sábado, 24 de diciembre de 2016

¿Una Nochebuena cualquiera?. Las paranoias (navideñas) de Addi


Gabi se despertó a la misma hora de siempre. Se incorporó y avanzó por el pasillo bostezando y saludando al gato que, desde hacía varios años, había hecho del hueco existente entre el radiador y un horrible armario zapatero su dormitorio. Se duchó como cada mañana y desayunó café con un poco de leche desnatada, en la misma taza Recuerdo de Fuengirola de cada día. Y como en cada desayuno miró las noticias que disparaba contra el televidente el mismo canal de televisión.
Se quedó frente al ordenador sin saber si merecía la pena mirar el correo electrónico o consultar lo que ocurría en las redes sociales. Eran movimientos que le recordaban que la soledad era la única compañera que le quedaba.
Confeccionó el menú para la comida. Decidió que arroz con salchichas y un huevo frito sería apetecible y sencillo. Cada vez le gustaba menos cocinar. En otro tiempo fue un gran aficionado a la gastronomía y solía presumir de darse maña con a los fogones.
Puso un disco en el plato, uno antiguo, de los que ya le acompañaban en casa de sus padres; uno de los Kinks, que siempre fue una de sus debilidades.





Salió sin afeitar. Sólo iba por el pan y una botella de vino para la cena. Al fin y al cabo era NOCHEBUENA. Al llegar a la panadería la cola llegaba hasta la calle, Todos se deseaban felicidad y hablaban de los planes que tenían para la noche, menús minuciosamente elaborados y regalos para todos. Los más pequeños correteaban con la incertidumbre enseñoreada en los ojos. Esperaban la llegada fantasmagórica del OLENTZERO con avidez.
No tardó en sentirse incómodo entre tantas muestras de alegría y espíritu navideño. Salió y cruzó la calzada. Pensó que se merecía un regalo de olentzero, igual que aquellos niños y adultos de la panadería. ¿Por qué iba él a ser menos?
Entró en Play-Back, la vieja tienda de discos de su infancia, una de las pocas supervivientes de su especie en toda la ciudad, y sin duda la más querida para él. Allí le llamaban por su nombre y le respetaban. Sabían que sus conocimientos musicales eran dignos de tenerse en cuenta.



En la tienda sólo estaban dos personas: una chica joven que había elegido un disco superventas de los que programan en las radio-fórmulas. Lo mando envolver para regalo y abandonó el local con un alegre ¡Feliz navidad! Y una chica de más o menos su edad.
Tenía el pelo rubio muy largo y se le rizaba en las puntas ligeramente más claras que el resto del cabello. Le pareció un pelo muy bonito. Estaba apoyada en el mostrador. El rostro no delataba ni un año menos de los cuarenta y pico que sin duda tenía; pero la belleza madura tampoco había abandonado aquella piel. Los labios carnosos y sin pintar no daban la sensación de producir demasiadas sonrisas; y la nariz chata y con un piercing en la aleta izquierda otorgaba simetría a un rostro dominado por unos hermosos ojos castaños que al elevarse hacia el dependiente delataron una enorme tristeza y soledad.
- ¿Te lo pido, Karmele?
- Sí, por favor. Cuando llegue me llamas, si no te importa, Ramón.
- Claro, dame tu teléfono. No sé qué he hecho esta mañana con mi agenda. He perdido todos los teléfonos. Menudo lío. El disco es buenísimo, te lo aseguro; pero he vendido el último a un extraño tipo que ha venido esta mañana.





Gabi observaba la escena desde el panel dedicado al jazz, tras el mostrador. Se acercó y vio que Karmele estaba considerando la posibilidad de adquirir un disco que para Gabi fue muy importante en su vida. Como un arrebato irrefrenable le imploró, aunque sonó a orden:
- ¡Cómpralo!
- ¿Lo conoces?
- Si, claro que sí. No sabía que quedaba alguna copia. Es un disco que hice con mi novia. Ella cantaba y yo tocaba la guitarra. Escribimos las canciones entre los dos, hace un siglo de eso. Éramos tan jóvenes.
- ¿Y qué pasó? ¿Por qué no hicisteis más discos?
- Ella enfermó mientras hacíamos el disco. Estuvo mucho tiempo malita y al final se fue. Todo está en el disco. Entonces yo dejé de tocar y de escribir canciones… Nada ha sido igual desde entonces.
- Lo siento. Yo también estoy sola, y tengo una historia triste. Odio los días como hoy. La soledad parece que se hace más grande y una se da cuenta de que los milagros no existen. Digan lo que digan los telefilmes navideños.
- No, desde luego que no - respondió Gabi con tristeza.
Karmele compró el disco y dio las gracias a Gabi. A él le pareció que de su boca escapaba una sonrisa. Casi se podía escuchar el chirriar de la comisura de sus labios al conceder alegría a aquél rostro después de tanto tiempo. Estuvo tentado de invitarla a un café, pero finalmente no se atrevió.
- Por cierto, me llamo Gabi
- Karmele - contestó mientras estampaba un beso tímido en su mejilla. - Espero verte otro día Gabi. Feliz navidad.



Gabi salió de la tienda sin despedirse. Necesitaba verla caminar. Parecía que flotaba por la calle, como una sirena urbana. Llevaba unos vaqueros muy ajustados y raídos, y le pareció que tenía un culo estupendo. De repente ella giró la cabeza y buscó con unos ojos ahora menos tristes la presencia de alguien, de Gabi. Sus miradas colisionaron a la altura del colmado de Félix, en medio de la acera atestada.
Por segunda vez estuvo a punto de llamarla e invitarle. Ya no le apetecía un café. Ahora quería algo más, una navidad, o tal vez una vida.
Le pareció ver una triste caída de ojos en el rostro de Karmele cuando observó que él no reaccionaba. Giró despacio la cabeza. Apretó el paso y se mezcló entre la gente cargada de regalos.
Gabi compró el vino. No dejaba de pensar en la desconocida que hoy escucharía la voz de Mila. Hacía años que no la escuchaba. Ni él, ni seguramente nadie. Apenas se vendió el disco cuando lo editaron con tanta ilusión hacia más de veinte años. Le extrañaba a horrores que el disco le hubiese pasado desapercibido en sus numerosas visitas a Play-Back. Recordó que Ramón tampoco se acordaba de que estuviese en sus vitrinas. Además, no aparecia en el catálogo ni en la tarifa de la tienda. Finalmente se lo vendió a un precio que eligió, generosamente, al azar.
Dio un paseo y siguió pensando en Karmele, en su pelo, en su percing, en su culo caminando por la acera. Volvió a la panadería. Un individuo delante de él salía justo cuando Gabi entraba, produciendose un choque accidental y algo aparatoso. El desconocido, vestido con un pesado chaquetón gris se disculpó y salió a escape.
No se dio cuenta de que se había caido algo del bolsillo de su viejo abrigo. Hacía frío pero no para justificar una prenda de tal enjundia.
Recogió el objeto y salió para advertir al hombre del abrigo gris y devolvérselo. Curiosamente no se le veía. La panadería estaba situada en medio de una manzana, y hasta cualquiera de las esquinas de ésta mediaban varios metros. No era posible haber alcanzado alguna de las bocacalles en tan poco espacio de tiempo. Pero el extraño y friolero individuo del encontronazo había desaparecido. Gabi guardó en el bolsillo el objeto: una libreta de piel marrón bastante desgastada y muy sobada por el uso.
Volvió al piso con el vino, el pan y la cabeza repleta de Karmele. Apenas comió. No era que el arroz estuviese mal cocinado, es que estaba nervioso, como a la espectativa de algo que parecía que estaba a punto de suceder. Sufría esa excitación que padecen los niños tal día como ese, ante la inminente llegada del olentzero. Pero él sabía que el viejo carbonero no existía.
Cenaría unos langostinos y un poco de solomillo con patatas fritas, para qué más. Bastaba una plancha, aceite, sal y limon para preparar un manjar.
Recordó que aún no había hecho la cama. Al llegar a la misma descubrió su disco, el que hace más de dos décadas escribieron y grabaron su chica y él, tendido sobre las sábanas. ¿Cómo había llegado allí? Decidió ponerlo en el equipo. Volver a escucharlo. Algo le decía que Karmele estaría haciendo lo mismo en ese momento. 
Recordar a Mila le hizo sentirse bien. Escucharlo y cantarlo con ella le hizo sentirse más cerca de aquella desconocida que por algún motivo extraño parecía conocer de siempre. ¿Estaría entendiendo la naturaleza de aquellas canciones? La sucesión de las mismas relataban una historia de amor, de un amor que por desgracia termina demasiado pronto. Se sintió extrañamente alegre.
Arregló la casa y recogió la ropa; no tenía pensado salir más. La nochebuena le volvía irascible. No es un día para exhibir soledades. Es mejor ser discreto o si no, invisible.
Al guardar la chamarra sintió un peso en el bolsillo interior. Era la vieja libreta de piel que había perdido el extraño tipo de gris de la panadería. Se sentó y empezó a inspeccionar aquel objeto. Pronto descubrió que era una agenda. ¡La agenda de Ramón!
Entonces empezó a atar cabos. El corazón parecía una máquina de vapor al límite de su capacidad, haciendo girar todos los mecanismos de su organismo. Especialmente su cerebro empezó a burbujear. De pronto lo vio claro. Aquél tipo del abrigo gris fue quien robó la agenda de Ramón, y sin duda quien colocó su disco allí, cerca de Karmele, para que ella lo descubriese. Nunca había estado su CD en Play-Back. También fue el sujeto que compró el último ejemplar que fue a buscar Karmele por la mañana. No podía ser casualidad el accidentado encuentro en la panadería.



Todo aquello tenía que tener algún significado. Alguien le estaba marcando el camino, no sabía quién ni qué.
Empezó a buscar en la agenda. Se dirigió hacia la página correspondiente a la K. Tenía que estar allí. Ramón había dicho que había perdido la agenda; por eso le pidió el teléfono. Desde luego Gabi no lo memorizó. Siempre fue muy malo para los números. Se detuvo en la J. Le daba miedo pasar de allí. Si no estaba el número de Karmele se llevaría una gran desilusión.
Pero aquello era absurdo. Seguro que estaba fantaseando. Su imaginación y la soledad se habían aliado con el estúpido espíritu navideño y le hacían pensar disparates. Finalmente pasó esa última página con dedos temblorosos. En la hoja sólo había un nombre y un número de teléfono.



Llamó a Karmele sin pensar lo que iba a decir cuando contestase. No estaba nervioso; sólo esperanzado, como un Robinson que tras años sólo en su isla cree escuchar voces en la noche.
- ¿Diga?
- Karmele, soy Gabi
- Hola Gabi, qué sorpresa. Estoy escuchando tu disco. Es precioso, ¿Cómo es posible que pudieseis escribir mi vida sin conocerme?
- También es mi vida, Karmele.
Tras un momento, como un impulso, preguntó: ¿Tú cantas?
- No
- Ahora sí. Quiero escribir contigo otra historia, y dividir los momentos en canciones, y que sea nuestra historia...
- ¿Cenas con alguien?
- No
- ¿Y qué vas a cenar, Gabi?
- Solomillo y patatas fritas. ¡Ah!, y unos langostinos.
- Me encanta todo. ¿Me apunto?
- Anota mi dirección. Tráete solo lo necesario para dejar de estar sola, Feliz Navidad, Karmele


En ese mismo momento, en algún lugar, el hombre del abrigo gris terminaba de escuchar el disco que había comprado por la mañana en la tienda de Ramón y se preparaba para una dura noche de trabajo, como hacía cada nochebuena.
- Igual los milagros existen...

Os quiero desear a todos una noche de ésas en las que todo, por muy estúpido y quimérico que parezca, se antoja posible e incluso fácil. Y que la vida se encargue de demostraros que así es.
¡¡¡Feliz navidad!!!

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