lunes, 19 de diciembre de 2016

Melodrama común desencajado (VIII)



Una triste tarde, a mediados de julio en 1987 (28 años antes de la noche de autos)
Desde luego, los dieciséis años es una edad demasiado temprana para asistir al primer funeral de un amigo. Uli no podía dejar de llorar mientras el cura hablaba y hablaba. La rabia se iba adueñando de él. Parecía que al final lo que le había ocurrido a Fabián era un chollo...
Un sábado por la mañana de octubre de 2015, 07:00 horas (mañana de la noche de autos)Como siempre las imprescindibles correcciones corren a cargo de Paco Evánder.


¿Cómo coño podía hablar aquel tipo de paz, de amor, de una vida mejor? La vida de Fabi sólo había llegado hasta los dieciséis veranos y medio, pues aquel 14 de julio una furgoneta colisionó contra su moto, mandando a Fabián contra el canto metálico del contenedor de basura, unos diez metros más allá del cruce que el muy irresponsable se saltó ignorando el semáforo... ¡Maldito cabrón! Siempre pensando en hacer alguna tontería que impresionase a las chicas.
La iglesia estaba a rebosar. Mucha gente no era del barrio, o al menos Uli no los conocía de nada. Tal vez el morbo de asistir al funeral de un adolescente muerto en tan calamitosas circunstancias animó a más de uno a no perderse el espectáculo. Ese impagable show que para muchos es observar como se le infecta la sangre de dolor a unos semejantes que buscan por medio de los lagrimales expulsar ese fluido infectado que esta irritando el corazón, el cerebro, el alma... esa alma de la que ahora hablaba el cura. Las lágrimas ayudan, pero no desinfectan el dolor. Eso lo hace el tiempo y no siempre.
Al finalizar los sepelios, que algún bienintencionado familiar se encargó de hacer más dolorosos incluyendo en la ceremonia danzas populares y canciones sádicas de pena interpretadas por un grupo de chicas de la catequesis -entre las que se encontraba Rebeca, la hermana de Fabián-, Ulises decidió dar un paseo solo. El resto de sus amigos se fueron a sus casas, mansos como nunca los había visto, acompañados de sus padres, hoy aliados e inesperados soportes sobre los que sostenerse, ahora que el miedo a la vida hacía blanco en sus intrépidas inocencias de corsario principiante en busca de aventuras que los diferenciasen de sus padres y sus vidas grises; esos que hoy lloran con sus hijos de pena por Fabián y por la rabia de que sus niños descubran tan pronto lo cabrona que puede ser la vida.




La calle donde vivía Fabián estaba en una cuesta pronunciada. Nunca quedaban en su casa
- Es más fácil para ti bajar que para nosotros subir hasta tu casa, tío. Vives en el puto monte.- Uli sonrió recordando lo mucho que se enfadaba su amigo con aquello. Pero al final terminaba reconociendo que tenían razón.
La verdad es que era una calle muy bonita. Cada portal estaba flanqueado por unos jardines de pequeñas dimensiones que los vecinos se preocupaban de tener bien cuidados. En el de su amigo siempre había flores y cuatro arbolítos enanos de poco más de un metro delimitaban el cuadrado perfecto que separaba su jardín del que tenía el siguiente edificio. Se quedó mirando el jardín y volvió a sentir cómo las lágrimas empujaban contra la piel de sus retinas. Aquel jardín, que siempre había admirado, le pareció de repente una tumba.
El portal se abrió y salió Rebeca, con la cara desencajada por el llanto, ignorando las súplicas de su madre por el telefonillo para que subiese y no se fuese por ahí sola a esas horas. Enseguida se haría de noche. Rebeca se quedó observando a Ulises y dijo a su madre a través del comunicador con voz tranquila y firme:
- No te preocupes mamá, está Uli aquí. Voy a dar un paseo con él. - Y se quedó mirándolo y haciendo pucheros, mientras su madre con tono mucho más tranquilo accedía.
- Pero dile que luego te acompañe hasta el portal, por favor.
Sin dudarlo y con las lágrimas ya hiriendo sus mejillas Uli intervino:
- No se preocupe, Tina. Daremos un paseo y la dejaré en el portal.

Rebeca era un año menor que Fabián y unos pocos meses más joven que Ulises. Era de dominio público que le gustaba Uli. Ella pensaba que se había enterado todo el instituto menos Ulises.
- El muy estúpido está siempre pensando en sus odiosos grupos ruidosos. Creo que es lo único que no me gusta de él, la música ratonera que escucha - solía decir a sus amigas que se partían de risa ante la poca vergüenza que le daba a Rebeca reconocer sus sentimientos.
Pero estaba equivocada. Uli sabía que la hermana de su amigo estaba loca por él. Era imposible no darse cuenta, y a él también le gustaba mucho. Pero era la hermana de Fabi, y eso a ciertas edades puede ser una fortaleza moral inexpugnable cuyo asalto se antoja imposible. Rebeca llevaba siempre el pelo corto, peinado con raya al medio, un cabello abundante, duro, negro y brillante. Parecía un chico y en no pocas ocasiones la habían confundido con su hermano. Ambos tenían un rostro alargado, como si se tratase de una testa ideada por El Greco. Y los dos hermanos poseían un apéndice nasal que dibujaba una fina pero apreciable curva que hacía que la punta quedase casi a la altura del extremo superior del labio, grueso y sensual. Rebeca era una de esas personas afortunadas que cuando sonríen lo hacen con todo el rostro, especialmente con los ojos, alargados y de un extraño color entre miel y verde. Siempre llevaba unos pendientes pequeños de bola y de diversos colores chillones que compraba a su prima Blanca, una hippy que había sido expulsada de casa por su tío Nicolás, el hermano mayor de su padre, dueño de una empresa de excavaciones. El rico de la familia no pudo resistir la vergüenza de que su hija mayor, la rebelde y descarada, estuviese embarazada con tan solo dieciocho años. Para sobrevivir y alimentar a su hijo fabricaba y vendía bisutería.
Sin mediar palabra abrazó a Ulises y lloró, con furia, con abandono, con impotencia, como esperando que algo ocurriese. Mientras estuviese entre los brazos de aquel chico todo era posible.
Dieron un paseo eterno de un par de horas cortísimas. Vieron desde lo alto del barrio cómo el sol se volvía rojo en el horizonte, rasgando las nubes y tiñéndolas de esa misma tonalidad. Parecía como si estuviese cuajado el cielo de cicatrices, como sus corazones, y que derramara la tristeza por la pérdida de Fabi sobre la ciudad, silenciosa y ajena al dolor que reinaba en el mirador desierto que coronaba el barrio de Rebeca y Fabián.
Aquella tarde decidieron que su amor era imposible. Por respeto y como homenaje a Fabián juraron, arrasados por sus espesas lágrimas, un acuerdo consistente en no llevar el amor de sus corazones a sus manos, a sus sexos, a sus labios. Y fue testigo el cielo rojo de aquel crepúsculo de verano. Y lo firmaron con la tinta carmesí que derramó aquel firmamento en una fina lluvia estival que ambos decidieron que era roja... Y nunca se amaron... pero nunca dejaron de quererse. Fueron los mejores amigos del mundo, de esas amistades enriquecidas por el amor, el recuerdo y el sufrimiento compartido y exprimido recíprocamente, mientras un cielo sangrante rodeaba poco a poco el mundo de oscuridad.



Ulises decidió apagar el móvil. No quería hablar con Martina ni leer sus mensajes. Seguía teniendo dudas sobre lo que había visto unas horas antes, ¡Martina con otro! Era imposible; pero no, no lo era. Era real, asquerosamente real.
Sólo deseaba odiarla. Lo necesitaba para no volverse loco. Lo imploraba para dejar de sufrir. Lo hizo en el bar, esperando que los whiskies oficiasen el milagro de convertir el amor en odio. Se sentía tan débil. Se hacía de día y estaba borracho, sólo, humillado... Sólo le quedaba un lugar en el mundo en el que poder encontrar consuelo. Caminó y vomitó un par de veces. Cuando llegó al final de la cuesta observó en el horizonte cómo un cielo rojo empezaba a imponer su luz sobre el mundo, Era el cielo de Fabián. Atravesó tambaleándose el pequeño jardín que en otro tiempo le pareció una tumba y llamó al portero automático. Hacía tiempo que los padres de Fabián se habían ido a vivir a algún pueblo del  Mediterráneo. Nunca superaron del todo la pérdida de su hijo mayor. Nunca volvieron por el barrio, por aquella casa.
Protestó el telefonillo con un ronquido metálico.
-¿Quién es?
- Soy yo, Uli. Ábreme, por favor, Rebeca. No tengo adonde ir...
- Sube.

4 comentarios:

  1. Ese cielo de lluvia roja y cicatrices de sangre sirve de epílogo a la muerte de Fabián y...¿algo más?...
    Abrazos,
    JdG

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    1. Como bien sabes, ni yo mismo conozco los designios de mi mente desarraigada...veremos querido Javier
      Abrazos

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  2. Esto se está poniendo interesante. Ahora a esperar la próxima entrega.
    Buen capítulo este, sí señor.

    Un abrazo!

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    1. Nos hemos puesto un poco tristones y trágicos aquí la verdad.
      Gracias y un gran abrazo.

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