martes, 21 de febrero de 2017

La misma piedra y el viento del oéste.


Cuando se reencontraron, ambos huérfanos de las premisas que tutelan las vidas adultas convencionales, charlaron y rieron, bebieron y bailaron, recordaron lo bueno, lo divertido. Sólo eso.
Ninguno hizo alusión a las cadenas, estas que hoy agarran sus pescuezos y los fijan al poste de la seguridad y la rutina. No quisieron recordar a aquellas bestias salvajes con vocación de indomables que fueron, o que quisieron ser. Aquellas criaturas que devoraban cualquier atadura con las fauces de su juventud voraz y contestataria.
No parecían las fiestas de un barrio de extrarradio el lugar más indicado para el reencuentro de dos cuarentones aburridos de fracasar, cautivos de sí mismos, y con sus vidas pendiendo de la fina tela de araña que es el equilibrio mental. Parecía finiquitado el ímpetu y la pasión por encontrar vivencias apasionantes. Los años decidieron por ellos y manipularon sus mentes: "Las grandes historias están en las cabezas imaginativas y suplicantes de los literatos y dramaturgos"... Tal vez por eso ambos gustaban de escribir, para no perder del todo la esperanza.
Los tiempos prescritos por los sueños como "años de felicidad y conquistas" terminarían convirtiéndose en travesías por la rutina y el sopor.

- O despertamos demasiado pronto o nunca llegamos a dormir del todo. Lo cierto es que no supimos soñar -comentó ella mientras hidrataba la memoria con cerveza fría.

Y el resto parecía historia, la última historia a pesar de que la cuarentena no puede (ó no debe) ser el final de la obra. Demasiadas decepciones, muchas cosas que juró que nunca realizaría atenazan hoy la vida de ella, que estropeó sus preciosos ojos de no dormir, siempre preocupada, por los niños, por el callejón sin salida de su matrimonio. No pocos deseos y ambiciones se atascaron en el estómago de él, que se cerró durante años en busca de una salida que no existía, pues aún no había entrado en ningún sitio.



El caso es que el viento del este, que nace donde se fabrican los sueños inocentes y quiméricos de los niños, azotó aquella noche la ciudad llevándose por delante a un par de lobos noctámbulos que lo fueron y que un día se acostaron inconscientemente, agotados de ir quedándose solos en la pista para dejar la fantasía de la juventud en manos de otros y rendirse a la verdad de sus vidas mal construidas.
Las horas pasaban vertiginosas, la noche derrapaba contra los quitamiedos impuestos por el alcohol y los rumores de fiesta. Y los años de instituto recorrieron sus espinas dorsales: las tardes de litronas en la pérgola con la gente, los primeros romances fugaces y arrebatados, las canciones a coro, los porros, los juramentos de sangre bajo las estrellas cubiertas de polución de los últimos años ochenta, las inevitables traiciones... La juventud estallaba bajo la protección engañosa de la adolescencia aún presente, el futuro era lo de menos. Allí estaban ellos para moldearlo y someterlo al dictado de su voluntad. Luego años de olvido, caminos diferentes y no previstos, "holas" y "adioses" cuando se cruzaban por el barrio.
Y aparecieron los besos, claro, obligatorios, de amigos que nunca habían compartido pasión y mucho menos lujuria, no había remembranzas sexuales entre ellos. Eran los primeros abrazos compartidos de sus vidas.




Desde entonces se dedicaron a vivir, a pensar poco y reír mucho, a criticar al resto de la cuadrilla dispersada por el barrio… "Qué calvo está fulanito, y mira que era guapo", "cómo ha engordado menganita, con lo buena que estaba", "el cabrón aquél ha terminado convirtiéndose en un pijo que mira a todo el mundo por encima del hombro", ¡cómo ha crecido el barrio!
Evitaban las tiendas de muebles, las comidas familiares y los compromisos sociales como pareja oficial. Se encontraban sin anunciarlo, no caminaban agarrados por la cintura y no solían despertarse juntos... "Quédate hoy a dormir, los niños están con su padre"... Todo valía: confidencias, sexo, cariño, comprensión, libertad para elegir compañía o soledad. Por fin eran amigos, de verdad, como proyectaron de jóvenes. Ahora sí, se querían y respetaban, pero el viento cambió... el puto viento empezó a soplar del oeste, donde se fabrican las pesadumbres realistas y aburridas que asolan las noches de los adultos. Se enamoraron, como se prohibieron hacer... Y ahora, ¿qué?

Las correcciones, no pocas, corren a cargo como siempre de mi amigo Paco Evánder.

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