miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ópera: "La Boheme" (1897), G. Puccini - Beecham, V. de los Ángeles, J. Björling (1956).


La ópera nunca desaparecerá de mi vida, eso lo sé. Lo tengo tan claro como que el rock and roll me acompañará siempre, como que Dickens siempre será una debilidad y Oscar Wilde el principio del fin de mi personalidad.
Pero estas vacaciones, tras volver de Polonia, he dedicado bastante tiempo a recuperar viejas grabaciones que tenia en casa de óperas míticas, de esas que nunca te cansas de escuchar una vez tras otra, y siempre descubres algo nuevo en ellas.
Cuando me han preguntado por mi ópera favorita, siempre he contestado lo mismo: que no lo sé. Lo que si sé, es que si sólo pudiese escuchar una ópera durante el resto de mis días, la elegida sería: "La Boheme" de Giacomo Puccini.
Es por la música, fría, como el invierno del París en el que se precipitan los acontecimientos. Romántica, como todos los personajes. Cercana, pues todos en nuestra juventud hemos soñado, y la vida nos ha obligado a elegir, o nos ha escupido nuestra cobardía a la cara. Porqué es imposible no amar esa música y a esos personajes, a pesar de la injusta tragedia que castiga a tan adorables seres humanos.
Basada en la novela: "Escenas de la vida bohemia" de Henry Murguer, que fue ofrecida por entregas en el periódico El Corsario, y con libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, refleja en cierto modo las vivencias del joven Puccini, cuando estudiaba en el conservatorio de Milán.
Destaca la música del frío del tercer acto, para la cual el maestro utilizó la escala pentatónica (propia de la música oriental, y que utilizaría con mayor profusión posteriormente en: "Madama Butterfly" y sobre todo en "Turandot"). Y por supuesto la desbordante pasión que arropa a los cantantes, obra de una entramada orquestación, y unas melodías en arias, dúos y escenas de conjunto, de una belleza pocas veces alcanzada en la historia del género.
La conexión de esta ópera con el público, es tan brutal, que año tras año es una de las más representadas y sin duda de las favoritas de los aficionados.

Sir Thomas Beecham


Acto I.
En una mísera buhardilla del barrio de Montmartre de París viven cuatro jóvenes bohemios: el poeta Rodolfo (tenor), el pintor Marcello (barítono), el filósofo Colline (bajo) y el músico Schaunard (barítono).
Mientras Marcello pinta un cuadro, Rodolfo mira abstraído por la ventana, entra Colline enfadado por no haber podido empeñar un libro; todos tienen hambre y frío, y utilizan una comedia recién escrita por Rodolfo para calentarse quemando sus páginas, pues no tienen carbón para la estufa.
Entra Schaunard, con comida, vino y dinero, pues ha conseguido un trabajo con un estrafalario inglés. Schaunard decide invitar a sus amigos a cenar en el café Momus cuando llega Benoit (bajo), el casero, reclamando el pago del alquiler, que lleva bastante retraso.
Con simpatía y descaro, consiguen desembarazarse de él, utilizando vino e ingenio. Todos acuden al café, excepto Rodolfo que se queda a terminar un artículo, prometiendo reunirse con ellos en unos minutos.
Llaman a la puerta, es Mimi (soprano), una joven modista que vive en el edificio, pide a Rodolfo que le de fuego para encender su vela. Se le cae la llave cuando iba a volver a su piso, Rodolfo, deseoso de que no se vaya, la encuentra y la esconde.
Se vuelve a apagar la vela y sus manos se encuentran en la oscuridad, ambos se cuentan sus vidas en sendas arias, Rodolfo entona: Che gelida manina, y Mimi: Mi chiamamo Mimi. En un romántico y apasionado dúo final, Rodolfo la invita a cenar en Momus con sus amigos, para celebrar su recién estrenado amor.

El momento mágico del encuentro entre Mimi y Rodolfo, las arias de ambos y el dúo de amor final.




Acto II.
En el café Momus, todos, una vez incorporados Mimi y Rodolfo, beben y celebran la noche. Rodolfo compra un sombrero a Mimi, hay una gran animación y todos disfrutan felices.
De repente llega Musetta (soprano), una cantante, antigua novia de Marcello, acompañada de su anciano protector, un político llamado Alcindoro (barítono), al que ella trata con desdén. Musetta intenta llamar la atención de Marcello, que pretende hacer creer a todos que la ignora.
La desvergonzada joven canta el vals: Cuando m'en vó. Marcello empieza a sentir celos, ella finge un dolor en el pie, para despistar al abuelo, y de esa manera reconciliarse con Marcello.
Cuando el camarero llega con la cuenta, Schaunard advierte de que no llega el dinero, deciden, a instancias de Musetta, endosar la cuenta al viejo Alcindoro. Así termina este divertido segundo acto de "La Boheme".

Musetta, coqueta, trata de reconquistar a Marcello, y lo consigue cantando un vals, el pintor explota bramando porque su juventud, que aún no puede estar muerta.




Acto III.
Suena la maravillosa música del frío. Aparece Mimi, parece enferma y tose violéntamente. Esta buscando a Marcello, que trabaja en una taberna pintando los anuncios de la misma.
Le encuentra y le cuenta lo difícil que es vivir con Rodolfo, y que éste ha abandonado la casa. Marcello le confiesa que Rodolfo está durmiendo en la taberna con él.
En ese momento aparece el poeta, Mimi se esconde y ambos hombres empiezan a hablar, Rodolfo le cuenta a Marcello que Mimi está muy enferma, que posiblemene tenga tuberculosis, y que el está intentando que ella le deje, pues en su pobreza poco puede hacer por ella, y que algún hombre en mejor posición tal vez pueda ayudarla. Mimi, que lo ha escuchado todo, se descubre por un ataque de tos, ambos amantes se reconcilian, mientras Marcello, que se une en la distancia a Musetta, discute ferozmente con esta, con un hermoso cuarteto termina este maravilloso tercer acto.

Dramática escena del tercer acto, con Mimi, Rodolfo y Marcello, cantando envueltos en frío.




Acto IV.
En la buhardilla, Marcello y Rodolfo se lamentan, ambos han perdido a sus novias. Llegan Colline y Schaunard con algo para cenar, los cuatro jóvenes simulan que tienen ante si un gran banquete bailando y riendo.
Repentinamente entra Musetta, cuenta a los cuatro amigos que se ha encontrado a Mimi, que ha dejado al vizconde que la protegía desde que había decidido abandonar a Rodolfo. Según parece está muy enferma y ha decidido traerla a la buhardilla. Allí todos ayudan a la joven: Musetta sale para vender sus joyas y Colline su abrigo, para comprar medicinas.
Rodolfo y Mimi se quedan solos y recuerdan los días felices de su amor, cuando llegan todos, Schaunard descubre que la joven ha muerto, Rodolfo llora desconsoladamente la perdida de Mimi.

Rodolfo y Marcello hablan, entre el frío parisino, de Mimi y Musetta, con tristeza. Dos voces demoledoras y hermosas.




Si bien es cierto que la versión más popular de la obra maestra de Puccini es la registrada para DECCA en 1973 por Karajan, con Pavarotti, Freni y Panerai, yo siempre he preferido esta dirigida por Sir Thomas Beecham en 1956, quien saca un partido insólito a la Orquesta de la RCA Victor, que realmente es un conjunto formado por miembros de otras orquestas, improvisada sobre la marcha con el objeto de grabar esta versión aprovechando la permanencia de los dos protagonistas: Jussi Björling y Victoria de los Ángeles durante varias semanas en New York, representando en el Metropolitan Opera House esta ópera con gran éxito.
Se obró el milagro, y la orquesta hace de la improvisación todo un activo, dotando a la partitura de una fidelidad dramática sublime, una limpieza sonora única y una belleza casi juvenil, amén de un oportuno sentido del humor cuando la acción lo requiere, lo dicho: un milagro.


Victoria de los Ángeles y Jussi Björling en La Boheme

Mimi: Victoria de los Ángeles encarna una modistilla realmente tierna, buena y que va madurando según se cierne sobre ella el trágico final. Con ciertas tiranteces en el agudo, pero con una pureza indescriptible. La catalana es una de las grandes Mimis del pasado siglo.

Rodolfo: El tenor sueco Jussi Björling fue un cantante descomunal. No obstante siempre fue tildado de ser un cantante frío, demasiado serio y perfecto. Como Rodolfo adolece del sentido del humor y el desparpajo propio del personaje del principio, aunque matiza psicológicamente el personaje mucho más en el tercer y último actos: Pero Björling canta de manera tan sublime, su fraseo es tan aristocrático, tan elegante y sus agudos están colocados con tal perfección, además su timbre es uno de los más bellos que jamás tenor alguno tubo, que muchos, entre tantos un servidor, se lo perdonamos todo.

Marcello: barítono estrella del Met durante aquellos años, el inmenso cantante que fue Robert Merrill tiene las virtudes y defectos comentados con Björling, pero igualmente su voz es tan hermosa y su canto tan elegante que todo vale, además matiza cómicamente más su personaje que el sueco.

Musetta: Lucine Amara es otra cantante habitual en las sesiones del Met (completaron el elenco de esta grabación con cantantes de la casa), y desde luego no será recordada como una de las mejores Musettas, fría y sin aportar nada al personaje, simplemente cumple.

Colline: Giorgio Tozzi plasma un magnífico Colline, el bajo italiano tiene la ligereza de timbre que el personaje necesita y se luce con su aria Vecchia zimarra, senti, del cuarto acto. Estupendo.

El resto del reparto cumple sobradamente, destacando al mítico bajo bufo Fernando Corena que resulta hilarante encarnando a Benoit y Alcindoro.

Lo dicho, si sólo pudiese quedar una ópera tras una catástrofe, un servidor se quedaría con la historia eterna de juventud, sueños, diversión y pena que vemos, sentimos y lloramos en esa obra maestra que es La Boheme.

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