viernes, 9 de diciembre de 2016

Melodrama común desencajado - (VII)



Un día cualquiera de noviembre de 2010, (cinco años antes de la noche de autos)


Ulises pensaba en lo mucho que había cambiado su vida en pocas semanas. Sin darse cuenta se había convertido en un acomodado burgués, justo lo que siempre había rechazado; pero en su caso era aún peor, pues era un burgués consorte. Ni siquiera su posición social era debida a sus méritos profesionales. Si al menos fuese debida a la herencia genética…Durante años vivió en un precioso piso del centro, pequeño pero estratégicamente ubicado en el meollo comercial y profesional de la ciudad. Era propiedad de Eli, herencia del abuelito. Un tipo que hizo una pequeña fortuna durante los años duros, gracias a su trabajo en la aduana y a las mil y una mordidas que recibió por mirar hacia otro lado.
Su trabajo también se lo debía a la familia de su novia. Cuando don Inocencio admitió que su hija, la futura artista frustrada, se había enamorado del inútil y ahora abogado en paro que había perdido en los tribunales la indemnización de su empresa, cosa que le había traído más de un disgusto con alguno de sus socios, no le quedó más remedio que mover sus hilos. No los que había manipulado para que Ulises perdiese su anterior ocupación, sino otros. Tuvo que recurrir al yerno de uno de sus socios, cuya hermana era esposa de uno de los letrados más importantes del bufete: "Collado, Aguirre y Ayestarán". Allí le concedieron una entrevista que superó, y posteriormente obtuvo un trabajo como abogado. Finalmente se convirtió en uno de esos enchufados contra los que tanto había despotricado toda su vida.
Con los años se ganó una merecida fama de buen letrado, el respeto de los socios y la confianza de la clientela. Su entrada fue por medios poco honrosos pero se sentía orgulloso de su trabajo. Su actual posición era gracias a su valía. Era un buen abogado y lo sabía. No obstante necesitaba cambiar de vida. La ruptura con Elisabeth había sido civilizada, con muchas lágrimas de tristeza y besos de impotencia. No hubo llanto de odio o de rabia, ni bocas profiriendo insultos ni maldiciones. Decidió dejar el bufete a pesar de las protestas de sus jefes. Estaba seguro de que su suegro intentaría poner problemas a su permanencia en el despacho en cuanto supiese que ya no mantenía ningún tipo de relación con su niña del alma.
Aquella consulta a última hora de la tarde con la doctora Baños era lo último que le quedaba de su anterior vida. Realmente fue una imposición de Eli. Ulises padecía de pólipos en las cuerdas vocales, y las largas peroratas que su trabajo le obligaba a soltar ante jueces, fiscales y jurados no ayudaban en nada a que el estado de su garganta mejorase. “La doctora Baños es la mejor y creo que podré conseguir que te haga un hueco sin esperar varios meses”... otro enchufe, el último.
No era aquella cita con la doctora precisamente oportuna. La vuelta a casa de sus padres con los cuarenta cumplidos había sido un duro golpe para su orgullo; y además no dejaba de ser un hombre en paro sin ningún tipo de ingresos, pues la dimisión no fue pactada con el bufete, Uli se opuso a esa posibilidad. Empezar de nuevo era empezar de nuevo.
Mientras pensaba en todo aquello reparó en la música que escupían los diminutos altavoces mimetizados con el color verde musgo de la pared. Sonaba tan bajo que apenas se podía escuchar. Le pareció un tema adecuado para su situación y para la pregunta que le acuciaba: ¿Qué futuro me espera?



Beatriz Baños consiguió su objetivo: eludir una vida de trabajo y tristeza como la que exhibió su madre durante su adolescencia y juventud, y que tanto daño hizo a ambas.
Se convirtió en una de los más reputados otorrinolaringólogos del país. Había levantado una prestigiosa clínica y continuaba con su consulta en la Seguridad Social. Esta consulta era la que realmente le hacía feliz; la privada la hacía rica. También era cirujano y operaba en los dos ámbitos, público y privado. Era frecuente que impartiese charlas y conferencias en congresos a nivel internacional y en estos días estaba a punto de publicar su tercer libro médico.
Adela le anunció que aún quedaba un paciente. Su enfermera se había convertido en su mejor amiga, junto a sus tres inseparables compañeras de maldades.
La única persona que le acariciaba el dorso de la mano, le regalaba sonrisas y ponía a su disposición sus oídos y su comprensión, siempre la estaba animando a que saliese y se buscase un hombre guapo. “No es bueno que estés tan sola. En esta vida hay algo más que el trabajo, Beatriz”. Siempre la tuteaba, y a Bea le encantaba, aunque a veces se le escapaba delante de algún paciente y eso no le agradaba del todo.
Cuando Ulises entró en la consulta, Bea le reconoció al instante. En cambio, él no parecía haberse percatado. Empezó a contarle lo que ella ya veía en el expediente. No le estaba escuchando. Eran unos simples pólipos laríngeos.
Conoció a Uli durante los días de las revueltas estudiantiles. Uli era uno de los cabecillas del sindicato de estudiantes y era famoso por su capacidad para arengar a las masas. Hablaba con pasión y tenía la magia necesaria para contagiar su ímpetu a quien le escuchase. Había elegido bien la carrera de derecho. Bea era una brillante estudiante de medicina. Tenía muchos problemas para financiarse la carrera. El trabajo de su madre como limpiadora no daba para todo. Su hermano Alberto era un gañán que se pasaba el día en los billares fumando y jugando al futbolín, y ella necesitaba de las becas que ahora el ministerio ponía en peligro. Gracias a ellas y a los trabajos que le conseguía su madre para limpiar los fines de semana y en vacaciones podía pagarse los estudios.
Poco a poco se fue acercando a Ulises. Le gustaba observarle mientras le contaba lo mucho que iban a conseguir, lo mucho que iban a cambiar las cosas. Le encantaba verle sonreír y comprobar como esa sonrisa se mudaba a sus avispados ojos marrones, que refulgían de ilusión y también en ocasiones de ironía. No era muy alto pero tenía unos hombros fuertes y cuadrados y un cuerpo atlético, aunque no le había visto nunca practicar ningún deporte en las pistas del campus. El pelo, negro y lacio, siempre peinado hacia atrás y terminando en una media melena que caía sobre su espalda, le daba un aire antiguo, a rockero de viejo cuño, que era lo que él pretendía.
Él solía hablarle con respeto y seriedad. No utilizaba con ella el mismo idioma. Se libraba muy mucho de utilizar ciertas palabras malsonantes que sí empleaba con otros compañeros, y nunca hacía chistes picantes o machistas en su presencia. Siempre le preguntaba por cualquier tema comprometido sobre la causa. Sabía que su opinión era valiosa, y valoraba su compañía y colaboración.



El día del encierro estudiantil en la universidad la guerra contra el ministerio estaba casi perdida. Aquel acto era clave para voltear las negociaciones. Ese viernes de enero había encierros como aquél en todas las universidades del país.
Había alcohol por todas partes, y drogas también, especialmente hachis y marihuana. No comprendía como habían pasado los controles de la universidad, pero durante el encierro el que se aburriese sería porque le daba la gana. Bea no era muy dada a los excesos aunque a veces salía con sus amigas y terminaba un poco perjudicada, Aquélla noche decidió pasarla cerca de Uli. Era de los pocos con los que tenía confianza. Los demás la miraban como a un bicho raro. Uli la recibió con alegría, le dio kalimotxo y le ofreció un porro. Los aceptó. Se miró en el cristal de una tutoría. Una chaqueta en el perchero del interior le permitía utilizar aquella mampara de vidrio como un espejo. No estaba nada favorecida, no se arreglaba nunca y no solía intentar nada nuevo con su pelo. De repente se le acercó por la espala Amanda, una chica de periodismo con fama de lesbiana. Siempre le pareció muy simpática aunque un poco triste. Como si le hubiese adivinado el pensamiento le espetó:
-¿Quieres que te maquille? A mí me pareces muy guapa, pero como vas siempre sin maquillar,...
No se lo pensó dos veces:
- ¡¡Vale!!
Bea sintió el maquillaje arrastrarse por sus pómulos y la sombra de ojos invadir sus párpados, rímel, carmín... Cuando Amanda le enseño el resultado en un diminuto espejito, Bea no daba crédito a sus ojos. Se veía francamente guapa. Sus ojos castaños tenían una expresión sexy que desconocía, y su rostro lucía mucho más simétrico, y sus líneas delicadas. Sus labios hacían de su sonrisa algo vivo y no lánguido, como acostumbraban a ser las fugaces sonrisas que dejaban escapar aquellos labios siempre con un tono mortecino. Le dio las gracias a futura periodista
- Si te arreglases un poco tendrías interesados a muchos chicos...y aunque no lo hagas también a alguna chica, Bea.
Estas últimas palabras las dijo en un tono mucho menos audible. Beatriz hizo como que no la había escuchado y le dio un beso. Se fue hacia el grupo en el que estaba Uli.
- ¡¡¡Qué guapa estás, Bea!!!
A sus ojos les tocaba ilusión y también frenesí, pensó que algo tendría que ver el montón de basos de plastico que le rodeaba. Bea sonrió. Tenía que explotar su nueva sonrisa.
-Ven vamos a algún sitio más tranquilo.
Se llevaron una botella de agua mineral rellena de kalimotxo y un paquete de Lucky con seis cigarrillos y dos canutos. Se sentaron detrás de la oficina del conserje, frente a un enorme ventanal que miraba al monte. Era de noche y lo poco que se veía estaba iluminado por las farolas que rodeaban los caseríos que salpicaban las laderas. Bebieron y fumaron... y charlaron y el tiempo voló. A lo lejos se escuchaba la música que escupía un viejo radiocassette de doble pletina que había traido algún chico de filología... The Beatles



Finalmente, decidieron trasladar sus esterillas y sus sacos de dormir a su rincón improvisado. Siguieron bebiendo, y fumando, y charlando... Luego llegaron los besos y los estremecimientos... Y finalmente el amanecer los descubrió abrazados, durmiendo, mereciéndose aquella luz que regaba el monte, llenándose los ojos del intenso sol naciente del invierno y de la gélida luz de esperanza. Se volvieron a besar, besos que sabían a kalimotxo y hachís, besos que sabían a gloria.



- Le sugiero, señor Melero, que continúe su tratamiento en la Seguridad Social. Hay que operar y no se trata de una intervención complicada ni de riesgo; tampoco es necesario actuar con prisa, y en esta casa se lo podríamos hacer pero el coste sería elevado. Mi consejo es que acuda a su especialista y empiece los trámites oportunos.
Consiguió centrarse, tras varios minutos con la cabeza en 1991, y sentenció su opinión ante el paciente.
-¿Sería posible que me llevases tú el tratamiento, y la operación por la Seguridad Social, Bea? Si quieres lo discutimos tomando una copa o cenando, creo que soy tu último paciente del día. Así recordamos viejos tiempos y me cuentas porque te alejaste de mi después de la noche de la encerrona en la uni.

Correcciones (imprescindibles) a cargo de Paco Dominguez.

8 comentarios:

  1. Este nuevo texto me ha recordado "Y no lo sabrás", la canción de Burning. Estos capítulos tienen mucho mérito, mysuperfriend. Abrazos.

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    1. Gracias my friend, me entretiene y me gusta mucho. Pues ahora que lo dices si que tiene un aire jeje
      Un abrazo

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  2. Va tomando cuerpo la historia. A la espera de la próxima entrega.

    Un abrazo!

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    1. Bueno vamos a ver como se va desarrollando la cosa jejeje
      Habrá mas por supuesto.
      Abrazos

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  3. La paranaoia avanza, dejaremos que nos enganche esta historia, a ver que nos depara.
    Muxus!

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    1. La verdad es que yo también tengo ganas de saber como va a continuar el cuento...
      Muxus

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  4. Estas narraciones paralelas que, utilizando a algunos de los personajes principales, dan un salto temporal sirven para afianzar la estructura del relato. Vamos por buen camino.
    Abrazos,
    JdG

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    1. Bueno Javier, vamos dando vueltas y mas vueltas como decía Gabinete, veremos donde nos llevan los vaivenes de la historia...
      Un abrazo

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