viernes, 15 de diciembre de 2017

Los reloges digitales, el viaje de estudios, Andorra la vella - Recuerdos de un cuarentón.



A pesar de que han pasado años, bueno, décadas, recuerdo perfectamente el viaje de estudios que hicimos cuando terminamos la E.G.B. Un montón de chicos y chicas de barrio, de trece y catorce años, haciendo la vida imposible a dos profesores, -dos contra treinta y tantos, lucha desigual donde las haya-, e intentado, con toda la fuerza de su obrera adolescencia ochentera, hacer de aquellos días, una especie de peregrinación a la edad adulta y a lo que entonces pensábamos que traía acarreado: borracheras, excesos, sexo salvaje y desparrame lúdico sin límites de ningún tipo... jejeje qué inocentes.
Tras unos días en Lloret de Mar, con visita a Barcelona (mi primera vez, en Barcelona quiero decir), y el imprescindible tour por diversas localidades vecinas de la Costa Brava, vivimos unas noches de diversión vigilada, aunque no demasiado. Los profersores encargados de nuestra tutela: un barbudo con gafas de montura de hueso que hoy sería catalogado como hipster y una guapa profesora que rondaría la treintena, no se cortaban un pelo con los cubatas, e ignoro lo que pasaba después de irnos a dormir en el hotel, pero rememorando la situación a día de hoy, me lo imagino.

Pero sigo, que pierdo el hilo, las noches nos las pasábamos en un local llamado Peter Pan, allí vi a los primeros alemanes beber cerveza como si no hubiese un mañana, el primer rayo láser surcando el cielo del garito, que cambiaba de color mientras sonaba aquello de: '¡Help! ayúdame, en tu amistad he puesto toda mi fe'; yo por aquél entonces ya era un flipado, comentaba lo mala que era la canción y maldecía porque no pinchaban a The Police... que angelito, tan joven y ya petulante y engreído como él solo.
La última etapa del viaje fue en Andorra. Recuerdo como si fuese ayer, como algunos compañeros volvían a Bilbao con dos maletas: una la que salió repleta de ropa en origen, y otra vacía al principio y ahora llena de los artículos adquiridos en los comercios que se extendías longitudinalmente por las calles de Andorra la vella.
Porque en aquellos mediados años ochenta, en los barrios de este país, los adolescentes gritaban su status, no por la ropa que lucían o la moto que pilotaban; el poderío se reflejaba en el reloj, digital por supuesto (peluco), que abrazaba la muñeca izquierda (casi todos de la marca Casio). Es por eso, que aquellas compras en Andorra tuvieron como principal protagonista a aquellos relojes rodeados de botones, y en los que lo menos importante parecía que la hora se mostrase con retraso o adelanto.


Yo recuerdo comprar, además de un reloj digital de gama media, un jarrón para Margari, (mi amatxu) que se multiplicó en mil trocitos tras una visita al suelo desde la mesita del recibidor, donde lució su estampa durante no menos de década y media. Pero hoy, que el mundo es mucho más decente que en 1985, resulta escandaloso recordar como se vendía tabaco y whisky a chicos de catorce años, como si aquí no pasase nada, pero es que estaba bastante más barato que en Simago, y claro, a los aitas les gustaba entonces tomarse un wiskito en copa de globo, mezclándose el aroma escocés con la fragancia puramente latina del Baron Dandy... clase que tenían aquellos hombres de pelo en pecho.
Un compañero, apodado, no sé porqué El cordobés, llevaba una máquina de escribir, otros un spectrum, y algunos, entre ellos yo, tabaco como para montar un estanco... los adorables años ochenta.

Pero volviendo a lo de los relojes digitales: recuerdo que las muñecas podían albergar auténticas señas de identidad, de significación social. Pobre de ti, si tu reloj era uno de aquellos con apenas dos botones: el de la luz y el de la fecha; serías tachado de pobretón, cutre y se haría escarnio público de ti.
Si el peluco no contaba por lo menos con cronómetro -creo que años después se denominó a este inservible elemento: cronógrafo, pero en los ochenta no, era cronómetro- podías darte por jodido, y lo mejor era eludir cualquier conversación donde pudiese salir a relucir el tema de los relojes.
El dominador del cotarro era, sin duda, aquél sujeto que portaba un reloj digital con calculadora, este para los exámenes es lo suyo, solía presumir el interfecto; luego llegaba don Juan, y le requisaba el reloj mientras durase el examen de mates.
Tal importancia alcanzó aquello de los digitales, que no tardó en instaurarse en los barrios un mercado alternativo al de las relojerías y los bazares: aquellos establecimientos que proliferaban en aquellos años, que solían llamarse Japón, Hong Kong, u otras ciudades orientales famosas por su tecnología. Estaban repletos de radio-despertadores, digitales (por supuesto), ordenadores spectrum, que realmente no servían para nada, máquinas portátiles de marcianos, que también tenían su clasificación en cuanto a status, pues había de una sola pantalla, de dos o de tres. No faltaban radio casettes, casi todos Sanyo, no sé porqué, y empezaba a verse mucho el entonces utilísimo casette de doble pletina. Las consolas de videojuegos eran la pera limonera, pero esas en los barrios como el mio, solo las tenían unos pocos; ¿Quién iba a pensar entonces que aquellos artilugios que se quedaron obsoletos en un par de años, en este extraño siglo XXI, serían considerados joyas vintage y que valdrían un potosí en páginas de internet?.

Pero por supuesto, el artículo estrella era el reloj digital, ¿quién no ha comprado uno en alguno de estos bazares?.
Pero tengo que reconocer que en mi barrio lo que triunfó fue ese mercado alternativo, de estraperlo, ¡de artículos robados vaya!. No era extraño que se te acercase alguno de los 'mayores' y te soltase -mira que peluco tengo tío, nuevecito, con todo, y varias alarmas, tres libras y te lo quedas (tres libras = trescientas pesetas = un euro con ochenta céntimos). Por supuesto no llevabas tres libras encima, y si tenías algo era para tabaco, un Lucky suelto costaba un duro (un duro = cinco pesetas = tres céntimos de euro). Pero como el 'mayor' siempre era hermano de algún amigo tuyo, o novio de tu prima o hermana, o tu padre y el suyo curraban juntos... pues siempre había algún arreglo y terminabas portando la máquina de presumir, y se la enseñabas a todos con el orgullo dibujado en la cara y alegría en el corazón, demostrando lo débil que es la conciencia de clase, pues un buen reloj, también significaba que tu familia estaba en una posición social tal, que podía permitirse comprar un reloj como aquél a un mico como tú... que voluble el género humano.
En fin, y rematando esta perorata que aún no sé como me ha dado por soltar así, a bocajarro; que hoy, ni siquiera llevo reloj, total, la hora la puedes leer en los móviles... Por cierto, podríamos empezar a hablar de los móviles como elemento ilustrativo de posición social... El mundo no cambia.

4 comentarios:

  1. Qué recuerdos, Addi, me has hecho pasar un buen rato.

    Abrazos.

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    1. Pues me alegra oírtelo decir, ese es el objetivo de estas paranoias, pasar un rato divertido.
      Un abrazo.

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  2. Me has recordado los viajes a Andorra, mas que nada a por vinilos que aquí en este país salían capados o no salían (Sticky Fingers o Aqualung). Una vez en la aduana no teníamos pasta para pagar los aranceles o como coño se llame y el buen conductor de Alsina-Graells, lo pago el y se quedo con los discos a cambio de que al llegar a Barcelona le pagásemos. Puedes imaginarte la de llamadas (en cabina)a los colegas para que trajesen la pasta. Todos acabo bien.
    De las aventuras en la Costa Brava seria muy largo de explicar.
    Salud socio

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    1. Madre mía, irse a Andorra a por vinilos. Me encanta la costa brava, seguro que guardas buenas noticias por ahí.
      Salud.

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