y construir, junto a mi amigo Javi, naves espaciales con el Tente que se pareciesen a las que salían en la serie "Galáctica" que emitían cada día después de comer.
Alguna tarde, tras el capítulo diario y ya con el libro bajo el brazo y la caja de bloques de colores para jugar a ser un ingeniero galáctico preparada, presto para ir a casa de Javi, que el pobre guardaba meses de reposo tras una agresiva operación en la columna que le mantenía muchas horas en cama, casi inmovilizado por un terrorífico engendro de hierros y tubos que rodeaba su cuerpo adolescente y mantenía su espalda en un estado de dolorosa rigidez, justo cuando iba a salir por la puerta, mi padre me detenía con el anuncio de una visita a alguna de las tías.
No me gustaban aquellas visitas, me aburrían mucho y en cierto modo me entristecía contemplar a todas aquellas tías abuelas, siempre de negro, con el pelo color estaño duramente adherido al cráneo y fuertemente estirado hacia atrás y recogida la melena en un moño ensartado por multitud de horquillas.
Recuerdo ir a casa de tía Julia, era alta y con los rasgos de la cara muy abruptos, como una estatua fenicia, siempre con sus enormes ojos azules empapados de un líquido viscoso que nunca caía por sus mejillas y permanecía allí, como gustándose en aquellas cuencas profundas y ya impermeables, al entrar por el pasillo tenías que poner los pies sobre unas bayetas y deslizarte por el pasillo oscuro, largo y alto, como si esquiases por la olorosa cera que hacía brillar la madera.
La tía María mantenía su cabello negro y arremolinado, y también sus ojos eran oscuros, y su piel, que era del color de la canela; besaba cariñosamente a mi madre y también a mi hermano y a mi, pero a mi padre le besaba entre llantos de alegría y risas de tristeza, le besaba muchas veces y le abrazaba muy fuerte, mucho. Recuerdo que la tía María me resultaba muy impresionante.
Tras el cola-cao servido en una amarillenta taza con cicatrices en su piel de porcelana y las galletas, normalmente revenidas y húmedas, empezaban las historias sobre los ausentes, demasiados ausentes.
Teófila ya estaba llorando antes de abrir la puerta, era pequeñita, graciosa y parecía tan frágil que no pude entender, cuando años después conocí su historia, que aquél requeté le hiciese tanto daño, y que la humillase tan vílmente a pesar de estar enamorado de ella, y que por eso la tratase tan mal, porque ella lo odiaba y se lo decía, nunca consiguió que confesara dónde estaba escondido el tío Rogelio. Incluso cuando un buen día su vientre dejó en evidencia que estaba embarazada, no consintió que la llamasen puta, y con la cabeza alta y en tono firme escupió a todos, incluido al cabo de la guardia civil, que el hijo que esperaba era de su compañero, de Rogelio, que la visitaba algunas veces, siempre por sorpresa y que pasaba la noche con ella y se marchaba antes de despuntar los primeros rayos de sol, y que era demasiado listo para que lo atraparan.
Socorro llevaba el luto con orgullo y coraje, tenía unos ojitos pequeños que se arrugaban tras unas gafas de culo de vaso, en tiempos de la república fue maestra, y realmente lo fue durante toda su vida, aunque no pudo ejercer la docencia por roja. Pero siguió siendo una lectora compulsiva y una maravillosa poeta. Nos besaba al llegar a su casa, pero no al despedirse, que lo hacía con un escueto "¡Salud!" que espetaba con una sonrisa de un millón de dientes, y bien alto para que lo oyesen todos, en especial los fascistas y los que en el 39 se afiliaron a falange a pesar de haber votado al Frente Popular, que esos fueron los peores hijos, nos decía con el rencor cosido a las comisuras de sus labios.
Y Maruja, Enedina, Joaquina, Filomena... todas de negro, todas condenadas a llorar por sus maridos, compañeros, novios, hijos, hermanos y padres, todas firmes y dispuestas a no cejar en la lucha, aquella en la que los hombres de la familia empeñaron sus vidas por defender la libertad, el trabajo digno y la igualdad. Todas en el centro de la diana, muñecos del pim-pam-pum sobre los que los falangistas podridos de victoria disparaban sus bolas curtidas de venganza y crueldad, todas desafiantes ante las miradas hirientes escondidas tras los visillos de las ventanas de los que aún estando a salvo tenían más miedo que ellas, altivas cuando paseaban por las calles del pueblo, pisando fuerte aunque les temblasen las piernas al pasar delante del ayuntamiento, dignas cuando regresaban de alguno de los humillantes y mal pagados trabajos a los que tenían que rebajarse para dar de comer a los hijos, a mi padre...
Hace muchos veranos que no hay visitas, poco a poco fueron dejando este mundo para reunirse con los hombres de la familia, una pena, porque ateas como eran, no contemplaban esa opción. Hoy me da pena y al tiempo alegría recordar aquellas tardes frente al tazón de cola-cao, mirando a la tele y aburrido, sin escuchar lo que los mayores hablaban. Hoy las preguntaría tantas cosas, y me gustaría tanto escuchar la historia de la familia contada por ellas, y me gustaría tanto llorar con ellas por tanto dolor, tanto mal, tanta crueldad, tanta sangre, tantos golpes, insultos, gritos, humillaciones, burlas... y sentir tanto orgullo, por ellos, héroes que entregaron lo más valioso que tenían siendo tan jóvenes y dejando aquí lo que más querían expuesto un largo martirio público y malicento; y sobre todo por ellas, auténticas heroínas, fuertes y valientes, que se quedaron aguantando ante los viles, soportando la vergüenza con entereza, sacando adelante a los hijos y resistiendo por la libertad, por el recuerdo de los suyos, por la verdad y por el futuro. Hoy me apetecía rendir un homenaje a todas aquellas mujeres, para que sepan que (desgraciadamente) muchos seguimos en la lucha.

Esta paranoia explota como reacción visceral a las repugnantes insinuaciones de Joaquin L. Ramírez, senador del Partido Popular, en las que dejaba en el aire la hedionda posibilidad de que las 13 Rosas fuesen unas asesinas, hay que seguir en la lucha, está claro.

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