jueves, 10 de noviembre de 2016

Traición y dolor, amor y perdón, orgullo y esperanza (V) - Las paranoias de Addi.

El último domingo por la mañana, en septiembre de 2010 (cinco años antes de la noche de autos).

Aquella mañana el habitual polvo dominical se volvió a saldar con otro orgasmo unilateral y además bastante insípido y desinflado.
Ulises vio como Elisabeth se levantaba de la cama y se encaminaba al cuarto de baño, lo hacia en silencio, sin sonrisas ni besos, ni tampoco aquella luz en los ojos. Hacía siglos que no le sugería que se duchasen juntos.


La miraba y le parecía reconocer en su silueta a la misma chica que le destripó los instintos y el corazón quince años atrás, pero si atendía a su expresión o al tono de su voz lo único que veía era a una vieja desconocida con la que hacía tiempo que el sexo era algo insatisfactorio, insuficiente...innecesario. Lo peor es que la relación estaba marcada por los mismos adjetivos amordazados por el prefijo in, le dolía intensamente aquel absurdo sometimiento a lo inevitable, aquella cuenta atrás que ninguno de los dos se atrevía a detener, para así poder empezar a dar cuerda cada uno a sus respectivos relojes vitales, era increíble pero ya no sentía nada por Elisabeth, nunca pensó que aquello pudiese suceder.



Cuando la conoció la odió, una niña repelente, estudiante de bellas artes, siempre con el espeso cabello castaño enmarañado y con aspecto de metódico desorden, como queriendo aparentar suciedad, pero en cambio siempre delatando lo contrario un suave aroma a champú para bebés. Bajo sus holgados jerseys y sus largas faldas hippies se adivinaba un cuerpo de formas sutiles y elegantes, sin grandes exuberancias pero de fina y lujuriosa simetría. Detestaba sus peroratas excesivamente pretenciosas sobre la pintura flamenca, muy superior en su opinión a la famosa y sobrevalorada colección de estampas bíblicas de la época renacentista, o sus diatribas sobre la grandeza barriobajera y desgarbada de Jean Michel Basquiat, lo cierto es que Ulises nunca hubiese amado la pintura del neoyorquino como la amaba de no haber sido por Elisabeth.

Pero entonces él prefería fijarse en sus labios siempre pintados de rosa, como las muñecas que tenía su hermana cuando eran niños y cuyos nombres nunca consiguió memorizar, en como arrugaba la naricilla respingona haciendo que la punta mirase al cielo, en sus ojos castaños siempre atentos ante cualquier asomo de belleza oculta al mundo que pudiese darles algún grado más de luz, de intensidad, de inspiración creadora diluida en una expresión infantil que parecía instalada en aquellas pupilas para siempre jamás.
En aquellos días pensaba Ulises, mientras escuchaba el sonido de la ducha solitaria de Elisabeth, ésa que les separaba dando a sus espíritus unos instantes de paz, cuando salga del aseo comprobará una vez más cuan equivocado estaba tres lustros atrás cuando daba por eterna aquella expresión de niñez en los castaños ojos de Eli, hace demasiado tiempo que no queda nada inocente en los ojos de su novia.
Odiaba tanto a Eli que no pudo evitar enamorarse de ella cuando descubrió, mientras sufría su primera derrota profesional, en su mirada aquel manto de tierna compasión cuando su padre le negaba el apretón de manos tras perder el juicio para el que su bufete había sido contratado por la empresa familiar, un pleito sobre una indemnización a la que el padre de Elisabeth y sus socios creían tener derecho y que él no pudo conseguir, era su primer juicio importante y seguramente su inexperiencia dejó al avaro padre de aquella pedante aspirante a artista sin un dinero que en justicia le pertenecía. Algunos errores garrafales en la sala y en las argumentaciones dieron al traste con un éxito que nunca debió dejar escapar, Inocencio Salgado, que era el nombre de aquél despreciable hombre que hoy, enfermo y sólo tras la jubilación y el divorcio, juraba quererle como al hijo que nunca tuvo, pero que quince años antes no dudó en tocar las teclas adecuadas para que Ulises fuese expulsado del pequeño bufete en el que ingresó tras un breve periodo como pasante, y que retiró la palabra a su hija cuando se enteró que había ennoviado con aquél perfecto aspirante a fracasado perpetuo, despreciando la brillantez del aburrido y prometedor hijo de su socio.

El día que se besaron por primera vez no hubo pintores, ni escultores, ni directores de cortometrajes incomprensibles en la conversación, sólo había desprecio por parte de Eli hacia su padre, cruel y pesetero, y fe en el joven abogado al que conoció unas pocas semanas antes, cuando día si, día también rondaba por la casa familiar para mantener aburridas reuniones con el cabeza de familia, ya no veía en Uli al tipo trajeado que pretendía pasar por un triunfador pero que derramaba mediocridad y vacío existencial a su paso, verle zarandeado por la codicia paterna le ablandó el corazón y decidió no seguir acosándolo a base de supuestos conocimientos artísticos, de exaltaciones de la belleza tan subjetivas como pedorras...decidió enamorarse de él, y lo hizo.
Ulises no pudo resistirse a sus ojos niños, sus labios rosas y su nariz trapecista, pero se enamoró de la bondad resistente y escondida de Eli, se entregó a su debilidad y puso la suya en sus manos fuertes y artistas, y se dejó moldear por ellas cual trozo de barro, y se excitó cuando bajo el enorme jersey gris asomaron los pequeños pero bonitos pechos, y las axilas sin depilar, y la piel blanca como un lienzo sobre el que pintar un cuadro interminable, y haciendo el amor con ella se sintió bendecido por la suerte del incauto, y perdió el sentido, y aspiró el aroma a pastel y acuarela que emanaba de su piel, y tuvieron orgasmos bilaterales, muchos, durante años, lustros...
Eli ya no pintaba, ni esculpía, ni olía a pastel y acuarela, ahora vendía lo que otros y otras con olor a herramientas de arte pintaban, y esculpían.
Cuando volvió en sí vio que  Eli estaba en humbral de la puerta llorando, como él, lagrimones de fracaso, de fealdad, el llanto del final...
 - Tenemos que hablar - dijo ella sollozando, llevaba varios minutos mirando a su novio recordar y llorar - si, lo sé.



6 comentarios:

  1. La madeja se enreda, aunque lo sea con las vivencias aparentemente más inócuas de los personajes en escena. De ahí vamos descubriendo motivos profundos de insatisfacción, de hastío que nos conducirán a secuencias donde la acción se tendrá que acelerar para llegar a la explosión final, el momento de máxima tensión.
    Vamos por buen camino.
    Abrazos,
    JdG

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jejeje, de momento nos vamos divirtiendo con estas improvisaciones enlazadas.
      Un abrazo Javier.

      Eliminar
  2. Buen relato, amigo Addi. Esto promete.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Evánder, a ver por donde salimos.
      Abrazos.

      Eliminar
  3. Seguimos intrigados y eso es buena señal.
    Muxus!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues al final parece que esta gustando el serial éste, vamos a ver como continua, porque ni yo mismo lo se.
      Gracias.
      Muxus.

      Eliminar