domingo, 9 de abril de 2017

La última noche del Alabama Rock Bar. Las paranoias de Addi.


No había ningún motivo para que aquella noche no fuesen los Doors los que cerrasen el local. Lo habían hecho durante los veintitrés años de vida del mismo. Cada madrugada, al sonar "Alabama Song (whisky bar)" los parroquianos sabían que la noche terminaba en el Alabama Rock Bar.
No fue fácil convencer al matrimonio que cada madrugada llegaba para limpiar el Alabama de que podían irse. Ya no era necesario que se pegasen la paliza de limpiar un garito tan grande como aquél.
-Pero hemos cobrado hasta hoy, y lo justo es que cumplamos con nuestra obligación, aunque sea la última noche-.
Carmelo y Adela siempre cumplieron. Con los años terminaron siendo dos miembros más de la gran familia del Alabama. A Mike se le hizo muy difícil y triste despedirse de ellos. Los encantadores Carmelo y Adela. Se fueron con lágrimas en los ojos.
Entró en la barra. Sobre la cámara se encontró una rosa blanca y una nota:
"Gracias, Mike. El Alabama me hizo amar el rock, y aquí me hice mujer.
Un millón de gracias, y otro millón de besos.
Lydia".
No pudo evitar que una lágrima cayera en el whisky que se acababa de servir. Recordaba cuando llegó Lydia. Una tarde de invierno, con una carpeta llena de apuntes de la universidad y un ejemplar de "El hombre sin atributos" de Musil. Entonces le calculó veinte años; no se equivocaba. Pidió un café con leche y sacarina. Bebió un sorbo y sin pensárselo dos veces imploró más que preguntó:
-¿No necesitaréis camarera? Busco trabajo. Necesito trabajo.
Aunque el local se estaba poniendo de moda y los fines de semana había bastante trabajo, Mike pensaba arreglarse solo. Pero algo en la expresión de aquella joven le embrujó. La juventud arrebatada se diluía con una tristeza en la mirada que encogió el corazón de mal empresario de Mike. La contrató para los fines de semana. Pensaba que cualquier día se marcharía, que buscaría algo relacionado con su carrera de empresariales y no necesitaría servir copas hasta el amanecer. No faltó una sola noche en veintiún años. Incluidas las de los últimos meses, trabajadas gratuitamente. El negocio no daba para más.
La vio convertirse en mujer. Una maravillosa mujer. Estuvo en su boda y disfrutó del espectáculo de verla deslizarse por la barra con una barriga de treinta semanas. Su amiga Lydia. No la vio marcharse aquella noche. No dejó de llorar. Se fue sin despedirse. Dejó la rosa, la nota, y desapareció.


Al final pudieron con él. Los horarios y las restricciones municipales terminaron por hacerle claudicar. Los que mandan no quieren gente como sus clientes, sus amigos. No quieren personas vivas. Les estorban los que se desperezan y no entregan sus noches al programa de turno para que narcotice sus conciencias. Los que no se conforman con asentir ante las reclamas de aquel periodista que parece abanderar su cruzada a seiscientos pavos la tertulia. Los que buscan en el meollo de la vida ese paso adelante que les hace ser ellos mismos, diferenciarse para parecerse. Huir del rebaño y poner de manifiesto que sus caderas están para algo más que procrear y desgastarse trabajando para un patrón enfermo de avaricia. Que están -sobre todo- para bailar, y correr, y caerse, y levantarse, y follar.

Los conciertos, tan elogiados como libertarias expresiones culturales cuando todos eran progres, pronto fueron proscritos, como subversiones que ensucian mentes y molestan a los vecinos. De repente hacía falta licencia para crear, expresar, cantar, amar y volar.
Decidieron poner hora de cierre al instinto, al deseo y al arte. Fijaron una franja temporal para que los osados e inadaptados se reclutasen en garitos casi clandestinos, y luego fueron estrechando esa franja. Hasta terminar asfixiando a la poesía y al pensamiento. Hasta que aprisionaron al amor desligado de la tradición destructiva de besos -tan oportuna para los demonios del "como Dios manda"- y cerraron la guarida nocturna del rock.
Apagó las luces, estampó el vaso contra la pared y les maldijo. La persiana golpeó contra el suelo con un plañidero alarido metálico.
Mañana será otro día, Mike, y seguirá habiendo canciones y cantantes.

Como siempre las correcciones corren a cargo del profe Paco Evánder.

2 comentarios:

  1. Deberías pensar en dedicarte a la literatura, amigo... Una forma extraordinaria de rendir tributo a esos 'garitos' que sobreviven a duras penas y que habitualmente poblamos los románticos del rock and roll... Parece que somos pocos - aunque anoche mismo pude comprobar que existe renovación generacional, no como debería, pero hayla - pero vamos resistiendo con ayuda de la pasión...

    Un abrazo.

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    1. Hombre Aurelio, me alegra verte por aquí. Garitos cada vez más dificiles de encontrar. Hoy todo parecen ser bares con pantallas gigantes para dar la tabarra con el fútbol a cualquier hora del día. En fin...
      Un abrazo.

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