jueves, 16 de febrero de 2017

El crepúsculo propone y el destino dispone.


Sobre la orgía de rojos y amarillos del crepúsculo se recortaba a lo lejos la figura de un hombre o de una mujer. Desde la cuneta en la que me había detenido a fumar daba la sensación de que únicamente tenía que estirar el brazo para poder coger con mis manos la figura que milagrosamente había apartado mi pensamiento del motivo que me había llevado a aquella carretera abandonada a aquella hora incierta del mundo.
Agradecí su presencia como si del consuelo de un viejo amigo se tratase. Parecía que la providencia había puesto allí a aquella silueta para que me ayudase a sobrellevar el dolor. Desde que cumplí cierta edad, no sabría decir con exactitud una cifra, me da la sensación de que los tragos amargos se soportan en soledad, por omisión de compañía, que no por madurez o entereza. No sé en qué momento los amigos dejan de serlo, para lo bueno y para lo malo, para centrarse en acompañantes propiciatorios de experimentos que sólo tengan que ver con el ocio y la diversión: "Yo es que no soy amigo de dar consejos"; "me pillas liadísimo, mañana te llamo""¡cómo no me habías dicho nada!"... Al wasap sólo llegan chistes malos y vulgaridades varias, casi siempre con una señorita como protagonista.
Encendí otro cigarro. La figura empezaba a fusionarse con la noche incipiente. Se había movido unos metros. Entonces me di cuenta de que se apoyaba en el capó de un coche que me había pasado inadvertido. No cabía duda de que en aquel desierto solitario y abandonado de consuelo alguien se encontraba en mi misma situación, en una cuneta, en una carretera cercana y lejana a la vez, sumergido en una espiral de soledad y pensamientos dolorosos y trompeteantes.



Estaba claro que el enigmático compañero de amarguras también había reparado en mí. ¡Qué me aspen si no me está observando en este momento, haciéndose las mismas preguntas que yo!, pensé.
En el asiento de atrás de mi viejo Fiat, la bolsa con parte de mi ropa, arrugada, y aún desperezándose de la siesta interrumpida que había sufrido hacía unas horas, callaba y por tanto otorgaba. 
Una camisa rosa que me regaló ella me miraba con semblante triste, anudada hasta arriba. Los botones de los cuellos liberados de su horca, haciendo de ojos de dolida caída, me preguntaban por ella, me interrogaban y clamaban por no perder el contacto de sus manos, abrochando los botones uno a uno, frente a mí, colocando la corbata azul marino de anclas alrededor de mi cuello, acariciando las zonas erógenas de mi camisa favorita, sonriéndonos a ambos, ¿A quién rendiremos pleitesía ahora?, preguntaban.
La culpa era mía... ¡pero no! Tampoco es justo responsabilizarme yo sólo de algo que hemos ido erosionando los dos hasta hacerlo tan débil, tan fino y testimonial que ya no resistía ni una embestida más de egoísmo, de partidismo, de subjetividad.
No me importaba cargar con la culpa. Necesitaba a Julia más de lo que nunca imaginé. 
Elevé la mirada hacia la figura que apenas era ya visible. como rezando a un ídolo de madera de esos en los que nunca creí. La llegada de la noche era un hecho y enseguida la disolución de compañía y noche me dejaría en la más obsesiva oscuridad.
Aún pude observar un movimiento de mi acompañante desconocido, un gesto con los brazos, una leve maniobra de la cabeza y las manos tapando el rostro en un llanto desconsolado. Casi podía escuchar los gemidos.


Como un click que destensó los músculos que soportan mi soberbia, abrí la puerta trasera del Fiat y le hice a la cremallera de la vieja bolsa de deporte desandar lo andado por la tarde. Extraje la camisa rosa y me la puse. A pesar del frío que empezaba a imponer su dictado en la noche, no la abotoné.
Arranqué el coche y encendí las luces de cruce. No me fijaba en las señales de velocidad, no era momento de pensar en multas. Realmente seguía a mi instinto, o tal vez a mi desesperación. Volvía a sentirme humano y aventurero después de tantos años de edad adulta y responsable. 
Antes o después tenía que haber un desvío hacia algún lugar, algún pueblo desde el cual se pudiera acceder a aquella carretera paralela y de trayectoria posiblemente olvidada en los mapas modernos y los GPS. 
Sumergí en la oscuridad de una curva cerrada el Fiat. Conducía a un pueblo fantasma, como mi alma desde hacía demasiadas semanas; un pueblo fantasma que, a diferencia del que ahora atravesaba a demasiada velocidad, ni siquiera contaba con la única farola que iluminaba a aquél. Mi alma llevaba demasiado tiempo a oscuras.
Tras las últimas casas me tropecé con el cementerio, viejo y abandonado. Casi parecía el lugar con más vida de la aldea. Lo superé, rebasándolo por su izquierda, y a unos cien metros la segunda farola del lugar, parpadeante, amarilla y moribunda, hacía visible un cruce que carecía de carteles informativos. Desde luego estaba en un punto pixelado por el mundo, sin nombre ni futuro. 
Giré a la derecha, por intuición. Abrí la ventanilla. El frío de la noche golpeaba contra mi pecho, alborotaba mis cabellos y hacía aletear la ropa que melancólicamente asomaba por la puerta abierta de mi bolsa de deporte en el asiento de atrás. Sólo pensaba en ella, en sus manos sobre mi cuello. ¿Quién iba a anudarme la puta corbata?, ¿quién iba a abrazarme por la espalda y besarme la columna?.



Circulaba por una carretera comarcal, sin señales ni marcas viales, con unas cunetas verdes de césped pisoteado por los tractores. A ambos lados se extendía la nada. Al fondo se distinguía un coche y se escuchaba una canción. Reconocí la canción, ¿cómo no iba a distinguir aquella canción?
Detuve el coche. El morro del Fiat besó la boca metálica del Seat que estaba allí aparcado y que hacía las veces de dormitorio y radio. Tras el Seat, una figura se deslizaba silenciosa, aún alejada del camino de luz que abrían de mis luces de cruce. Atravesé aquel haz polvoriento y artificial y me dirigí a mi acompañante nocturno y salvador, seguro y casi con las lágrimas a punto de dispararse contra los vidrios de mis gafas. 

- Julia, mi amor, necesito que me abotones la camisa. 
- Claro. Qué desastre eres. Está arrugada, cariño.
Las lágrimas y la noche hicieron el resto.



Correcciones y adecentado a cargo de mi amigo Paco Evánder.

4 comentarios:

  1. Genial, como siempre.
    Ya echaba de menos tus relatos.

    Un abrazo!

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    1. Vamos a ver si poco a poco volvemos a la senda, lo hecho de menos yo también, pero entre unas cosas y otras...
      Gracias amigo.
      Abrazos.

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  2. Me encanta esa frase de "Al wasap sólo llegan chistes malos y vulgaridades varias, casi siempre con una señorita como protagonista."
    Abrazos

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    1. Jeje, es que hay veces que es lo único que parece que llega vía wasap, chistes y por lo general machistas.
      Abrazos

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