miércoles, 31 de mayo de 2017

La culpa la tiene Malevaje.


No recuerdo el año, debía ser 1986 o 1987. Junto a unos amigos, durante los carnavales de aquél año, nos dejamos caer por la Plaza Nueva bilbaína. Había programados conciertos, y en aquella adolescencia caracterizada -entre otras cosas- por las ansias de músicas, no podíamos faltar a la cita, a ver que se pillaba.
No había demasiada gente y nos pudimos poner en la parte de delante, debajo del escenario. El concierto empieza con una bailarina armada con unas castañuelas y vestida, maquillada y peinada de una manera que me pareció absolutamente anacrónica. Se contorneaba y retorcía al son de un instrumental que adolecía de guitarras eléctricas, bajos borboteantes o baterías desafiantes.

Sin abandonar el escenario, la dama abraza de forma casi lasciva a un cantante recién llegado tras la intro -el insigne Antonio Bartrina, por supuesto. Vestido de negro, peinado como El Padrino (así me lo pareció) y que cantaba, mientras aguijoneaba con la mirada la silueta de la bailarina, con una mano dentro del bolsillo de sus pantalones de tergal. Su fraseo me pareció el de un borracho que busca sexo, pelea, perdición o cualquier otra cosa que pudiera crearle problemas. La voz profunda se expresaba en un idioma que a pesar de ser el mio no conseguía descodificar, una jerga extraña, desconocida pero sumamente sugerente, me dificultaba la absoluta comprensión de la literalidad del mensaje, pero como por arte de magia, lo entendía todo.
Un anciano -con todo el respeto, se trataba del gran Osvaldo Larrea- sentado en un taburete, tocaba una especie de acordeón que más tarde supe que se llamaba bandoneón, y en la percusión, un tipo que se parecía un montón al batería de Gabinete Caligari (lo era).
Mis amigos empezaron a reír el aspecto de aquel conjunto, y antes del tercer corte empezaron a dar la tabarra. Querían marcharse. Esperaban otro concierto, como el de Rosendo del día anterior, o el de cualquier otro grupo del momento que convirtiese la electricidad en sonido atronador.
Finalmente se fueron. Yo no, yo me quedé. Desde el primer instante acogí aquél lamento, aquella amargura teñida de esperanza, pero fatalista ante la consciencia irremediablemente poética de unos personajes que zigzageaban por los intestinos de aquellos textos balbuceados y ahogados. Unos tipos dispuestos a morir perdiendo, pero sintiendo hasta que no se pueda resistir tanta vida concentrada, para bien o para mal. Desde el primer instante digo, me sentí identificado con aquello, me sentí a gusto, ya apuntaba un servidor a nostálgico empedernido, a vencedor vencido por la vida, a romántico sin remisión ni propósito de enmienda.
¡Acababa de descubrir el tango!... Malevaje -que a todo esto, era el grupo que tocaba aquella noche definitiva- me lo descubrió.


Inmediatamente, el lunes siguiente, me puse a buscar material. No encontraba nada. Finalmente adquirí en una tienda de discos -de cuyo nombre no puedo acordarme- que hace lustros que desapareció y que estaba ubicada en la calle Berastegui, un vinilo: "Tangos por Antonio Bartrina y Malevaje".
Siete canciones, lo compré por 475 ptas. ni siquiera sabía que eran siete versiones de grandes clásicos del tango, y que el disco era un homenaje al rey, a Carlos Gardel en el cincuenta aniversario de su muerte.

Con aquél disco, llegó "Mano a mano"... 'y con aquella todo se fue al carajo'. Sucumbí para siempre jamas al puerto y sus lágrimas de alcohol, al barrio y sus tardes de pesadumbre y recuerdos de aromas de mujer, a la taberna y sus nocturnas alegrías etílicas que pretenden envenenar dolores, hasta que descubren, tras apagar el camarero la última luz, que la soledad es el auténtico amigo que nunca falla... Me enamoré del tango sin plantar contienda.
Después llegó "Margot", "Arriba los corazones" y "Un momentito"... la gran trilogía de los ochenta. Y los conciertos de Malevaje, muchos, con diferentes formaciones.
Y empecé a escarbar en la historia del género. Descubrí al rey, a Piazzolla, Troilo, Discépolo, al Polaco (¡que grande coño!)...
Y aquí estamos, unos treinta años después, escribiendo esta reseña mientras en la calle llueve, escuchando -por enésima vez- "Arriba los corazones".
Y es que el tango suena mejor cuando retumba sobre adoquines mojados.
Lo dicho: la culpa la tiene Malevaje.



2 comentarios:

  1. Cuánto tiempo de aquellos tiempos y de aquellos tangos. Bien por recuperarlos. Abrazos.

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    1. Siempre me han gustado mucho. El tango es uno de mis palos favoritos, tanto como el rock o el blues, y fue por culpa de estos tipos.
      Abrazos.

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