domingo, 17 de febrero de 2019

Los domingos photosong - 091 - "La calle del viento"


Hace unos días desde el Exile el compañero Johnny JJ nos adelantaba la buena nueva: vuelven los Cero, con nuevo disco y por supuesto gira.
De esta manera se confirmaban los rumores que circulaban desde el pasado otoño con respecto a la vuelta de los granadinos.
Muchos pensábamos que la historia se terminaba con aquella desaforada gira de 2016 que bautizaron como "Maniobra de resurrección" y que a un servidor le arrastró a dos bolos absolutamente irrepetibles y en los que disfruté como en pocos en mi vida.
Lo cierto es que aún faltan varios meses para que las nuevas canciones vean la luz, no será hasta el otoño que se publique el disco, así que de momento seguimos disfrutando con el radiante "Maniobra de resurrección" que sigue y seguirá girando y girando...
Nos quedamos con el apoteósico estribillo de "La calle del viento".
¡Feliz domingo!



sábado, 16 de febrero de 2019

En Moscú, la belleza, el sol, el Bolshoi y la Plaza Roja. Las paranoiras de Addi

La Plaza Roja

Llegué tarde a la ciudad y me costó encontrarlo. Se trataba de un pequeño pero acogedor hotelito en el centro de Moscú, en una calle estrecha y oscura en pendiente, casi escondido en la cavernosa oscuridad del otoño moscovita. No disponía de ascensor pero las escaleras, igual que los pasillos, se veían revestidos de una preciosa moqueta de tonos azulados. Los techos bajos y las paredes de madera de abeto en tonos también azules pero que simulaban cielos veraniegos, propiciaban ese ambiente hogareño que tan difícil es de encontrar en estos días.
En la recepción, una mujer que no parecía alcanzar aún la treintena pero que superaba la cuarentena me sonreía con una boca demasiado grande de carnosos labios rosados, que junto con una nariz estrecha pero larga en demasía, rompían con la simetría de un rostro alargado, radical en pómulos y mandíbulas que se veían recubiertos de una estirada piel blanca como la leche. Con una frente ancha y despejada, el pelo negro y brillante, estirado y recogido en un enorme moño sobre la cabeza y dos ojos azules, redondos y grandes, que parecían mirar con sorpresa y curiosidad, como miran las adolescentes listillas con ansia de vivir como sus heroínas de cuento de hadas, me dio la mejor bienvenida.
Hablaba y sonreía al mismo tiempo, me costaba concentrarme en los horarios del desayuno que me iba indicando con un inglés septentrional que se disolvía con esa sonrisa kilométrica, rosa y blanca. Me colocó sobre la mano la llave de mi habitación, sus dedos finos, huesudos y blancos me produjeron una vacilación: thirty four sir, welcome.


Dormí de un tirón, y a las siete estaba duchado y dispuesto a conquistar la ciudad. En la recepción entregué la llave a un chico joven de edad indefinible, con el pelo castaño claro, desgreñado y con apariencia de necesitar una buena ración de agua y jabón. Tras un desayuno frugal me sumergí en una mañana limpia y fresca que me bendecía con un cielo azul de postal trucada.
Trepando por una calle porticada, dejando atrás una intrincada plaza recubierta de isletas y taxis, me incorporé a una calleja que discurría en paralelo a un vetusto edificio, al fondo se intuía una plaza aún no visible por culpa de la radiante luz del sol, que hacía que el contenido de la misma adquiriera una tesitura fantasmal pero atrayente, como el tránsito al más allá.

Karl Marx
Cuando la alcancé y la luz se estabilizó, descubrí la estatua de Karl Marx. Saludé al camarada Carlos y me volví cadenciosamente, presintiendo lo que me encontraría, el egregio edificio que se alzaba ante mí me hizo bendecir la tierra que pisaba: el Teatro Bolshoi.
Más parecido a un parlamento que al templo del ballet y la ópera que es, contradecía la imagen de belleza rusa que aún mandaba en mi cabeza, llena aún de la recepcionista de la noche anterior, en la que la falta de simetría creaba un bello mosaico de rectas, curvas y sonrisas.
El Bolshoi estaba en cambio presidido por el absoluto equilibrio de sus líneas, perfiles y vértices. Sus ocho columnas se enroscaban en el firme marmóreo y dotaban al edificio de una prestancia que exhalaba respeto y dignidad.
Un panel de vidrio mostraba las imágenes en blanco y negro de alguno de los grandes héroes de la ópera rusa: Galina Vishnevskaya, Ileana Cotrubas, Nicolai Ghiaurov, Boris Christoff o Evgeny Nesterenko lucían como fantasmas del pasado ataviados con las vestimentas de Mimi, Tosca, Evgeni Onegin o Boris Godunov.

Teatro Bolshoi

Di la espalda al teatro con la promesa de volver a saludarle cada día que permaneciera en Moscú, y tras cruzar la soberbia Avenida Gorki, abarrotada de autobuses a pesar de lo temprano de la hora, me sumergí en una laberíntica escaramuza de callejuelas peatonales que escalaban retorciéndose y luciendo, arracimadas a sus fachadas, tiendas de recuerdos, de telefonía y algún restaurante disfrazado de tradición.

Nikolskaya ulitsa
El final del laberinto conducía a la elegante Nikolskaya ulitsa, a la que el sol, elevándose por el este, a la espalda de los frondosos y excesivos Almacenes GUM, dotaba de una sombra líquida y candente a la popular arteria. Paseando, con los famosos almacenes en los que la leyenda dice que Stalin lloró, a mi izquierda, la presencia de la Plaza Roja se sentía en mi interior como el temblor de las tripas del planeta antes de la explosión tectónica de resueltas de su ira.
Al final de las sombras, la luz amarilla del pálido y aún bostezante sol de otoño, se estrellaba contra el Museo de Historia de Rusia, más conocido por los lugareños como el Edificio Rojo, que según avanzaba se acercaba a mi, mostrándome su abrupto y reaccionario perfil.
La desembocadura era radical y rompedora, sombras derrotadas ante la luz, el reloj de la Torre del Salvador marcaba las nueve menos cuarto de la mañana y mi corazón se revolvía entre las costillas. Cuando me dejé bañar por el sol, fijé mi vista en el edificio rojo y su imponente faz.

Edificio Rojo

Sabía que siempre estaba mirando hacia la plaza, que yo ahora mantenía a mi espalda encarado con el admirable rostro rojo de aquella construcción tantas veces imaginada. Me encontraba a un giro sobre el eje de mi cuerpo de plantarme ante ella, tan mítica y soberbia, tan engreída y sabelotodo, tan apoteósica y suficiente... tan bella y tan fría, observadora del devenir de una parte del mundo: la Plaza Roja.


Me volví, despacio, degustando o intentándolo al menos, el momento. Me golpeó su grandeza, y caminé sobre los adoquines paralelos al cielo más azul que jamás creí ver. A mi derecha se extendía la Muralla del Kremlin, que esconde el parlamento ruso y la plaza de las cuatro catedrales, custodiada por las dos torres coronadas por la estrella roja, que marcan la hora oficial, y a sus pies el rectilíneo y pétreo mausoleo donde descansa Lenin, el líder de la revolución bolchevique, el que tomó el Palacio de invierno en la bella San Petersburgo en otro octubre, ciento seis años atrás.

Torre del Salvador
La confrontación de la amarilla luz del sol contra el adoquinado creaba la sensación de que el suelo estaba iluminado y proyectaba una luz brumosa proveniente de las tripas de Moscú. La fachada victoriana de los almacenes GUM parecía ajena a la historia que se amontonaba sobre la atmósfera de la plaza y al fondo, como un espectro, la fisonomía de la Catedral de San Basilio. El sol tras ella la hacía permanecer en penumbras y dibujaba la sombra de su insólita silueta sobre el suelo. Fue que según avanzaba, apesadumbrado y recogido sobre mí mismo hacia el templo, que fueron mis ojos rellenos de sol descubriendo los colores, formas y detalles del impresionante santuario, hasta que a unos metros de él, nos miramos a la cara y descubrí que era tan bello como siempre imaginé, y absorto bajo la mirada de la torre del salvador, establecí un mudo diálogo con todo lo que me rodeaba. Alejado de la sombra que disparaba la iglesia, me preguntaba si la soledad era lo más oportuno para aquél momento.


Catedral de San Basilio

Para alguien tan remiso a mostrar sus sentimientos, poder estremecerme en soledad,derramar lágrimas y emocionarme sin temor de ser observado, era cómodo por así decirlo, y el momento era solo mío, pero ¡cómo me gustaría sentir el abrazo de otro cuerpo dando sustento a mi equilibrio!, notar unos besos sellando el momento y algún día poder revivirlo con alguien, pero ésta es una historia, una más, de soledad.


No sé cuánto tiempo estuve allí, perdido en medio del mundo, buscando parte de mí alrededor y fijando en mi memoria un episodio único, porque la Plaza Roja te derrota, te arrasa y al tiempo de bendice.
Rodeé la catedral de San Basilio y crucé el Puente Bolshoi Moskvoretsky dejando atrás la plaza,en busca de la ciudad, y encontré otros lugares y situaciones, pero eso tal vez contemos otro día.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Moses Rubin - "Leeds" EP (2018)


La ciudad inglesa de Leeds fue durante una temporada el hogar del joven cantante, guitarrista y compositor Moses Rubin.
Y Leeds es precisamente el nombre del EP donde se albergan las esperadas nuevas canciones de este artista, que tras el fantástico "Subtle atmospheres" (2016), dejó de ser una promesa para convertirse en una feliz y venturosa realidad.
Y esta buenaventura se consolida aún más si cabe con estas cinco canciones que Moses nos canturrea, como si lo hiciese a nuestros oídos, y que contienen el secreto que alberga el arte que resultando intenso, no presume de ello, pero que sin más algarabías, se expande hacia lo profundo con la fe ciega y sincera de lo que se hace con el corazón y el gusto extraído de un talento cierto pero no sobre-expuesto.
Nos sentamos y dejamos que la esencia musical y espiritual de estas coplas nos abrace, y permitimos que las líricas emanaciones de éstas nos conduzcan sobrevolando estados de bucólico folk setentero en la onda de Cat Stevens o Nick Drake, que no es cualquiera cosa.
Manda la guitarra acústica que es arpegiada con sabiduría y pálpito dulce, la voz de Rubin es esponjosa y flexible, y frasea con determinación y prudencia, acometiendo cada inflexión que la partitura exige.
Con el añadido de unas teclas que se muestran mimosas y discretas pero imprescindibles, las canciones son como relatos de una vida aún joven pero que cuenta los días vividos por historias y aventuras.
Tan hermosa y recóndita se muestra "Southern land", como la semblanza a la ciudad que da título al disco, lo hace tierna y evocadora.
"The intermediate" es una reflexión susurrada de gran vida interior y "My room" tiene su fuerte en la luz de la esperanza y el ímpetu de los comienzos animosos.
Finaliza este recorrido por el mundo que un servidor siente moldeado por la felicidad desinteresada y pura de los bohemios, con el instrumental "Transpennine express".
Permitan que la aguja bese los curvados labios del vinilo tantas veces como el espíritu se lo solicite, pues no siempre se puede escuchar canciones que con tan poco dan tanto al alma.



Se puede escuchar y adquirir "Leeds" pinchando AQUÍ.


lunes, 11 de febrero de 2019

Los lunes... escenas de cine - "Los cuatrocientos golpes"


El impactante debut de François Truffaut en 1959 sigue siendo y siempre será una de las obras capitales del cine francés y del cine en general. Hablamos por supuesto de la inquietante historia semi-autobiográfica, del adolescente Antoine Doinel en la primera de las cinco entregas, la sobrecogedora "Los cuatrocientos golpes".
Cinta definitoria de la nouvelle vague, y con numerosos ticks característicos de este movimiento, el título se refiere a una expresión francesa que hace referencia a los muchos actos de transgresión que acomete el personaje central del film, así como a los muchos golpes que se lleva por parte de la vida, o el azar.
Escrita por el propio Truffaut junto a Marcel Moussy, esta película propició la aparición de otras cuatro secuelas en torno al personaje de Antoine Doinel, aunque también interesantes ninguna alcanza la poética y profundidad de esta soberbia película.
El film está abarrotado de momentos grandiosos, planos lapidarios y secuencias arrebatas, pero si me lo permiten me voy a quedar con esta.



domingo, 10 de febrero de 2019

Los domingos photosong - Bruce Cockburn - "Creation dream"


Este último viernes publiqué una de esas listas a las que tan aficionados somos algunos musiqueros en la que destacaba algunos discos del año 1979.
Entre los elegidos se encontraba "Dancing in the dragon's jaws", tal vez el disco más exitoso del canadiense de Ottawa, Bruce Cockburn.
Algunos amigos me comentaron que les había sorprendido la incursión de este disco en la lista. Me parece entendible esta sorpresa, la verdad es que Cockburn no es un artista demasiado reconocido, al menos en comparación con otros cantautores de su misma cuerda. Pero creo que se trata de un extraordinario artista, magnífico guitarrista, impoluto letrista y un gran compositor.
Con más de veinticinco discos en su haber, desde 1970, alcanza lo más parecido a la popularidad en 1979 con "Dancing on the dragon's jaw", disco del que en su día hablamos AQUÍ y que este domingo recordamos en la canción fotográfica de los domingos.
El disco está formado por ocho coplas a cual más deliciosa, y cualquiera puede servir para representar el disco, pero me voy a quedar con la bonita "Creation dream".
¡Feliz domingo!



viernes, 8 de febrero de 2019

La docena de doce de... Discos de 1979.


Como me imagino que a lo largo del año irán apareciendo listas a propósito de los mejores discos de diversos años terminados en nueve, por la cosa de la efeméride con número redondo, yo, que hoy me he despertado con ganas de lista, me lanzo con la mía del año 1979, hace cuarenta años (y un servidor ya andaba rodando por ahí).
Por supuesto y para no perder las buenas costumbres, se trata de una docena de doce de...


1. The Clash - "London calling".


Mítico donde los haya, ecléctico, transgresor y definitivo, un auténtico documento donde se amalgama la historia, el pensamiento progresista y la música. ¡Imprescindible!


2. Neil Young - "Rust never sleeps".


Solo el más grande es capaz de presentar un disco con temas inéditos en riguroso directo, con una parte acústica y lírica y otra eléctrica y rabiosa, Young inventando la actitud grunge.


3. Joy Division - "Unknown pleasures".


La firma sonora de una época fugaz pero eterna, la oscuridad y la atmósfera, la música convertida en imágenes difuminadas por la psiquis, un disco que merece un parámetro crítico propio.


4. AC/DC - "Highway to hell".


La leyenda en su momento de mayor esplendor, cuando el infierno se mostraba incapaz de apagar la furia de la banda más grande y demoledora del momento. Bon Scott marcando el camino hacia el averno.


5. Burning - "El fin de la década".


El rock urbano se mezcla con las esencias glam y el arrojo de barrio heredado de las escuchas de los grandes discos de los Stones. Un zumo de rock suburbial con esas gotas de elegancia y sensibilidad de los grandes.


6. Graham Parker - "Squeezing out sparks".


Un disco ultra excitante, power pop de lujo y canciones inmortales saturadas de melodías perfectas y estribillos pegadizos, una gozada en toda regla.


7. Bruce Cockburn - "Dancing in the dragon's jaws".


Obra maestra del grandioso songwriter canadiense que aquí alcanza sus mayores cotas de inspiración. Trabajo y artista que juegan en ligas menores aunque la carrera de Cockburn en lo artístico es oro puro, como deja claro este disco.


8. La Banda Trapera del Río - S/T.



El punk suburbial, descarnado y proletario. Contundencia, transgresión y furia entremezclados con desesperación y orgullo de barrio, tenían algo que decir y lo dijeron, y el mensaje es transmutable a los tiempos actuales. Grandeza.


9. Buzzkocks - "Singles going steady".


Imprescindible colección de singles, pelotazos irresistibles de flamígeros himnos punk y power pop que irradian actitud y anarquía existencial al ritmo del rhythm and blues más furibundo.


10. Van Morrison - "Into the music".


Vuelta de tuerca al modus operandi musical del León de Belfast. Se añade al cóctel influencias country, visiones crepusculares que enriquecen el universo sónico de Van 'the man'.


11. Tom Petty - "Damn the torpedoes".


El tercer torpedo de Petty fue este incendiario disco de rock soleado con acentos pop y ese encanto de la juventud indómita, el trabajo que consolidó al rubiales de Florida.


12. The Police - "Reggatta de blanc".


Segundo disco de The Police, en mi opinión inferior a su pletórico debut pero repleto de canciones perfectas, nunca alcanzó la banda de Sting el nivel alcanzado con sus dos primeros elepés.

jueves, 7 de febrero de 2019

Luis Eduardo Aute - "Slowly" (1992) - Mis discos de los noventa


Continuamos con las sección de "Mis discos de los noventa" y lo hacemos con un disco básico para un servidor: "Slowly" de Luis Eduardo Aute.
Tras el atracón de discos y canciones al que, como si de una contrarreloj se tratase, me atiborré en los años ochenta, siempre que éstos llevasen la firma de Aute, en los noventa mi adolescencia había quedado definitivamente atrás (o éso creía), y eran otras tendencias más ruidosas y alternativas las que copaban mis escuchas.
Parecía que las coplas existencialistas, derrotistas, poéticas, cínicas y metafísicas de Aute habían quedado atrás y que poco a poco irían perdiendo fuerza y vigencia en mi.
Pero en 1992 apareció "Slowly", y con este disco entendí que Aute se reinventaba y rendía pleitesía a los nuevos tiempos, a los noventa, y dejaba atrás viejas perversiones de artista maldito y siempre dispuesto a la derrota para adentrarse en los nuevos tiempos, aquellos que saludaban a una España llamada a participar del jolgorio de la riqueza capitalista. No se lo crean , el viejo Aute engañó al diablo, como en otra ocasión lo intentó Robert Johnson, pero él lo consiguió: su vestimenta, sus gafas de sol y sus sonidos eclécticos de nueva generación le devolvieron al candelero sin dejar de derramar en sus canciones todo el veneno que sale de su universo, de su ética vital de adicto al extravío.
Me volví a enganchar a Aute, y aquella vez, aquella recaída fue mortal de necesidad, pues ya nunca me he repuesto de ella, y sigo sintiendo su universo como propio, como si ese veneno que él fabrica se hubiese colado en mi bilis.
Por todo ello, "Slowly" es un disco tan importante, y por ello recupero la reseña que sobre él escribí hace un tiempo, porque es uno de mis discos de los noventa.


Luis Eduardo Aute - "Slowly" (1992)



Los que vivíamos en 1992, recordamos aquél año como la consolidación internacional de España como país moderno, democrático y totalmente acogido por los organismos internacionales. Los países que históricamente miraban a los pobres españoles por encima del hombro, a partir de aquél momento, considerarían a España como 'uno de los nuestros'. O al menos, algo así nos quisieron vender.
Pasó la expo de Sevilla, las olimpiadas, con el rey (entonces príncipe) portando la bandera, el arquero de fuego, Curro, Cobi, las colas en la isla de la cartuja, el AVE... quedó lo de siempre: humo de un rescoldo que dejó en evidencia que la hoguera no era tan prominente, perdiéndose en el cielo sevillano sobre unas instalaciones que se convirtieron en un desierto urbano que recordaba al paisaje de un mundo apocalíptico, un 3% en comisiones (cómo no) que aún colea y por el que nadie paga, la habitual crisis económica, casos aislados de corrupción, entonces observados por muchos menos medios y sin internet, una novela de Montalbán en la que nos mete a Carvallo en  medio de un sabotaje olímpicoFreddie Mercury y la Caballé cantando, Los Manolos haciendo rumba (eso sí, muy moderna y sonando a The Beatles)... como pueden ver, nada demasiado original.
Lo que estaba claro, es que aquella España que azotaba la modernidad y que se sentía puntera, ya no era refugio para cantautores, tocaba ser moderno pero internacional; nada de 'movidas' y pelos cardados, colores chillones y locas arrastrando el culo en la madrugada por el suelo de Malasaña, echando a perder las medias de rejilla compradas en el rastro.


Luis Eduardo Aute entendió ésto a la perfección, así que culminó con "Slowly" la metamorfosis que empezó a mediados de los ochenta, apartando de si la imagen de poeta cargado con razones humanistas que transmitir con su voz de cura y una guitarra acústica, ya no se podía 'parecer' aburrido. Con este disco certificó que se podía ser cantautor y moderno, y sonar como los tiempos exigían: elegante, popero y sofisticado, como un Miguel Bosé, pero diciendo cosas serias.
Así que Aute se mete en el estudio con un puñado de canciones que se encargan de vestir de soft-pop, e incluso de dream-pop los técnicos Gonzalo de las Heras y Suso Lopez. Y, ¿qué quieren que les diga?, el resultado da el pego y mucho más, porque "Slowly" consigue su objetivo, y es más, lo sigue consiguiendo, no se ve humo ascendiendo sobre rescoldos de oportunismo, sigue ardiendo la hoguera de "Slowly".
Es un disco con unas marcadas coordenadas temporales, eso es cierto, pero también es verdad que entre los melifluos arreglos, las atmosféricas secuencias de sintetizadores, y las ingrávidas vestimentas sónicas que rodean la voz inconfundible de señor siempre abrigado por las dudas de Aute, se esconden canciones magníficas, hermosas e inspiradas; y también está el Aute de siempre: metafísico, nostálgico, incomprendido incluso por él mismo, agazapado en el fracaso, liderando la avanzadilla hacia la quimera, lírico, maldito, cómodo en la derrota, pero siempre con la fuerza necesaria para seguir.
Queda claro que Aute es en "Slowly" un ejemplo del pret-a-portet de la España del momento desde la portada, con una foto suya en la que parece un modelo del Corte Inglés, gafas de sol incluidas, en lugar de con un cuadro suyo. También el primer single que dio título al disco es un producto poco Aute: "Slowly" es un bonito medio tiempo romántico que concentra al Aute romántico y seductor, con incorporación de bailables baladas anglosajonas bastante impensable en el Luis Eduardo anterior.
Pero las grandes canciones estaban escondidas en el tracklist"De tripas corazón", tal vez el tema más ortodoxo teniendo en cuenta la producción previa del autor y una magnífica canción.
"Jackes", un alarido de soledad en medio de la noche, en una habitación de Paris que va mermando, con esa lírica de perdedor dejándose rodar por las peligrosas cuestas de la madrugada que conducen al precipicio, con piano y jazz, un monólogo más de Aute disparado contra el espejo.
Los sones marineros, mediterráneos y cubanos, étnicos de "Prodigios", las esencias desérticas, árabes y brujas de la noche de Alá en "Hafa café", el canto de amor, sorprendido y aterrado del bonito dream-pop "¿Quién eres tú?"...


Y por supuesto "L'amour avec toi", simplemente una de las canciones de mi vida, un canto profundamente nostálgico, un reencuentro entre antiguos amantes, una maldición al tiempo perdido, a la cruzada catedralicia iniciada por Proust, una remembranza triste y desfasada sobre lo que pudo haber sido y no fue, y que tampoco va a ser ahora.
Precisamente en este tema nos encontramos una frase que creo que ilustra el porqué de este "Slowly", el porqué de este Aute, el auténtico secreto del destino y la vida y lo que nos hace a todos iguales: "...Y sin darnos cuenta, como mercenarios han entrado a saco los noventa...".
Hay muchas imágenes catódicas e impresas del 92, muchos recuerdos e historias, mucha literatura y canciones, pero para mi volver a 1992 es escuchar, una vez más. "Slowly".