viernes, 27 de octubre de 2017

Escalera hacia el cielo (en medio del apocalipsis). Las paranoias de Addi.


La vuelta a casa se me antojaba como una penosa travesía por una ciudad desértica, asolada. Desprovista de toda fibra sensible, una población oculta en el subsuelo me vigilaba, con ojos chivatos de su miedo interior, a ras de tierra, desde los sumideros resecos de no llover.
Como circulando entre los despojos de civilización resultantes de un cataclismo nuclear, así me sentía. Como transitando por el enfangado laberinto psicológico al que un hombre solo, se tiene que enfrentar, tras ver cernirse sobre él la catástrofe.
El cielo mutaba del azul amor de una noche única, al gris pesadumbre de una mañana de jeroglíficos emocionales, de miedo al a partir de ahora, de pánico a que no exista en realidad ese a partir de ahora.
Huí de la escena del crimen poniendo una escusa idiota, sin aceptar la oferta de una ducha, sin demorar la estancia en el paraíso, haciendo café, compartiendo las miradas de frente, entre mermelada y olor a desayuno familiar, a niñez.
Era el mismo bar, la misma canción de Tom Waits, la misma chupa de cuero, el mismo colgante con la misma piedra de lapislázuri ovalada, el mismo rojo en el carmín de los mismos labios, el mismo color nazareno rodeando la mirada, los mismos ojos de color pradera, el mismo pelo anárquico de color perdición, la misma expresión de traviesa sin nada que perder, sin esperanza de ganar, con necesidad de calor, de ternura, tal vez, de mi.
Me acerqué a ella, por fin. El mismo bar, la misma canción de Tom Waits, la misma chaqueta de tela negra, el mismo anillo de acero en el anular de la mano derecha, el mismo aro de plata colgando en la oreja izquierda, el mismo par de botas, la misma mirada azul mortecino, la misma mueca de aquí estoy, de un embustero: voy sobrao, de soledad, de necesidad de ternura, tal vez, de ella.
El fresco de la madrugada estallaba en mil pedazos al encontrarse con el choque tectónico de nuestros labios, el fuego caía rodando por nuestras pechos, convertido en lava tecnicolor que quemaba nuestra piel, mezclando azufre y cloro en un abrazo desesperado, urgente, desfallecido.
Su soledad entraba como un polizón en mis sueños, y más de una vez he despertado en un estertor agónico, como un fugitivo huyendo de una ilusión ajena.
Su sudor salado saciaba mi sed de cariño, mis brazos mitigaban el temblor de sus hombros, el calor incendiaba mi mente, el frío calmaba mi escalofrío; el tiempo flotaba alrededor de una conversación en silencio, de un tiroteo de chillidos mudos contenido demasiado tiempo.
Siempre en la esquina de la barra, cerveza tras cerveza, mirándome de reojo. Desde la máquina de discos, a su espalda, repasaba el contorno de su culo aplastado contra el taburete; pensando cómo decirle que la necesitaba.
Entré en un bar, una tregua en mi huida hacia el infierno, el único que resistía la batalla de la noche del sábado. Desayunos a base de pinchos de tortilla y cubalibres de ron se extendían en mesas, como campos de batalla tras la derrota. Fracasos disueltos en la música de la tragaperras; derrotas ocultas tras el ruido demoledor de la cafetera.
Mi cobardía, asentada en el paladar, extraía de mis vísceras la bilis y castigaba mi huida. Mi lengua se resecaba con el café hirviendo, sentía una ampolla crecer derramando dolor picante a su alrededor, mis ojos escocían, dolían, me daban una visión nebulosa del bar, del mundo, del futuro.
En la tele aparecía ella, con la súplica en los ojos. También aparecía yo, rodando vertiginósamente por el barranco que finaliza en el río del fracaso, donde solo acaban los que tienen miedo. Levanté el rostro, lo ví entre sollozos: mojado de humillación y en derredor miles de 'yo' flotaban inertes, con expresión de pena, de arrepentimiento, de no hay vuelta atrás.
Salí del bar, apreté los dientes, los escuché rechinar de gozo. Entonces sentí una bocanada de vida penetrando por los poros de la nuca, estableciéndose en las sienes, palpitando, como si fuera a explotar mi cabeza. Corrí, tropecé, estuve a punto de caer. Llegué al portal, ignoré el ascensor, subí hasta el tercero: "stairway to heaven"; pulsé el timbre, una vez, dos, tres, muchas veces... Abrió la puerta, sonrió, era la primera vez que la veía sonreír, la primera vez que me enamoraba en mucho tiempo...
- El café está recién hecho, ¿vas a por churros?...

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