martes, 20 de noviembre de 2018

Concierto: Maderita - Tulsa Café, Valencia 17/11/2018 - Bajo el dictado de la magia.


Cuando la magia está de nuestra parte todo puede ocurrir. Este fin de semana he descubierto que la magia flota, y es más, se hace más intensa y sorprendente ante la presencia del líquido elemento. Y es que en Valencia, este fin de semana pasado, les aseguro que agua no ha faltado, y magia desde luego tampoco.
Solo así se pueden explicar los maravillosos momentos vividos, el sentimiento de amistad y respeto, de ilusión ante las charlas con amigos a los que no se les puede ver lo a menudo que uno quisiera, las sonrisas y los recuerdos que se comparten, los planes de futuro y el intercambio de discos, y las canciones escuchadas, degustadas en el coche, bajo la lluvia, siempre la música como nexo y leit motive.
Así surgió la palabra, entre las conversaciones que se mezclaban en la sobremesa, después de devorar con buenos amigos una exquisita paella: Maderita.
Y Maderita, que un servidor ignoraba qué era, es un cuarteto improvisado -nuevamente la magia- hace unos años en la capital del Turia, y que con el cantautor y leyenda local Julio Bustamante al frente, grabó en 2010 un disco, convertido en joya de la lírica folk musical, reservado para unos pocos degustadores de sentimientos y que se tituló "Ver para creer".
Y alguien dice, esta noche tocan en el Café Tulsa, y alguien responde que no se puede faltar, que será un sueño más que llevarse a la mochila de la vida. Y allí que me dejo llevar, porque cuando se comparten cosas con sabios, nada puede ir mal; eso y que la espiral del destino estaba sometida a la alquimia de la lluvia y del momento.
Y nos plantamos en el agradable Tulsa Café, y conocemos a don Julio Bustamante, y a dos de los tres escuderos del maestro: Xema Fuertes y Jorge Pérez, el cuarto mosquetero, Cayo Bellveser no pudo estar presente.
Y la magia que sigue haciendo de las suyas cuando Julio nos dice que Maderita ofrece un concierto al año y coincide con mi visita a Valencia, y me siento afortunado y lleno de curiosidad, y con una extraña sensación de regocijo y bienestar.
Maderita empiezan a interpretar sus canciones, las voces, las acústicas y esa poética puramente mediterránea que se balancea entre los juncos de la albufera y mira hacia adentro, hacia el corazón con un bello y luminoso parlamento, lleno de imágenes cristalinas amarilleadas por el sol de la tarde, con tonos aguamarina y olores a azahar, con verdad sencilla pero inagotable, con belleza discreta, nada pretenciosa ni pedante, sino solidaria y fresca, paisana.
Y las melodías, hasta entonces desconocidas, hacen presa de mi, me embaucan y me llevan al huerto (nunca mejor dicho), y clavan frases en mi corazón que me hacen sonreir algunas: "Alguien me dijo una vez/tratar mal a la gente trae mala suerte", sentir que la esperanza es casi un logro al alcance de la mano en otras ocasiones: "Lo que no puede ser/lo que no está bien/se nos llevó a paraísos de ilusión" y en esta misma maravillosa canción "¿Cómo cambiar el mundo/sin soñar, sin amar?", comprender que un hechizo es la guia que me lleva a la deriva: "Por la absoluta magia de está siendo/en vez de no haber sido en absoluto".
Y me estremezco con la versión de la Dylaniana "It ain't me babe" sublimemente transcrita con el título de "No te equivoques", y disfruto con las dos coplas que Julio Bustamante nos regala para dar carpetazo a tan sanador recital: "Mundo sereno" y "Hablando de Van Morrison".
Y vuelta a la realidad, a buscar el disco de Maderita y repetir en bucle los temas que encuentro en la red, y agradecer de corazón a los amigos que estuvieron conmigo por mostrarme lo que esconde el joyero musical valenciano, y depositar en el muro de recuerdos del alma todo lo ocurrido, y sentirme afortunado por ser uno de los bendecidos por la magia que rondaba entre las gotas de lluvia este fin de semana en Valencia, y esperar un nuevo encuentro, y seguir completando el puzzle de la vida.
Gracias.

Concierto: La Gran Esperanza Blanca/José Ignacio Lapido - 16 Toneladas, Valencia 16/11/2018


Admito que la lluvia con que nos recibió Valencia y que no dejó de agredir los caminos, parques y calles de la ciudad y su provincia me hicieron temer por la celebración de la presentación del libro de Juanjo Mestre "1050 Discos Cardinales", y por tanto de los conciertos de LGEB y Lapido que deberían celebrarse (ambos eventos) en la sala 16 Toneladas.
Finalmente, aunque con algunas bajas por culpa de las tormentas que provocaron cortes de carretera en diversos puntos, pudieron celebrarse ambos episodios, que deben ser descritos como 'magnos acontecimientos'.
Tras la emotiva presentación del ya imprescindible "1050 Discos Cardinales", tocaba el turno al concierto en horario nocturno.


Los primeros en saltar al escenario fueron Cisco Fran y sus chicos: Fede Ferocce, Chuso y Chiti. Demostraron el porqué de la fama de gran acústica que pasea la sala 16 Toneladas, sonaron a gloria, eléctricos y rotundos. Desplegaron un repertorio formado por temas de su último disco hasta la fecha, aquél magnífico "Tren fantasma": "Aquí estoy (en vía muerta)", "Tu risa", "Los años de felicidad", "El chico del tren" y "Música antigua". Mi favorita "Ruptura" deslizada de su estupendo "Derrota". Hay que estirar el tiempo hacia atrás hasta el 2002 y el disco "Harry Dean", de éste ofrecieron dos temas como "Lento" y "Noche de bodas". Completaron el set con algún tema nuevo, culminando con la henchida de orgullo valencianista (hablamos de fútbol) "Sarriá '71" que me encantó y que es una muestra viva de que fútbol y lírica pueden vivir y ser felices juntos.
Una nueva demostración de rock, folk y country de la albufera gracias al arte de un grupo imprescindible como La Gran Esperanza Blanca.


Tras los valencianos le tocaba pegar a José Ignacio Lapido; aún tenía en el recuerdo el grandioso concierto que el granadino ofreció en Bilbao hace unos meses (pinchar). En 16 Toneladas, El Poeta Eléctrico modificó el setlist y repitió las sensaciones de aquel sábado en la sala BBK (y en tantas y tantas ocasiones). La banda que le acompaña tiene su ADN totalmente cifrado por la clave musical y lírica de Lapido, y suenan como una banda atómica, pletórica en los himnos más rockeros y gustándose en los momentos calmos y reflexivos.
Pudimos escuchar muchos temas de su último disco "El alma dormida", como mandan los cánones. Como me ocurrió en Bilbao, me encantan estas canciones pasadas por el filtro eléctrico y más rockero del directo, así que volví a vibrar con "Nuestro trabajo", "Mañana quién sabe" "Lo que llega y se nos va" y "Cuidado". En la segunda parte del bolo encadenó cuatro temas de este último disco referido, comenzando por mi favorita personal "En la escalera de incendios" y continuando con "Dinosaurios", "Estrellas del purgatorio" y "La versión oficial".
Tras una década de aquella obra maestra titulada "Cartografía", era lo preceptivo que sonaran algunos temas de aquél sublime álbum, así fue y nos deleitamos con: "Largo de contar", "Nunca se sabe", "Cuando el ángel decida volver", "Algo me aleja de ti" y mi favoritísima "En el angulo muerto".
Pero es tan amplio e inexpugnable el repertorio del alma de los Cero que completó el ensueño con temas como: "Luz de ciudades en llamas", "Lo creas o no", "No queda nadie en la ciudad", "El principio del fin", "La antesala del dolor" o la furiosa "Cuando por fin".
Finalizó la fiesta con "Noticias del infierno" y la otrora acústica copla de los Cero "Espejismo nº 8", que truena electrificada ahora.
Una noche mítica, un día inolvidable en el que la lluvia quiso ser protagonista, pero lo consiguió sólo en parte. Los que triunfaron fueron los amigos, los encuentros y reencuentros y por supuesto la música.
Una muy especial e inolvidable noche de rock and roll.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Los lunes... escenas de cine - "El verdugo"


En España, aunque muchos no lo sepan o no se hayan preocupado en enterarse, un señor llamado Luis García Berlanga que nació en Valencia, -la tierra que me ha acogido este fin de semana-, goza de un lugar de privilegio entre los grandes maestros en el arte y oficio de hacer películas.
Y entre las muchas obras maestras que nos dejó, podríamos decir que una de las más especiales y mordaces; críticas y clarificadoras, e inteligentes para zancadillear la vileza de la censura franquista fue "El Verdugo", que don Luis dirigió en 1963.
Me van a permitir que en esta ocasión no diga nada sobre esta película magistral. Creo que lo preceptivo es dejar que mi admirado amigo Gonzalo Aróstegui Lasarte lo haga por mi. Recientemente Gonzalo en su imprescindible blog Ragged Glory dejó en negro sobre blanco la más brillante, afilada  y vibrante reseña que jamás haya leído un servidor a propósito de "El Verdugo".
Me enorgullece dejaros con las incisivas y certeras palabras de Gonzalo.



"El Verdugo" - Reseña de Gonzalo Aróstegui Lasarte publicada en Ragged Glory el 17 de octubre de 2018.

Luis García Berlanga ya había ironizado sobre la España cateta y atrasada en la que le había tocado vivir al rodar títulos como Bienvenido, Mister Marshall (1953) o Los jueves, milagro(1957), pero Plácido (1961) y El verdugo (1963) convirtieron el sainete en esperpento al acentuar el humor negro de los argumentos y aumentar la sátira y el absurdo con el uso de sus famosos planos secuencia en los que se agolpan los personajes. La realidad grotesca y agobiante de un país gobernado por la ignorancia y el sectarismo fue perfectamente retratada por la técnica cinematográfica de Berlanga en dos cintas antológicas que, partiendo de guiones del director y el impagable Rafael Azcona, multiplican con su puesta en escena las posibilidades del texto escrito mientras hacen comedia del drama más profundo.
El verdugo es en mi opinión la creación más redonda del autor de Calabuch (1956), a la altura de las obras maestras de Billy Wilder o Federico Fellini, bien por su implacable estructura narrativa, la riqueza inagotable de sus imágenes o el surrealismo injertado en la realidad castiza del Madrid de entonces. La historia de un tipo que no quiere ser verdugo pero que se ve arrastrado a serlo es, al mismo tiempo, un retrato de las mezquindades e hipocresías de la sociedad española bajo la dictadura, un alegato contra la pena de muerte y una descripción universal del monigote que, al no saber defender o imponer su criterio, acaba convertido en la más vil de las personas. Constantemente, el no de José Luis (Nino Manfredi) se convierte en un sí, mezcla de debilidad y estulticia que puede ser delirante (la escena en la que va con su yerno Amadeo —Pepe Isbert— a la firma de libros de un escritor para conseguir una recomendación) o aterradora (el momento perentorio, rodado en un impresionante plano general, en que es conducido a regañadientes a ajusticiar al condenado).
Sin embargo, la brillantez absoluta de la película se debe a que ninguno de sus fragmentos tiene desperdicio. Secuencias como la de la Guardia Civil buscando a José Luis en las cuevas del Drach, donde asiste a un espectáculo musical con su mujer Carmen (Emma Penella), o la visita de estos dos en compañía de Amadeo al piso en construcción que van a adquirir, amén de las mencionadas arriba, pueden quedar especialmente grabadas en la retina del espectador, pero es en el perfecto acabado de cada una de las partes, en la coherencia de la ilación de todas ellas y en la información que tácitamente dan las elipsis que produce dicha trabazón donde reside el secreto de uno de los mejores largometrajes españoles de todos los tiempos. La fotografía de Tonino Delli Colli y el reparto que completan secundarios de lujo como José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Lola Gaos, Chus Lampreave, Saza o Agustín González ponen la guinda a El verdugo, a la que no faltan la habitual mención al Imperio austrohúngaro de Berlanga y la pelea, no menos corriente, con la censura franquista. Censura que nada pudo con la maestría del realizador valenciano y sus colaboradores.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Richard Thompson - "Mirror blue" (1994)


Volvemos a los noventa con otro disco que un servidor entiende que merece ser destacado. Otro trabajo que se desplaza lateralmente de lo que en aquellos tiempos sonaba y era tendencia.
En 1994, el mundo vivía sacudido por las guitarras impúdicas y encendidas de los nuevos mesías del rock and roll que no eran otros que los grupos grunge e indie. En la tierra de Richard Thompson -que es nuestro protagonista de hoy- se experimentaba con el brit pop, que también vivía una resurrección y transformación en aquellos años años noventa.
Pero nuestro protagonista se aventuró en aquél año del señor con un disco que nada tenía que ver ni con unos, ni con los otros. Se trataba de un disco 'al uso' de Richard Thompson, y lo tituló "Mirror Blue".
Por supuesto aquél trabajo no formó parte de los carruseles de vídeos de la MTV, tampoco apareció el Sr. Thompson en las portadas de las revistas de la época y no fueron muchos los que se hicieron eco de la aparición del disco. Pero hoy, veinticuatro años después, recuperar aquél trabajo nos obliga a ciertas reflexiones que se podrían resumir en una: A la vista de lo que ofrece el último disco de Thompson publicado este mismo año y titulado "13 Rivers" (pinchar), nos queda claro que el tiempo es algo que no afecta al talento del gran cantautor y guitarrista británico, pues perfectamente podríamos permutar en el tiempo aquél "Mirror blue" y este "13 Rivers" que nadie notaría el salto de años que hubieren sufrido. Esto demuestra que la edad no tiene porqué tener una influencia directa en la calidad de un producto obra del talento de un creador.
En "Mirror blue" nos encontramos con otro ramillete de brillantes composiciones del londinense. Nuevamente rociadas de una suerte de sonido folk con arrebatos rockeros y blueseros, donde las letras invitan a la reflexión y la lírica.
Producido por Mitchell Froom y el propio Thompson, el disco resulta a todas luces atemporal, incrustando soflamas rock and rolleras de genuino y pionero poso sónico como "Shane and Dixie".
Pero la envoltura dominante se crea en base a guitarras roncas y bases rítmicas sosegadas. Sobre una enredadera acústica trepa la magnífica guitarra de Thompson y su expresiva y broncínea voz, creando temas de gran enjundia que son 'marca de la casa', en clave folk: "I can't wake up to save my life", "MGB-GT" con adición de gaitas, "Easy there, steady now", la tabernaria "Fast food" o la enraizada y celta "Beeswing".
En clave rock y blues: "For the shake of Mary", la magnífica "For way that it shows", la pantanosa "Mingus eyes", "I ride in your slipstream" o la elegante y neoyorkina "Mascara tears".
Sin olvidar dos baladas de oro como son las hermosas y bucólicas "King of Bohemia" y "Talking my business elsewhere".
En resumidas cuentas, un disco extraordinario, como siempre cuando de un trabajo de Richard Thompson se trata, que sin duda es otro de mis discos de los noventa aunque no se hable demasiado de él.




martes, 13 de noviembre de 2018

And libros by Addison de Witt... - "1050 Discos Cardinales" - Juanjo Mestre


Todavía me cuesta trabajo no añorar Rusia. Y eso que hace ya unas semanas que regresé de mis vacaciones. Allí tuve una muestra de qué es y dónde está la excelencia, me explico:
Tuve la ocasión de probar el caviar de beluga, sólo una pizca en el centro comercial moscovita GUM, y porque me chivaron donde se podía degustar a modo de cata promocional (osea, gratis). Desde luego, para muchos este artículo es la excelencia: por la textura del mismo, el sabor a pescado y mar, la frescura y aroma, el golpe relampagueante en el paladar... no seré yo quién lo ponga en duda.
Pero en cambio, un tipo como yo, prefiere la sopa Borsch. Muchos dirán que es un plato hogareño, humilde y para el consumo diario: se trata de una sopa de remolacha que se sirve caliente y que va aderezada con diversas verduras. Pero espanta el frío y provee de vitaminas y cosas beneficiosas para el organismo de los sufridos hombres y mujeres que para desarrollar sus vidas necesitan de energía vital.
Esa diferencia es la que deseo explicar:
Por un lado está lo que ensalza determinados valores y nos hace parecer de lo más cool, para lo que es inigualable el frío y fugaz refinamiento del caviar, pero que estando genial, no es para todos los días. Y por otra parte está lo que sirve para acompañar los momentos (buenos y malos, pero sobre todo buenos) de esta vida, para no pensar en el tiempo y su vertiginosa actividad, para estancarse en lo eterno o vivir al día cual intuitivo teenager, para saber siempre quién eres, qué eres y lo que realmente te hace feliz; para esto les aseguro que la sopa rusa Borsch es perfecta, por cálida, sabrosa y austera, y porqué siempre nos va a apetecer otra taza.
Pues para que me entiendan, el libro de Juanjo Mestre García: "1050 Discos Cardinales" es una fusión de bolitas de caviar y su intenso e inigualable savoir faire y un montón de tazones de la deliciosa, paisana e inagotable fuente de venturas que supone la deliciosa sopa Borsch.
El libro es un erudito compendio de discos, alguno tan exclusivo como las huevas del esturión, pero donde predominan las cucharadas de sopa proletaria, humeante y casera. Alejado de cánones oficiales en cuanto a qué debe estar y qué no, Juanjo enumera discos de toda la vida, digamos 'discos de beluga' que siempre son diamantes en el joyero de la música mundial, pero junto a estos abundan otras joyas que con menos brillos y oropeles y sin tantos perfiles rematados por manos artesanas, rezuman verdad y poseen auténtico sabor y olor, grandeza y pasión.
"1050 Discos Cardinales" descubrirá a muchos la grandeza que se esconde tras mucho nombre 'de perfil bajo' y tras las carátulas de muchos discos humildes como la sopa, - que el caviar todos sabemos lo qué es. Los últimos sesenta y pico años serán revisitados en las directas y sintéticas reseñas de Johnny, afiladas y únicas, dotadas de una verbalidad personal y muy amena, además de impactante. Todo amante de la música tendrá la oportunidad de descubrir (o recuperar) algunos de los discos más grandes de este invento que es el rock and roll, que a su autor, según él, le salvó la vida (no es al único), y que a muchos otros se la ha hecho más intensa y mejor. Y lo hará con incuestionable gusto, y sobre todo, independencia. Una independencia que nunca, y lo repito: nunca, había visto antes en ningún libro sobre discos, demostrando que se puede comer caviar y sopa borsch con la chupa de cuero puesta.
Además el libro está salpicado con las maravillosas ilustraciones de Cristina Benavente, incluida la portada y contraportada.
No se pierdan este magnífico, único, cercano y exclusivo libro de Juanjo Mestre que pueden adquirir pinchando AQUÍ.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Los lunes... escenas de cine - "Pat Garrett y Billy the Kid"


Era el año 1973 cuando el excelente y tristemente infravalorado director Sam Peckinpah filmó la crepuscular y fúnebre obra maestra sobre la vida de Billy el niño a la que tituló "Pat Garret & Billy The Kid".
La cinta cuenta la historia de William Bonney, conocido como Billy el niño (Kris Kristofferson), tras huir de prisión dejando tras de sí varios cadáveres, escapando de esa manera de la horca, llega a Mexico, alli su antiguo compinche, ahora el sheriff Pat Garrett (James Coburn) será el encargado de perseguirlo.
Filmada con intenso y pastoso pulso narrativo, violenta y árida, crepuscular y dramática, se trata de uno de los films más importantes de Peckinpah.
En el reparto aparecía Bob Dylan en un breve papel (Alias). Según se dice, el realizador necesitaba una canción de unas determinadas características para la escena de un asesinato. Decidió pedirle al músico (que estaba en un periodo de inactividad musical) que compusiera una pieza para ese trágico momento. Parece ser que Dylan volvió en un abrir y cerrar de ojos con una breve canción, al director le encantó y decidió utilizarla. El tema evidentemente es "Knockin' on heavens door".
Nos quedamos con la extraordinaria "Pat Garrett & Billy the Kid".
¡Feliz semana!

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los domingos photosong - Poco - "Heart of the night"


Desde mi ventana miro hacia el cielo, lo veo encapotado aunque no parece que amenace lluvias, o al menos no de manera inminente. Se prevé un día típico de otoño, con ese sentimiento blando de tristeza y modorra.
Busco un disco, algo que pueda ir acorde con la sensación que me ha dejado el color blanquecino amenazante del cielo, pero que al mismo tiempo pueda teñir el día con un cierto colorido.
No funciona nada estridente ni urbano, nada que se enclave en cielos vislumbrados a través de metálicos skylines, nada underground ni canlla, nada plastificado ni cosmopolita, algo más de pradera y crepúsculo.
De entre el montón, como una llamada a navegantes, aparece el mítico "Legend" de Poco. El disco que no estaba destinado a ser firmado por Poco, pero que al final fue publicado bajo este nombre por motivos administrativos y que bajo el liderazgo de Paul Cotton y Rusty Young se convirtió en el mayor éxito de la banda californiana, si, es el disco que necesito.
Elegir una canción no es tarea difícil, todas son magníficas. Pero me quedo con este tema firmado y cantado por Paul Cotton y titulado "Heart of the night".
¡Feliz domingo!