viernes, 3 de marzo de 2017

Otoño en Vienna. De El Prater a la Opera.

Wiener Staatsoper

El madrugón era inevitable. El día se presentaba colapsado de actividades. El primer contacto con el suelo fue doloroso. El descenso desde la cama, situada a varios kilómetros de la moqueta roja con motivos negros, dejó en evidencia la debilidad de unas piernas que parecían haber engordado unas cuantas toneladas durante la noche.
Una ducha caliente ayudó, y parte del tonelaje se escapó por el desagüe. Durante el desayuno planificaba el día mientras los embutidos y los bizcochos mojados en abundante café vienés, porque olvidaba comentarles que estaba en Viena, insuflaban energía a un cuerpo que ya sufre los desgastes de días como el precedente, agotadores de tanta caminata y emoción.
Mi primer contacto con la ciudad de los Strauss se desarrolló por el subsuelo, emulando a Orson y Joseph en la inolvidable persecución por las cloacas vienesas de post-guerra de la magistral "El tercer hombre".

El enlace más rápido entre el aeropuerto de Viena y el centro de la ciudad es por medio de un tren que durante parte de sus dieciséis minutos de recorrido transita por los intestinos de la ciudad.
La primera toma de contacto con Austria fue en Wien Mitte - Landstraße, una calle despojada de encanto que encima me dio la bienvenida bajo un cielo encapotado que pulverizaba lluvia de la que no parece mojar pero que empapa, sobre todo el ánimo del viajero exhausto y deseoso de encontrar poesía visual, como era mi caso.
No tardé en llegar al hotel, un viejo edificio sobrevalorado de estrellas, bonito y vetusto aunque de dudosa comodidad, situado en una diminuta callejuela abarrotada de andamios cerca de la ópera de Viena y del centro neurálgico Karlplatz.
Naschmarkt estaba atestado de turistas a pesar de la llovizna, que en un mercado al aire libre es un problema, y de la época del año, otoño de finales de octubre. Lo recorrí mirando todos los puestos, sin prisa aunque con bastante hambre. Los olores y los colores me daban una idea de lo que podría degustar durante los siguientes días de estancia en la capital del Danubio; no obstante decidí buscar algún lugar menos pintoresco y más accesible a la cartera para comer el típico schnitzel, un escalope de los de toda la vida, con una ensalada de patatas que no terminé y un trozo de tarta strudel.

Naschmarkt

De todas maneras, el motivo del cansancio mañanero fue las más de dos horas que me pasé caminando en busca del hotel, despistado por la noche que me emboscó a la salida de un café y por la traición del 'google maps' apagado por la falta de batería, como empezaba a pasarme a mí.
Finalmente, y gracias a un simpático taxista, di con la calle Schikaneder -bendita previsión la de llevar apuntada la dirección en un papelito en mi cartera- donde se encontraba el hotel que abordé como si de la tierra prometida de los hebreos se tratase.
Ya en la calle, tras el desayuno, la lluvia obligaba a caminar con el paraguas abierto. Tenía que estar a las 10:30 en la estación Hbf. Allí recogería a una amiga que conocí en otro de mis viajes otoñales, en aquella ocasión a Berlín, viaje de vital importancia para un servidor y que tal vez sea contado en otro de mis arrebatos narrativos.
Pero antes de recoger a la camarera de mis entretelas, detalle cósmico el de venir a visitarme a Viena, pidiendo permiso en su restaurante, y para compartir conmigo apenas veinticuatro horas, algunas cosas se incrustan en el corazón y sabes que allí germinará un recuerdo que habrá de acompañarnos para los restos, y más allá.

Parque de atracciones El Prater

Antes de ir a la estación, decía, decidí conocer
El Prater, el famoso parque de atracciones de Viena, el más antiguo del continente y sin duda el que más encanto y magia tiene del mundo. Paseé bajo la lluvia con un cierto enfado, sorteando charcos y los paraguas del resto de viandantes. Poco a poco el enojo se fue disolviendo con el agua de lluvia y la bonita Kaerntnestrasse, artería comercial que enlaza el teatro de la ópera con la catedral de San Esteban.
El Prater se presentó ante mi grandioso, presidido por la noria en la que Welles y Cotten discutían sobre el precio en valor que tiene el ser humano desde la distancia que marca la altura del lúdico engendro, en un momento sublime del séptimo arte, en la ya mentada "El tercer hombre". No reparé en el resto del parque hasta que fotografíé la noria desde varios puntos. La escena del film de Reed se repetía una y otra vez en mi cabeza, y la emoción del momento era indescriptible; por fin estaba ante ella. Formaba parte de una de las cintas de mi vida. O así lo sentía yo en aquél momento.


Bajo el aguacero, el parque parecía un lugar fantasmagórico, sin apenas visitantes y reinando un silencio sepulcral. La mayoría de las atracciones permanecían cerradas y el cielo encapotado daba al paisaje un aspecto como de blanco y negro; seguramente la influencia en mí de la película no me abandonaba.
Recorrí el parque durante un buen rato, siempre atento de la hora, y a eso de las 9:45 decidí ir en busca de mi amiga.

Entraba en la estación con el corazón pataleando en mi caja torácica, cuando la edad marca como primer guarismo el cuatro da la sensación de que algunas emociones pueden llegar a ser peligrosas. El encuentro fue delicioso, en el andén de una vieja estación de Centroeuropa, bajo la lluvia fina del otoño, seguía el cine de polizonte en mis retinas. Nos besamos y abrazamos, ¿cómo se puede sentir a alguien con quien apenas has pasado unas horas en toda tu vida tan cerca, tan dentro, tan importante?...
- Estás más delgada...
- Y tu más guapo...
- Mentirosa...
Mi inglés seguía siendo un problema con todo el mundo menos con ella. Ya no llovía, o no importaba. Me obligó a comprar un abrigo en un H&M y unos zapatos.
- Esta noche vas a la ópera y tienes que ir elegante, como un austriaco pijo extraído de: "The sound of music". Ambos reímos la ocurrencia.
Cargamos con las bolsas y compartimos paraguas por el centro monumental de la ciudad. Atravesamos Schwarzenbergplatz. Contemplamos la amenazadora figura del soldado que intrigante parecía recordar que allí hubo horror militar y miseria post-militar. Mejor no olvidar para no repetir.

Schwarzenbergplatz

Nos encaminamos hacia el Palacio Belvedere. La lluvia parecía querer acompañarnos durante toda la jornada. No importaba, así caminábamos más juntos bajo el paraguas compartido. El lugar estaba atestado de personas armadas con cámaras de fotos y móviles, nosotros también. El palacio imponía su simetría con orgullo e incluso soberbia. Los jardines que se extendían ante él parecían orgullosos siervos de su señor, de un verde brillante, con lagos de aguas cristalinas salpicadas por nenúfares de distintos colores que creaban una suerte de alfombra flotante. A ambos lados de los caminos que hacían de los jardines un laberinto de fácil resolución se intercalaban postes de bronce en cuya cima se incrustaban cabezas del mismo material correspondientes a diferentes animales: perros, gallos... Aquello daba al lugar un cierto tono lóbrego. Uno de esos lugares que hacen de Viena un lugar especial, una de las capitales de la grandeza fría y detestable, aunque bella e imperecedera de las monarquías altivas y aberrantes del viejo continente, hoy en día por fortuna ya sólo real en los libros de historia.

Palacio y jardines Belvedere

Volvimos al centro en autobús. Comimos en un kebab cerca de Karlplatz y tomamos un café y un trozo de tarta de queso en un puesto callejero regentado por una jovencita vienesa, muy simpática y bonita. Luego, tras la vuelta de mi camarera a su casa, me preocupé de visitarla a diario para tomar con ella café de moka y un trozo de su deliciosa tarta mientras charlábamos, en medio de la calle, en el corazón de Europa.
Fuimos al hotel, descargamos las bolsas con las compras y no volvimos a salir hasta las siete de la tarde. Yo, con las entradas para la ópera en el bolsillo interior de mi abrigo nuevo, no me podía creer que estaba a punto de penetrar en los muros de la Wiener Staatsoper, uno de los templos más sagrados del género lírico, un sueño que se hacía realidad, otro más. Había dejado de llover. Me aguardaba Mozart y sus "Bodas de Fígaro". Mi amiga me esperaría en la calle, no había posibilidad de adquirir otra entrada. La ópera de Viena cuenta sus representaciones por llenazos y había comprado la entrada hacía meses. Me dolía en el alma que se quedase fuera, y no hubiese dudado en no entrar y quedarme con ella; no lo consintió. Y la verdad que es otro motivo para agradecerle que sea como es.

Interior teatro de ópera de Viena

La experiencia fue maravillosa. El teatro es de una belleza colosal. La ópera es Mozart -no hay mucho más que añadir- y la orquesta suena como sin duda sonarían los sueños de amor si tuviesen música las películas oníricas.
A la salida me esperaba ella. No llovía pero estaba un poco encogida. Hacía frío. Cuando me vio me dijo que estaba muy guapo. No desentonaba con todos aquellos individuos que salían del teatro embutidos en smokings y trajes de diseñadores italianos.
Insistió en que nos hiciésemos una foto. Yo no quería. No me gusta hacerme fotos, pero le di el gusto. Paró a una señora. Debía tener unos setenta años y no hay duda de que debió ser hermosa; aún lo era. Su acompañante, algo mayor que ella y ataviado con un elegante traje marrón y un abrigo verde oscuro sin abotonar, poseía unos ojos azules que se hacían notar a pesar de la oscuridad que se había adueñado de la avenida Opernring. Mi amiga hablaba con soltura en alemán con la señora, que reía y a su vez hacía reír a mi chica, que se dirigió a mí diciéndome que nos sacaría ella la foto, pero que había que hacer un pequeño arreglo antes. Me dijo riendo que yo estaba muy elegante con mi abrigo nuevo y en cambio ella no estaba a mi altura. Así que ni corta ni perezosa, aquella dama le cedió el bolso a su marido, que lo recibió con una sonora carcajada. Yo no sabía que estaba pasando. Finalmente la señora se quitó el abrigo de pieles que portaba mientras mi acompañante se quitaba y entregaba al divertido caballero de los ojos azules su parca. Aquella mujer llevaba un precioso traje color crema que dibujaba una silueta sorprendentemente esbelta, ayudó a mi amiga a ponerse su carísimo, sin duda, abrigo de pieles; y entonces, sí. Posamos abrazados y nos fotografió con el tiro de cámara perdiéndose en el horizonte de Opernring, según decían, yo muy elegante y Olga -esto lo digo yo- absolutamente preciosa.


Pasó la noche y en el desayuno me encontraba aún más cansado que el día anterior. Pero sobre todo estaba triste: ella se marchaba.
En silencio fuimos en metro hasta la estación Hbf. No llovía y sin embargo el andén estaba más sombrío que el día anterior. Nos abrazamos, con fuerza. Ella temblaba y me sonreía. Yo la admiraba, más que a la Orquesta Sinfónica de Viena unas horas antes, mucho más.
En el metro, no pude evitar el llanto. Hacía tanto tiempo que no me ocurría que sentí dolor en los ojos. Me dirigía al palacio de Schönbrunn. Su belleza pétrea me ayudó a sobreponerme y a sentirme afortunado, pero eso lo contaremos otro día.

Por supuesto el texto ha sido corregido como siempre por mi amigo Paco Evánder.

4 comentarios:

  1. Me ha encantado este texto mitad literario mitad guía de viajes. Espero que sea el primero de muchos de una serie tan atractiva como el primero.

    Un abrazo!

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    1. Bueno, seguiremos contando las andaduras del protagonista por el corazón del imperio Austro-Hungaro. Gracias amigo mio.
      Un abrazo.

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  2. Un relato con una bonita base de sentimientos, el del placer por viajar, y además, el de encontrarse personas entrañables en el camino.
    Muxus!!

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    1. Viajar es vivir de una manera extrapersonal, eres tú pero en otra dimensión, si el viaje es en soledad la libertad es absoluta. Ya sabes como me gustan estas cosas.
      Gracias Jane.
      Muxus.

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