sábado, 1 de julio de 2017

¿Qué ciega mis ojos? - Las paranoias de Addi.


- ¿Sabes qué me confirma que me estoy haciendo viejo?
- Las escaleras, ¡seguro!.
- Bueno, podría ser eso, no te digo que no. Pero como vivo en un primero...
- ¿Qué ya no te apetece ir a conciertos?
- ¡No!, ¡que vá!. Creo que cada vez me gusta más ir a conciertos, e incluso bailar.
- ¡Ya lo se!. Que ya no sales nada. Prefieres quedarte en casa: debajo de la manta en invierno y tirado frente al aire acondicionado en verano.
- ¡Buff!. ¡Ojalá!. Creo que soy un degenerado vocacional, y nunca digo que no a un garito más, ni a la última cerveza.
- ¡Coño!. Pues, ¿en qué notas la edad?.
- Cada vez que voy a comprar un libro. Si, si. No pongas esa cara de extrañeza. De un tiempo a esta parte, cada vez que compro un libro, ejecuto un ritual que nunca antes había hecho.
Una vez que localizo el ejemplar objeto de mi deseo, lo abro y ojeo sus páginas.
- Claro, para ver cuantas tiene...
- ¡No!. No es eso. Nunca me ha importado la longitud de una buena historia; ni en los libros, ni en la vida real. El que dijo aquello de: "lo bueno, si breve, dos veces bueno" era un auténtico mastuerzo. Abro el libro, por cualquier página y observo las letras. Hoy -a diferencia de ayer- es importante su tamaño. También es vital la intensidad del color, que marque una diferencia sustancial con la palidez del pergamino, lo que hace también imprescindible que el papel sea lo más blanco posible. Busco algún párrafo que esté escrito en cursiva, a veces este carácter de letra me plantea problemas de lectura. Y si hay notas a pié de página u observaciones del autor, ya directamente me despido de leerlas, si no es con la ayuda de una lupa con luz, una que en su día me regalaron, precisamente en una librería que cerró durante la crisis. Parece que algo en mi interior me dijo que era conveniente conservarla, pues en aquellos años, no la necesitaba.
- ¿Eso es todo?. Podría ser peor.
- ¿Peor?. ¿Tú sabes lo que es no poder sumergirte, como has hecho siempre, en una historia que te haga olvidar -entre otras cosas- tu edad, precisamente porque tus ojos ponen una muralla de material nebuloso entre ellos y las páginas, para recordarte que empiezas a hacerte viejo?. ¡Que osada la juventud!, que piensa que jamás podrá ponerse nada entre uno y la poesía, la épica o el drama. Que cree que todo esto tiene que ver con el alma... Hasta el alma con los años suma dioptrías
- Bueno, al menos el oído te funciona bien...
- Cierto. De momento si. - Pero un terror frío y silencioso se apoderó de mi.



2 comentarios:

  1. Bienvenido al club de los cegatos. Es lo que peor llevo de hacerme viejales, la falta de vista y depender constantemente, para leer, de las jodidas gafas.
    Abrazos,
    JdG

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    1. Yo siempre he usado gafas, ahora no son suficientes. El puto tiempo, nos hace más sabios, pero también menos resistentes.
      Un abrazo Javier.

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