martes, 30 de mayo de 2017

Esta es una noche de rock and roll (El concierto de sus vidas).


No eran las diez de la mañana y el sol ponía el asfalto de la ciudad en estado de shock. Las camisetas, sudadas desde el mediodía, se pegaban a unas anatomías jóvenes e insinuaban unos contornos que los pocos años que soportaban habían dibujado sin demasiado esfuerzo.
Él decidió comprarle una pulsera de cuero en un mercadillo de hippies. Ella le hizo un regalo mucho mejor: lo besó en la mejilla con el calor emocionado que solo saben transmitir los labios enamorados e ignorantes del mañana.
No llevaron demasiado dinero, así que la comida no figuraba entre las prioridades. Un par de sandwiches de supermercado y dos cervezas de marca blanca servirían para mantener la intensidad hasta que todo acabase.
Paseando por aquella ciudad desconocida, fogosa y a punto de una explosión de luminiscencia solar, se tropezaron con rincones que parecían colocados allí por un ser superior. Alguien que los intuía había decidido que allí aguardarían aquellas localizaciones, a que llegaran ellos a bendecirlas con un beso, una risa y un estremecimiento.
Un enorme parque poblado de niños, ancianos y corredores de footing hizo las veces de lecho en el que descansar sus cuepos en una abrazada siesta.
A las seis de la tarde, mientras compartían el enésimo canuto, decidieron abrir los ojos y observar el mundo que se extendía más allá de la distancia visual que se tropezaba contra la nariz del otro. El parque estaba lleno de futuros asistentes al concierto. Las camisetas, los porros, la actitud y las sonrisas ilusionadas y lujuriosas de rock and roll los delataban.
Decidieron mezclarse con el resto del mundo, concentrado en aquel parque. Sin soltarse las manos y regalándose sonrisas, caricias y susurros. Bebieron cerveza fría con unos chicos algo mayores que ellos que habían viajado desde Galicia para asistir al concierto de sus vidas.
Tropezaron con unos policías municipales que les hicieron vaciar la mochila que portaba él. El jachís estaba a buen recaudo, en el calcetín de ella. Sólo encontraron condones, un par de camisetas del grupo del concierto y un plano de la ciudad.
Empezaba a abandonar el sol la escena del crimen. Había llegado la hora de acercarse al estadio.
Dentro, la emoción se podía moldear como plastilina, dibujando con ella la figura que mejor se adaptase a los sueños de cada uno de los presentes, a las ilusiones, a la pasión incontenible.
Entre alcohol y humo fueron volando los minutos. Se cambiaron de camiseta en medio de un gentío que obvió que ella no llevaba sujetador. La noche borró de luz el cielo para que los focos del escenario hiciesen de soles, de estrellas... el estadio era un cosmos.
La emoción amenazaba a los corazones; los susurros ya no podían contener la presión y se convertían en gritos. Unos preguntaban: "¿Con qué canción crees que empezarán?" otros suplicaban, como una anciana a la virgen ante su última oportunidad de ser abuela en activo: "Que toquen tal canción por favor"...
Ellos se abrazaron fuerte, casi como si pretendiesen que sus esqueletos se mezclasen en un sórdido puzzle óseo sin resolver. Se habían apagado las luces, el suelo vibraba y los corazones asomaban a las bocas de los presentes...
Un estallido, un grito al unísono, y el escenario disparó una llamarada de luz como sin duda será la estrella que señale el día final...


¡Suenan las guitarras!, ¡Ruge el rock and roll!



Correcciones a cargo de Paco Evánder.

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