lunes, 23 de octubre de 2017

La campana mágica de la catedral de Wawel, y mi derrota ante su maldición


Dice una leyenda, tan absurda como cualquier otra, que si te hayas bajo la imponente campana de la catedral de Wawel, en Cracovia, y pides un deseo al tiempo que tocas con la mano derecha el badajo, mientras posas la izquierda en el pecho, a la altura del corazón, el anhelo se cumple.
No suelo ser yo de repetir esta especie de protocolos que prometen tanto a cambio de tan poco, pero por una vez y sin que sirva de precedente, y porque la cálida voz de la chica del audio guía insistía en ello, me lancé a repetir el insulso gesto, como hacían el millón de orientales que me rodeaba.
No quiero echar las  culpas a la superchería, tampoco el gesto merecía tan rimbombante apelativo, pero lo  cierto es que el destino, tal vez contrariado por mi descreimiento, empezó, a raíz de ese momento, a hacer que el viento de mi dicha, bondadoso y siempre soplando a favor desde que había llegado a Polonia, girase en mi contra, arrastrando en su estela, todo tipo de, inofensivas primero, pero más serias después, desavenencias para con mi suerte; por supuesto perdí la contienda.
Todo empezó en la comida. Admito que mi inglés no es el de Golding, pero jurar puedo, que nunca pedí salmón a la mal encarada camarera que insistía en ello, con el plato del rosado y levantisco pescado en la mano.
- I hate the salmon lady, what I really want is colonka.
La cosa no fue a mayores, pero el suceso me contrarió, terminé comiendo a toda prisa, ansioso por huir de las inquisitivas miradas que me dirigía la ofendida joven cada vez que pasaba por mi lado, finalmente, y sin tomar ni siquiera café, pagué y le dejé una generosa propina, con la esperanza dé firmar una paz que ella sello con un escueto y desganado: thank you, sir. Ni que decir tiene que aquello de sir me supó a cuerno quemado.
Empezaba a sentir un escozor ácido en la boca del estómago, en principio culpe a las tres cervezas ingeridas, pero pronto lo deseché, conozco lo efectos estomacales que siguen a los excesos cerveciles, y aquello era otra cosa, además no había existido exceso.


Quise volver a penetrar en la Basílica de Santa María, como había prometido, pero un guarda se seguridad me lo impidió, según parece una boda mantenía la basílica cerrada y ocupada en preparar la escena del desposorio, seguramente para estropear la magia del lugar.
Eran casi las cinco de la tarde. El estómago había esquivado la acidez -bien enseñado que le tiene uno- y bramaba por un café.
De camino al hotel, pues había decidido descansar un rato, con la esperanza de dar esquinazo a los fantasmas que se vinieron conmigo tras el episodio de la campana, me detuve a comprar un capuchino para llevar en una tiendita regentada por una simpática moza que había vivido unos meses en Barcelona, y que se confesaba culé y partidaria del referéndum.
Finalmente me bebí con ella, mientras compartíamos las muchas bondades de Barna, el café, y parecía que la mala sombra hacía mutis.
Tras una siesta de no más de quince minutos y una ducha caliente, me lancé a la calle convencido de que todo había pasado, y que mi última noche en Cracovia bien merecía un paseo, unas fotos y una cena. Salí pues, en busca de la sopa zurek que me había recomendado mi amiga Lu, aunque me volví sin probarla.
Los novios se hacían fotos a la puerta de la basílica, estuve tentado de inmortalizar el momento, pero me contuve. Al despejarse el entorno de invitados y curiosos, cerraron las puertas del templo. Tomaron el relevo en los aledaños de Santa María unos tipos con carteles luminosos que invitaban a no perderse las delicias (carnales) que sus tugurios prometían, se me escapó una sonrisa de malo (o dos), por la impúdica visión de unos anuncios de puticlubs frente a una iglesia y justo tras la marcha de unos recién casados, sospecho que algún invitado aplaudió y celebró la oportunidad servida por aquéllos reclamos.
Tras rechazar las ofertas, lascivas pero simpáticas, de un par de señoritas que insistían en que me fuese con ellas a sus respectivos locales, asegurando una noche inolvidable, elegí la cafetería Kawiarnia Noworolski para finiquitar unos maravillosos días en Polonia, en un ambiente deliciosamente victoriano, pero con esa carcoma de decadencia que tanto gusta a tipejos como yo.


Seguramente alguno piense, como pensaba yo anoche, que las maldiciones no existen. ¡Incierto!. Si así fuese, yo estaría en este momento sobrevolando el viejo continente, rumbo a casa, y no en el aeropuerto de Cracovia, tras perder mí vuelo de las 10:30, debido a una alocada concatenación de infortunios, escribiendo esto en espera de subir al avión de las 21:10 que me devuelva a Varsovia, para desde allí volver mañana a Bilbao, pues el enlace de esta tarde estará a punto de despegar sin mi, a cuatrocientos y pico kilómetros de aquí.
Pero esa historia la cuento otro día, espero que desde mi portátil y no en esta tablet vieja y poco glamourosa, y deseo que en posición más cómoda.
Eso si, prometo rendir pleitesía a todas las supercherías que me encuentre, por muy absurdas que sean.


Escrito en el Aeropuerto Juan Pablo II de Cracovia, el 22/10/2017 durante una tarde infinita.

Publicado desde el Hotel Pokoje Coscinne Dom Literatury, Varsovia, el 23/10/2017, a las 10:15 horas.

2 comentarios:

  1. Buena anécdota............no soy yo nada supersticioso para estas cosas. A seguir bien, un saludo

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    1. Espero llegar a casa esta noche. A pesar de esta putada dé última hora ha sido una semana y pico inolvidable.
      Salud.

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