sábado, 25 de febrero de 2017

El Espejo de Palmira.

Cuando Palmira leyó "El Retrato de Dorian Gray" algo se desactivó en su interior. Es posible que su edad, diecisiete años, no fuese la apropiada para las perversidades de una novela por otro lado tan malintencionada.
Se sucedieron días, semanas e incluso meses de análisis obsesivo de lo leído, y cuando llegó el verano pensó que el sol, las diversiones y la temperatura seguramente harían de la relectura del texto una experiencia más clarificadora y menos traumática de lo que había sido el primer contacto con el libertino Dorian y su putrefacta alma manifestándose en el célebre cuadro.
No fue así. Tras la segunda lectura, Palmira se sintió aún más turbada ante el dramático destino del protagonista. Lo aterrador era la suprema sed de verdad de un lienzo que se suponía inanimado; la masoquista actitud de introspección de Dorian, que parecía querer purgar su culpa por una vida llena de frivolidades y felonías por medio del sufrimiento psicológico derivado de la observación en el retrato de su propia autodescomposición moral.
Un día de aquel verano maldito, al llegar a casa, tras una tarde de risas y chapuzones en la piscina con su novio Marco Antonio, se observó, casi sin querer, desnuda en el espejo del ropero de su cuarto. Era uno de esos espejos de cuerpo entero, fijado a un panel por medio de cuatro clavos, uno en cada esquina, que en otro tiempo fueron de un dorado brillante, pero que el empecinamiento de su madre en limpiarlos con spray para muebles había convertido su oro primigenio en un ocre y sucio color castaño.
No lo había advertido antes pero, junto a la axila izquierda, aún dentro de los dominios adjudicados al pecho, había aparecido una pequeña pero indiscutible verruga. Inmediatamente pensó en aquella protuberancia como de un fruto envenenado incrustado en su epidermis, una mala hierba que salía del interior de su ser, como si alguna maldad tuviese por fuerza o por higiene que huir de su carne.
No tardó en relacionar el episodio con el lienzo que marcaba la suciedad moral del inefable en su mente Dorian Gray. ¿Y si ese espejo se convirtiese en el retrato de su alma?... ¿Sería esa verruga la señal del pecado carnal cometido aquella tarde con Marco Antonio en la diminuta cabina de los vestuarios de los chicos?...


Se vistió y se dispuso a cenar con sus padres. El verano estaba llegando a su fin pero aún quedaban unos días de vacaciones antes de empezar su periplo en la universidad. Entonces estaría más ocupada y olvidaría aquellos delirios sin sentido.
Palmira triunfaba en sus estudios de derecho. La relación con Marco Antonio se consolidaba día a día. Él no era un buen estudiante y cuando terminó el curso de mecánico entró a trabajar en un taller perteneciente a una franquicia, en un centro comercial de una localidad cercana. Fue el primero en ganar dinero y no le importó correr con los primeros gastos del alquiler de un diminuto piso que empezaron a compartir durante el último año de carrera.
Palmira insistió en trasladar su armario al piso alquilado. Decidió instalarlo en una habitación que quedaba vacía. Por supuesto el motivo de aquel engorroso trabajo era la necesidad de la joven de no alejarse del reflejo de su interior, con los años el espejo se había convertido en una obsesión.
Podía pasarse horas frente a él, desnuda, inspeccionando cada centímetro de su cuerpo, buscando alguna marca de fealdad que pudiese señalarle el camino a seguir para conservar la pureza de su alma.
Pasaban los años y éstos marcaban el paso de sus vidas y la lozanía de sus cuerpos. Llegaron otros pisos y otros objetivos. Aparecieron los éxitos profesionales de ella, convertida en una prestigiosa letrada. Por su parte, Marco Antonio observaba con orgullo los logros de la que ya era su mujer. Le entristeció la negativa de ella a tener hijos, pero él sabía que la visión de una barriga que crecía y deformaba otros rasgos de su anatomía aterraba a Palmira, que observaría en su retrato de vidrio y mercurio restos de pecado en la belleza de un cuerpo que alberga vida.
La obsesión de ella con el espejo terminó siendo enfermiza y destructiva. En cada nuevo piso les acompañaba el espejo, ya desclavado de su original emplazamiento y reformado en un espejo móvil, incluso los fines de semana que pasaban en la casa de la playa les acompañaba aquel cruel objeto.



Llegaron tiempos oscuros. Palmira observaba como sus ojos se arrugaban, sus labios parecían más secos y el cuello parecía haber perdido parte de su elasticidad.
Cuando el cabello empezó a teñirse de blanco, Palmira pasó noches enteras sin dormir. En el ejercicio de su carrera había hecho cosas de las que no se sentía orgullosa, actos mezquinos muchas veces. Sin duda eran aquellos acontecimientos los que dibujaban el envejecido aspecto que le devolvía el espejo. Le mostraba la negrura egoísta y vanidosa de su alma.
Algunos días Marco Antonio entraba en el cuarto y la observaba frente a su lienzo, le decía lo bonita que estaba, que los años no pasaban por ella y que seguía resultando hermosa y muy sexy. Y no mentía.
Ella lo echaba de la habitación y rompía a llorar. La visión de sus pechos la aterraba. Aquellas tetas que de joven tanto gustaba de mostrar en la piscina y la playa las veía ahora vencidas, rindiendo parte de su orgullo al efecto de la gravedad. Las pecas que salpicaban como el negativo de una noche estrellada el pecho, le parecían ahora manchas extensas y deformes que le daban al busto un aspecto mortecino y decadente.


El no haber estado embarazada la libraba en parte de las estrías, pero los muslos le mostraban una celulitis que su enfermiza mente magnificaba, pues para su esposo no existía ese efecto; y sus piernas seguían siendo para él dos columnas dóricas de inmensa belleza y excitante efecto.
Aquel vidrioso retrato les fue separando. Ella cada vez estaba más obsesionada. No dejaba de preguntarse cuáles eran las maldades que había cometido para que el interior vivo del espejo le mostrase una descomposición tan evidente y mortificadora. Las continuas depresiones afectaron a su trabajo. El bufete hacía tiempo que sólo le encomendaba trabajos fáciles, de rutina, mecánicos.
Hacía meses que Marco Antonio llegaba tarde a casa. Las cosas no eran como antes. Cuando se acostaban, un extraño olor a productos químicos llegaba a la nariz de ella, o tal vez era un moderno perfume femenino. No sabía en qué andaba Marco Antonio, pero no quería preguntárselo.
Un sábado por la mañana, mientras la desnudez pletórica de Palmira no era comprendida por sus ojos maldecidos por años de paranoias y reproches injustificados, pero que brillaba en contundente madurez, Marco Antonio apareció con un enorme paquete bajo el brazo.
Se encaró a su mujer, con admiración en el rostro, con sed en la entrepierna por el largo periodo de abstinencia al que le había condenado aquel espejo, aquella maldición sin gato diabólico de por medio.
Ella comprendió su pena, su dolor, su angustia al ver cómo su amor se descomponía ante un trozo de cristal. Se sintió como una persona horrible. Acto seguido empezó a imaginar en qué lugar de su anatomía se vería reflejado aquel nuevo pecado.
El enamorado Marco Antonio empezó a hablar, con emoción húmeda en la voz, pero con una pálida luz de esperanza en los ojos. Le explicó que los años pasaban, que la vida se esfumaba y que su amor se marchitaba, se perdía en las horas de búsqueda absurda y psicótica frente a un viejo espejo que sólo refleja la superficie y no el interior.
Explico a su esposa que llevaba meses asistiendo a una academia de dibujo y pintura. Que hacía tiempo que cambiaba a última hora de la tarde la grasa de sus manos por el disolvente y las acuarelas.



Le describió su vida, su tristeza viendo cómo ella se difuminaba con su propio reflejo fantasma sin entenderlo. Que se estaba calcinando su razón, que era como una persona aquejada de anorexia, una persona a la que la dismorfofobia le esclavizaba hasta destruirla en muchas ocasiones. A ella su mal le salpicaba un reflejo asesino de sí misma, como a las personas aquejada del mal de no querer alimentarse por culpa de un reflejo irreal del que huir por medio del sacrificio, hasta la desaparición. A ella le estaba pasando algo parecido: su sacrificio era psicológico. Estaba enloqueciendo por culpa de una visión dismorfofóbica de su alma.
Rompió el papel marrón que envolvía el bulto. Un tablero de 140X90 cm., un cuadro, el resultado de sus llegadas tarde a casa oliendo a pastel y pintura.
El lienzo presentaba a la propia Palmira, desnuda, con sus espléndidos diecisiete años. El pelo negrísimo y la piel tirante alrededor de los ojos y su cuello de perfecta arquitectura. Los pechos rotundos y tersos, el vientre liso, del color del desierto del Gobi y las piernas morenas y perfiladas. Sonreía, como solía hacer antes de que Dorian Gray llegase a su vida.
Los ojos de Marco Antonio se veían tristes y no demasiado esperanzados; los de Palmira abiertos como un dos de oros de Fournier. Se reconocía en aquella pintura, preciosa y reventona de pasión y amor.
- Tu espejo es un retrato maldito y embustero, pero el espejo que nunca has tenido sólo tiene un reflejo para mí, éste. Yo te sigo viendo así; te veré así hasta que la luz definitiva se extinga en mis retinas. Te lo dejo aquí, tú eliges qué reflejo prefieres.
Y tras decir esto abandonó la habitación después de besar en la mejilla a su mujer.
Cuando aún no había abandonado de todo el cuarto escuchó un estruendo con el que no contaba.  Sobre el hueco que había dejado el espejo, ahora destrozado en mil pedazos y esparcido por el suelo, Palmira estaba colocando el cuadro. El retrato de Palmira.



Texto corregido y mejorado por Paco Evánder.

4 comentarios:

  1. Difícil asumir el paso del tiempo. Los espejos pueden llegar a convertirse en verdaderos enemigo, y si no que se lo digan a Palmira.

    Buen relato, amigo. Un abrazo!

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    1. Objetos mágicos estos, han dado mucho juego en la literatura y el cine, no sy muy amigo de ellos, hace tiempo que de echo no tengo más que uno pequeño en casa.
      Abrazos

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  2. El reflejo en el vidrio, y en él la pantalla de los pecados cometidos, merece reivindicar la obra magna del gran Wilde. No es nada fácil emular literariamente esas sensaciones de fracaso por el paso del tiempo, de obsesiones por el pecado, muchas veces impuestas por una moral sórdida. Este pequeño relato es una muy digna representación de la herida que causa la vida, y de la capacidad de sanarse, casi siempre, con la ayuda del otro, el que nos acompaña.
    Abrazos,
    JdG

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    1. Como siempre generoso en tus apreciaciones a propósito de mis humildes escritos. La obra de Wilde me influyó más de lo que me hubiese gustado lo reconozco, la leí, como Palmira, con diecisiete años.
      Abrazos.

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