miércoles, 23 de noviembre de 2016

Melodrama común desencajado (VI)


Un sábado de octubre de 2015, 12:15 horas. (un día después de la noche de autos).

Carol se despertó con la boca como un estropajo que llevaba demasiadas horas al sol; el estómago, como una depuradora de agua que no funciona; y la cabeza, como si fuese un globo inflado con mermelada. Tenía una resaca descomunal. Estiró el cuerpo con la intención de enfrentarse al despertador y, por un segundo, pensó que la aventura iba a salirle cara a su esqueleto. Ya eran las doce y cuarto del mediodía.
Se levantó temblorosa y tomando todo tipo de precauciones para que la confitura del cráneo no bailase demasiado y dejase de golpear contra las sienes. No lo consiguió.
Necesitaba una ducha. Escuchaba a los niños en la sala jugando con Raúl. Era un sol: no había puesto ninguna objeción a la aventura de chicas de la noche y se quedó de buena gana con los dos monstruos. Seguro que les había dejado atiborrarse de bollería en el desayuno y luego les había hecho jurar por Pocoyó que no dirían nada a mamá. Buscó en el armario del baño del dormitorio si había algún ibuprofeno. Había una caja mediada. Tomó uno con un trago de agua que le supo a mil demonios. Por una vez se saltó la norma de nunca tomar ningún medicamento sin comer algo sólido antes, pero la cabeza la estaba matando.



Tras la ducha se dio cuenta de que en el baño pequeño no tenía ninguna toalla grande. Se tuvo que arreglar con una de manos mientras se observaba en el espejo del lavabo. Sólo se veía reflejada hasta la cintura y pudo comprobar que su figura no había acusado demasiado los dos embarazos. Seguía manteniendo unos senos firmes, y no parecían sus pezones demasiado castigados por los terribles mordiscos de Laura cuando, aún lactante, empezaron a despuntar sus primeros dientes. Tenía un poco de barriguita pero no le afeaba las líneas. Y sólo unas pequeñas y casi invisibles estrías le chillaban que la cuarentena avanzaba a paso firme. No se observaban colgajos en los brazos, que seguían bien torneados. Se alegró de que no se le viesen las piernas en el cruel espejo. Sabía que la celulitis sí había invadido sus muslos, aquéllos que por enseñar bajo unas minifaldas ínfimas tantas peleas le hicieron lidiar con su padre. “Pareces una cualquiera, alguno te va a tomar por lo que no eres”, solía decir a voz en grito cuando la sentía escapar de puntillas por la puerta en busca de sus amigas o novios.
Necesitaba gafas y lo sabía, aunque se negaba a visitar al oftalmólogo. Hacía tiempo que tenía problemas con la letra pequeña, aquélla que antes veía perfectamente, pero que hacía unos años había empezado a menguar de manera lenta pero irremisible. La verdad es que seguía siendo una coqueta incorregible y no quería ocultar tras unos vidrios sus preciosos ojos azules. Ya fue bastante traumático teñir su finísimo pelo castaño claro cuando la voracidad de las canas lo hicieron demasiado claro en su conjunto, sumándole varios años a su rostro. Luego llegaron las patas de gallo y unas manchas según Raúl inexistentes en la mandíbula debajo de la oreja izquierda. Y ahora las gafas... Terminaría pareciendo un adefesio.
Pero se quejaba de vicio y lo sabía. Seguía manteniendo su atractivo, y esa seguridad en sí misma que siempre la caracterizó no hacía otra cosa que hacerla más bella y sofisticada. Remedió la cuestión del cabello con un tinte del que estaba enamorada. Tardó meses en dar con él tras muchos experimentos con diferentes tonalidades; pero, finalmente, aquel rubio la hacía parecer joven e intrépida, justo lo que siempre fue, con un deje de mujer fatal, de las que parece que ganan todas las partidas y desangran cualquier corazón que entre en su punto de mira. Aunque cuando se apagan las luces en la soledad del cuarto, las lágrimas reiteren lo contrario. Pero no tenía pensado cambiar de color, desde que decidió dejarse conducir por Raúl y admitirse a sí misma que estaba enamorada de él desde el instituto de aquella femme fatale que dejaba abordar su cama con miradas encendidas y permitía la huida del bucanero de turno con miradas mojadas y saladas no quedaba nada; bueno sí, el color del pelo, según la seria y siempre atinada Bea, color mostaza.

Carol

Se vistió con unos pantalones color camel de pinzas y una blusa granate. Estaba dispuesta a que su esposo viera que era una dama que, incluso tras una noche de excesos, sabía parecer una señora ante su marido y una madre ejemplar ante sus dos niños. En cuanto advirtió la sonrisa socarrona de Raúl se dio cuenta de que no podría engañarle ni vestida de monja. Sus ojos le reprocharon la borrachera de la noche con un brillo divertido y un poco perdonavidas. La besó en la boca -aún sin pintar- y le susurró al oído un chascarrillo que no entendió bien a propósito de la nueva Martina, la aventurera y glamourosa asaltacunas que llegó del eterno idilio con el perfecto Ulises para romper corazones jóvenes, aún sin costuras en su piel que mantuvieran parcheadas viejas heridas.
Raúl se alarmó al ver el cambio en el semblante de su mujer. Siempre estaba pendiente de ella, la conocía de verdad y sabía que la fachada de seguridad y el aire de chula sobrada de recursos solía derrumbarse. Y entonces pocas almas eran capaces de administrar tanto dolor para que no se acabase, como si se sintiera bien castigándose con él, culpándose siempre de todo.
Raúl no compartía el amor de su mujer por los espejos. Entendía, y así se lo explicaba a su esposa, que la auténtica seguridad anida en el interior, en la mente y en la personalidad. No puede una persona hacer depender su seguridad en un tablón manchado de mercurio.
Mantenía una estupenda forma física, nunca abandonó el deporte y todavía jugaba a fútbol regularmente, si era posible todos los domingos por la mañana. Si algún asunto familiar o algún problema con los niños lo hacían imposible, recuperaba la actividad en el gimnasio o corriendo algunos kilómetros cualquier mañana antes de entrar a la oficina del catastro en la que trabajaba. Cuando decidió estudiar para sacar una oposición en lugar de ir a la universidad, muchos se sorprendieron. Era un buen estudiante y nunca había destacado por ser proclive a reclamar la atención sobre él. Todos veían en Raúl un futuro doctor, informático, o algo parecido.
Con los años ingresó con su puesto en la administración y, poco a poco, fue ascendiendo hasta el puesto de responsabilidad que ahora sustentaba. Tampoco la blancura de su cabello le preocupaba. Las sienes ya estaban invadidas por las canas y la mezcolanza de negro y blanco le daba a la testa un precioso tono grisáceo. Carol se derretía cuando le veía con aquella mueca de susto en la boca. Era consciente de que la quería por encima de todas las cosas, incluso de sus hijos, a los que adoraba.
Raúl preparó un café con poca leche a su mujer y unas galletas. Se sentó junto a ella en la cocina, no sin asegurarse de que los niños estaban bien concentrados en la tele, que emitía un episodio de una de las incomprensibles series de dibujos animados de la actualidad. Y en voz baja la espetó:
- ¿Qué pasa Carol?... ¿Ocurrió algo anoche?...Te reías mucho por no sé qué lío de Martina con un jovencito... Pensaba que bromeabas. Venías un poco cargada, cariño. ¿Le ha pasado algo a Martina?
Carol estaba atando las imágenes sueltas que ahora asaltaban a su memoria. No entendía cómo su amiga de toda la vida pudo actuar así. Se fue abrazada a un chico guapísimo de poco más de veinte años –calculó-, y parecía dispuesta a todo. Se colgó de su cuello y no parecía que soltarse del mismo estuviese entre sus planes.



Se lo explicó a Raúl atropelladamente. Ahora lo recordaba todo con exactitud y comprendía el error de su amiga. Empezó a sentirse culpable como siempre. ¿Cómo lo había permitido? Era una locura. Aquel muchacho era un pijo de armas tomar, pero eso no quería decir que no pudiera ser peligroso. Y el pobre Uli no se lo merecía. Desde luego Martina se había vuelto loca. Con lágrimas en los ojos y sin probar el café le dijo a Raúl: “Tengo que llamarla”.                                          
Lo hizo, muchas veces. El teléfono de Martina estaba apagado. Finalmente llegó un wasap:
"Tranquila, Carol. Estoy bien, pero con resaca. No me riñas, ya lo sé. No me apetece hablar. Te llamo el lunes, o el martes. Un beso".

A pesar de estas palabras, Carol no se quedó tranquila hasta que consiguió hablar con Martina el martes siguiente a la noche.

* Es justo e imprescindibe indicar que la preciosa ilustración de Carol corresponde a la talentosa artista Cristina Benavente, que inspiró el aspecto de la amiga de Martina cuando el bueno de Addi contempló el dibujo una mañana reciente, durante éste extraño otoño, que aparezca en éste capítulo es una cortesía de Cristina. Muchas gracias.

* No menos importante es la aportación de mi brother Paco Dominguez "Evánder", a la hora de corregir mis torpezas gramaticales, gracias también profesor.

6 comentarios:

  1. Este capítulo se asemeja a una ola que acaba de dejar su huella sobre la orilla de la playa. Aunque mantiene su rastro húmedo no es precisamente dorado, no hay sol cuya luz lo ilumine, más bien el ambiente describe una estela grisácea. ¿Nos anticipa con esas imágenes el autor una nueva acción que cambie bruscamente el contenido de la narración?
    Abrazos,
    JdG

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    1. Tal y como lo cuentas parece una cosa seria Javier jaja, como bien sabes es una historia que va creciendo de forma anárquica, tal y como la dictan mis ocurrencias, mi çanimo y también mi motivación jajaja...veremos
      Gracias javier, un abrazo.

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  2. Magnífico el capítulo de hoy. Has conseguido engancharme definitivamente a la historia.
    Cada vez se pone más interesante, y ya quedo a la espera de la siguiente entrega.
    Esto pinta bien, Addi.
    Un abrazo!
    P.D.: Bonito dibujo el que ilustra el capítulo.

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    1. Jajaja, me estoy metiendo un un pequeño lío, pues como sabes esto es un divertimento que ignoró en cada capítulo lo que va a ocurrir en el siguiente, de momento vamos deconstruyendo la historia.
      El dibujo de Cris es genial, me enamoró al primer vistazo y tu mano se nota mucho también.
      Gracias
      Abrazos.

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  3. Qué bien va esto. Me encanta esa ilustración de Cristina. Abrazos.

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    1. Menudo lío me estoy metiendo jajaja...el dibujo de Cristina es genial, en cuanto lo ví, me dije: "Carol".
      Abrazos.

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