miércoles, 8 de marzo de 2017

Es ocho de marzo, hay esperanza. Con ellas.


Entró en el ascensor, exhausta. Depositó las bolsas del súper en el suelo y pulsó con un dedo índice tembloroso por el frío y el peso de la compra el cuatro. Mientras subía intentaba encontrar a la Irene que fue en el espejo de la puerta del elevador. Sonó un timbre y su rostro se rompió al abrirse la puerta telescópica, le pareció simbólico, triste, y aquello despertó en su garganta una ronca y ácida risa gutural.
Ya en el descansillo buscó en el bolso, a oscuras, las llaves. El asa de plástico de la bolsa que albergaba las cajas de leche hería unos dedos a punto de quebrarse por el frío y la falta de circulación sanguínea. Dentro de casa el silencio era tan pertinaz que parecía un castigo. Se llegó a la cocina y dejó las bolsas sobre la encimera. Por la ventana de cristales translúcidos sólo se intuía noche, y luces blancas de otras cocinas tristes y silenciosas donde otras mujeres estarían preparando la cena para el resto de la familia, pensando en qué fue de sus sueños, sin saber por qué, por qué…
Alfredo estaba en el bar. Había partido de la Champions. El pequeño tenía entrenamiento y la mayor se quedaba a estudiar en casa de una amiga; se preguntaba con qué chico estaría derrochando besos. Ojalá un día no los necesite…
Abrió la ventana, en el fregadero había un par de platos, varios cubiertos y una taza de café con el azúcar teñido de marrón, endurecida como la lava y soldada al fondo de la taza, como la rutina estaba pegada a su cama y a su sexo, como la frustración se había escarificado en su corazón.
En la calle un rumor se elevaba. Alguien, una multitud, clamaba: ¡Igualdad!, ¡orgullo!, ¡dignidad!, ¡libertad!... Entonces lo recordó: era ocho de marzo.
Su sitio estaba abajo. Lo comprendió de repente. Se lo susurró aquel silencio tortuoso, luchando como lo que es: una valiente, una guerrera, una mujer... No usó el ascensor. El reflejo de la puerta no le gustaba, no era su auténtico rostro, su auténtica alma. Era imperativo cambiarlo…
Corre Irene, la lucha te espera, te mereces esa lucha y con el tiempo la victoria...
Al llegar a la columna de la batalla vio, entre el bullicio, a su hija... Nunca le faltarán besos. Sonrío, hay esperanza.

2 comentarios:

  1. Bonito relato y buena reivindicación.

    Un abrazo!

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    1. Reivindicar la esperanza siempre es positivo. Muchas veces es el mejor ejercito que tenemos.
      Gracias y un abrazo,

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