miércoles, 31 de enero de 2018

Tarde de carnaval con Mia y Vincent - Las paranoias de Addi.


Era la primera vez que untaba mi pelo con gomina, tampoco me había anudado nunca una corbata al cuello. Me miraba al espejo del baño de la casa de mis padres, peleándome con la masa grasienta de imposible moldeado que coronaba mi cráneo. El botón superior de la camisa, por primera vez en su vida abotonado, me asfixiaba, y aquél corbatín rockabilly que me prestó Iñaki no ayudaba a sentirme más liberado.
El resto de mi indumentaria era mucho más acorde con mi personalidad: americana y pantalones negros, y para rematar las botas Sendra de los conciertos, gafas de sol de pasta negra despistadas de la mesilla de noche de mi padre, un Lucky aprisionado en la comisura de los labios y unas ganas infinitas de verla.
Bajo a la calle, enciendo un cigarrillo con la colilla moribunda del anterior, trago saliva y me concentro en el traqueteo de mis botas contra las baldosas desmenuzadas y aún húmedas de la acera. 
El lugar de la cita era el acostumbrado, en la esquina de la plaza Zabalburu, junto a la puerta de la BBK, haciendo esquina con la calle Irala.
Los nervios me secaban la garganta, necesitaba un trago, pero no había ningún bar cerca, ella estaba a punto de aparecer por la esquina de la calle Machín, entonces calmaría mi sed y mi inquietud.
Era un nublado sábado de febrero, por la mañana había llovido, y a las siete ya empezaba a oscurecer, las gafas de sol me impedían ver con claridad, pero decidí no quitármelas. Mientras la esperaba canturreaba para mis adentros aquella canción que escuchamos en la película que fuimos a ver el lunes en los cines Capitol. Después del cine, se extendió ante mi una semana lluviosa, exasperante y larga, como una travesía por un lodazal infinito, cada segundo lejos de ella se hacía insoportable. ¿Porqué tardaba tanto?, estaba seguro de que habíamos quedado a las siete.
Cada vez que llamaba a su casa cogía su madre, no me tenía simpatía: el pelo largo, los pendientes, las botas y la chamarra de cuero no vestían al prototipo de chico que aquella arpía deseaba para su princesa. Si supiese que su hija no tenía vocación de princesa, sino de heroína. 
Empezaba a tener dudas, ¿Y si habíamos quedado a las ocho?, los nervios me estaban destrozando, la cancioncilla no abandonaba mi cerebro, pero empezaba a sonar como un réquiem.
Ella ya era una mujer, no había que esperar más. Yo en cambio me hacía adolescente de repente, volvía sobre mis años y me convertía en un niño otra vez: miedoso e inseguro, tembloroso y pequeño, encendí otro Lucky, el último del paquete.
Me enfrenté a la puerta del cajero de la BBK, el reflejo en el mugriento cristal me mostraba a alguien azarado, huidizo. Una gota de sudor calcinaba la hendidura de mi columna vertebral y la sequedad del gaznate parecía una garra que me apretaba el cuello con un guante de lija. 
Escuchaba unos zapatos de tacón, cabalgaban con firmeza a la vuelta de la esquina, tenía que ser ella, seguro, conocía su caminar indómito y despreocupado, gallardo, legitimo. El guante de lija apretó aún más fuerte, la nuez empezó a doler y el paladar ardía por falta de líquido, como un vertedero tras un cataclismo nuclear. En unos segundos, muy pocos, alcanzaría el chaflán que formaba el ventanal de la caja de ahorros y desembocaría su silueta en la plaza, ya la tenía encima, podía oler su perfume.
Una mujer profesionalmente maquillada y abrazada por un abrigo de pieles apareció en lugar de ella, sus pasos sonaban como una ráfaga de ametralladora que partía en dos mi entereza, o lo que quedaba de ella.
Eran las siete y veinte, estaba seguro que la cita era a las siete, siempre, desde que empezamos a salir el último noviembre, habíamos quedado a las siete. La canción de los demonios sonaba distorsionada, como una de aquellas extravagancias de la era del ácido, el autobús parecía tronar como las bisagras de la puerta del averno y el gentío que me rodeaba me observaba con una sonrisa malévola en el rostro, las parejas susurraban y se reían del absurdo fantoche con gafas de sol que llevaba casi media hora plantado en la esquina de la Plaza Zabalburu con Irala.
El pánico empezaba a hacer presa de mi, empecé a recordar, el lunes, tras la película no se quiso quedar a tomar algo, tenía que estudiar, o eso decía. Noté como una depresión incipiente apretaba mi cabeza con dedos de hielo que se cebaban con mis sienes.
Todo aquello no tenía sentido, si esto era el amor, no merecía la pena. Estaba triste y derrumbado, a punto de volver al barrio, al abrigo de mi ambiente.
De repente apareció arrastrada por una carrera nerviosa y torpe, la prisa la hacía aún más guapa. Su pelo, negro como el pecado no mostraba sus habituales bucles y tirabuzones, liso, más corto, parecía una sota de la baraja. La blusa blanca, desabotonada hasta permitir intuir el abismo que se cernía bajo sus pechos, un camino hacia el paraíso, por encima una chaqueta con hombreras negra, sin abotonar. Unos pantalones, también negros, muy ajustados que no llegaban a tapar sus tobillos, y en los que se troquelaba el contorno de sus bragas, y unas zapatillas plateadas de las que se denominan bailarinas eran todas las prendas que la cubrían, a pesar de las temperaturas propias del invierno.
Cuando llegó a mi altura respiraba con dificultad, estaba sofocada, venía corriendo desde su barrio, en la parte alta de la ciudad. Intentó una escusa, le tape la boca con un beso. Era nuestro primer beso con carmín de por medio, el segundo empapó mis labios de una pegajosa sensación de lujuria.
No podía estar más guapa. Yo siempre odié disfrazarme, y sólo aquel año disfruté de los carnavales, y cada vez que recuerdo aquella tarde de fantasía y atolondramiento, me viene a la cabeza la misma canción, los mismos personajes, y nosotros jugando a ser ellos.


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