viernes, 12 de mayo de 2017

Antonio Vega - Esas melodías suspendidas.


Imposible olvidar el instante en que me enteré de que Antonio ya no estaba. Fue por la radio, en una tarde aburrida mientras trabajaba. Sentí que algo estallaba en mi pecho. No me lo esperaba, aunque lo cierto es que no había demasiados motivos de asombro, todos conocíamos el estado físico de Antonio desde hacía lustros.
Algo similar me ocurrió años después cuando se fue Lou Reed, también me pilló por sorpresa.
Pero de forma misteriosa, esta marcha me afecta más con los años. Cada año recuerdo con más dolor, pero también con más cariño a Antonio, intentaré explicarme:
Cuando uno llega a cierta edad, es normal acumular alguna que otra cicatriz. Yo siento el escozor de unas cuantas, en especial durante ciertas noches de recuerdos y puñaladas, que sin acero de por medio atraviesan tejidos y descomponen descansos, sueños y erosionan segundos de vida.
Antonio fue un referente siempre, desde adolescente. Y con los años sus canciones decoraron mis paisajes oníricos de futuros que no llegaron, empaparon lechos palpitantes de ilusiones, y compusieron bailes en la oscuridad intercalados de besos y susurros.
Durante unos años, antes de su marcha, sentía que Antonio musicaba mis momentos más íntimos, y también los más extrovertidos, cuando las ganas de vivir eran tan exultantes que se despedía de mis fronteras de piel una luz que se apagó de repente, sin avisar. Pero cuando aquello ocurrió, Antonio ya se había ido.
Entonces llegaron las noches de vigilia y preguntas al silencio. Los recuerdos de cuando las coplas de Antonio siempre parecían optimistas, y la oscuridad creció a mi alrededor.
Algunas canciones de Antonio hicieron de propicio bastón al que asir una osamenta menguada, y a su pesar vencida al destino que traía malas pulgas en su envenenada brisa de alegría.
Cuando la coctelera de sucesos hacía que la cabeza viviese en continuo mareo y los recuerdos se empeñaban en coser a estocadas una fuerza de voluntad de seguir, narcotizada por el dolor de lo irremediable, entonces, el play era la única luz de mis noches y la voz de Antonio se alzaba: sólida, fuerte, amiga... y sus melodías parecían suspendidas en el aire... ya no estaba solo.
Hoy, que cuando las cicatrices duelen, las doy un beso -como si de la pupa de un niño se tratase- escucho menos a Antonio.
Pero cuando lo escucho, manda el respeto, la admiración y siento, como siempre, que algunas de sus melodías (las más mágicas) están suspendidas y me observan, para que todo siga bien. Todo va bien Antonio.
Antonio Vega (16/12/1957 - 12/05-2009)




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