jueves, 12 de enero de 2017

El pintor maldito - Las paranoias de Addi


Borja es un joven que está en su último año de instituto. Su vida es pintar, por eso su objetivo es estudiar la carrera de Bellas Artes. Pinta siempre. Cada minuto que no pasa estudiando, o con sus amigos golfeando, lo aprovecha para pintar.
Un día descubrió que le ocurre algo raro cuando pinta un cuadro. Normalmente se imagina las estampas que luego va a reproducir: bodegones, paisajes o escenas de ciudades imaginarias.
Las dibuja en su mente, aparecen de la nada, de su imaginación, supone él. Como una obsesión le persiguen a todas horas: cuando duerme, cuando está en el cine o viendo la tele, cuando escucha música o mientras fuma asomado a la ventana contemplando la luna... siempre.
La única manera de desembarazarse de aquellas visiones es pintándolas. En cuanto aplica el primer trazo sobre el lienzo, el mismo trazo va desapareciendo de su mente, como un corta y pega de su imaginación a la tela.
Según va apareciendo la imagen en el lienzo, se va borrando de su cabeza. Hasta que con la última pincelada desaparece totalmente. Entonces siente alivio por volver a gozar de libertad para disfrutar de la realidad e imaginar otras cosas no destinadas a ser pintadas. Y además disfruta viendo su obra fuera de su cabeza. Es una sensación extraña pero muy satisfactoria.
El último trimestre de curso conoció a Sonia, una chica que jugaba en el equipo de balonmano del instituto, aunque estudiaba en otro centro de la ciudad.
Una mañana de sábado nuestro joven jugaba a baloncesto en el patio del instituto. El balón escapó de las blandas manos de un grandullón para ir a parar a la cancha anexa, donde las féminas jugaban un partido de balonmano. Borja fue tras la pelota y colisionó con Sonia, acabando ambos en el suelo. Ella se enfureció. Aquel incidente cortó un contraataque que sin duda acabaría en gol para su equipo. Le pegó una fuerte reprimenda. Borja no contestó, se quedó en el suelo avergonzado y admirado por el precioso color trigo del pelo de aquella enfurecida jovencita, por sus musculosas piernas de blanco nacarado y sus ojos color caramelo.
Tras el partido, Sonia se acercó a Borja para disculparse, se había pasado. Borja no había vuelto a conseguir encestar, ni dar un buen pase, ni evitar que su par se hinchase a anotar una canasta tras otra. Sólo pensaba en Sonia.
Un mes después hacían el amor frente al último cuadro de Borja: un paisaje otoñal al óleo. Veíase en él un río y mucha maleza, y entre los arbustos se vislumbraba una jovencita bañándose desnuda.
A Sonia le encantó la estampa. Borja la observaba desnuda, sudada y con el rostro agitado por la respiración atropellada propia de los ejercicios físicos. Le parecía la chica más bonita del mundo. Aunque tenía un cuerpo que contaba con todas las excitantes evidencias propias de la juventud, él sólo tenía ojos para un detalle diminuto. La epidermis de Sonia poseía un tesoro: un lunar que custodiaba el flanco izquierdo de la pajiza pradera de vello púbico, a unos 10 centímetros del ombligo, descendiendo en un ángulo de 45 grados en dirección a la ingle. Le volvía loco aquella mancha, le parecía tan simétrica. Un círculo perfecto que gustaba besar, sintiéndolo más caliente que el resto del cuerpo.
- ¡Píntame! -le dijo de repente Sonia, recuperando el resuello.
- ¡No!, te prefiero al natural -contestó divertido Borja. Aunque le pareció una idea sumamente excitante.

Hizo como que olvidaba aquel episodio, y dejó pasar los días. Pasaron juntos el verano, inseparables. Salieron de excursión y se perdieron días enteros en la playa. Hicieron juntos las matrículas para sus respectivas carreras: Bellas Artes, Borja; periodismo, Sonia.
Una tarde, tras celebrar que nunca estarían tan vivos como entonces, en la cama de los padres de Sonia, aprovechando que estaban de vacaciones, ella insistió en el asunto del retrato. Borja se hizo el loco, pero realmente ya tenía preparado todo lo necesario, y por supuesto lo tenía en la cabeza.
Aquella noche dibujó a Sonia en su casa. La dibujó desnuda, como siempre al dictado de su memoria. Quería darle una sorpresa, por eso lo hizo a escondidas. La imaginó mirando hacia el vació, sudada y desaliñada. Colorada pero satisfecha, bellísima. Como aquella tarde después de follar frente a su cuadro. Frente a aquella chica bañándose desnuda. El día que tuvo por primera vez aquel antojo.
No pintó el paisaje, no lo veía en su cabeza. Como ya había sido pintado su memoria lo borró. Y según parece, lo que se traslada de la imaginación al lienzo ya no vuelve.
El lunar junto a su pubis fue lo último que pintó. No le importó que desapareciera de su cabeza. Podía verlo siempre que quisiese, y besarlo, y lamerlo, y admirarlo. En ese momento se dio cuenta de lo enamorado que estaba.
Lo despertó el teléfono al día siguiente. Eran los padres de Sonia, acababan de llegar a casa para resolver un imprevisto y su hija no estaba. No había dormido allí. Estaban preocupados y querían saber si estaba con Borja.
- No, ayer estuvimos en su casa. No me dijo que volvían hoy. Me marché a eso de las diez de la noche. Habíamos quedado esta tarde para ir al cine.
Llamó a todas sus amigas y amigos, preguntó a todo el mundo. Visitó todos los bares que suelen frecuentar, incluso fue a los multicines a los que tenían pensado acudir aquella tarde. Igual había decidido ir allí. Tal vez había pasado la mañana con alguna amiga y se presentaba a la hora en que comenzaba la película. No apareció.
La angustia le asfixiaba. Durante las siguientes cuarenta y ocho horas la desesperación fue en aumento, sin noticias, sin pistas, sin llamadas. El móvil estaba apagado o fuera de cobertura. No se había llevado ropa ni dinero. Finalmente, el nerviosismo llegó también a las autoridades.
La guardia civil quiso hablar con él, fue el último en verla. Querían saber cómo iba vestida en aquella ocasión. Necesitaban una descripción lo más exacta posible de su aspecto las últimas horas antes de la desaparición.
Borja se quedó paralizado frente al sargento chusquero que le miraba con cara atolondrada, permanecía en silencio, sin contestar a sus preguntas y con los ojos irritados de angustia. Pensaba el viejo militar que se encontraba sin duda ante otro joven endrogado. Borja no recordaba a Sonia, ni su pelo trigueño, ni sus ojos color caramelo, ni sus piernas musculadas y blancas como el nácar, ni el lunar de su pubis... nada. Había desaparecido.
Sonia nunca apareció. Borja jamás se lo perdonó. Sentía que la había disuelto en pintura y disolvente. Vivió solo, con el cuadro de ella, para poder recordarla. Sabía que Sonia estaba allí, fundida con los colores y el lino. Y nunca más volvió a pintar.



El profesor Paco Dominguez (Evánder) se encarga de restaurar y dar sentido gramatical a estas letras. Gracias una vez más.

4 comentarios:

  1. Buen relato, amigo. Lo de menos es quién lo maquille. Por cierto, cada día tengo menos faena con tus textos. Por algo será.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Para que luego digan que el maestro no es importante. Cuando se tiene al mejor se ha de notar por fuerza.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Precioso relato, me ha aparecido mientras colgaba el evento de la Expo de Frías que empieza en Barakaldo y he sentido curiosidad al ver los pinceles. Me encantan tus relatos cortos y cuando los leo te imagino "metido en faena" escribiéndolos. pero no te preocupes seguiremos viéndonos en los bolos y eventos, no desaparecerás.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Iñaki. Eso espero, no desaparecer jejeje. Claro que nos veremos pronto.
      Un abrazo.

      Eliminar