martes, 15 de septiembre de 2015

Tanto con tan poco...Simon Joyner - "Grass, Branch & Bone" (2015)


Muchas veces parece que lo menos importante en la música es el decir, el sentir y el tarareo de la melodía. Empezamos a comentar estilos que nutren tal sonido, influencias que alimentan aquella estrofa, el quejido de esa guitarra de allí o la esencia del aliento de esta armónica de acá. Damos cobertura a la acción casi alquímica de un afamado productor, en ocasiones poniendo su obra por encima de la del propio compositor o escritor del tema, aclamamos la magia que un órgano otorga a una canción ignorando que aquella ya nació con duende (parafraseando a Joserra), que la magia se engendró en el alma del autor, en las lágrimas rememorando pasados, amores extraviados o seres olvidados, que el encanto se pegó a la melodía tras la sonrisa provocada por un verano lírico y pasional, por los ojos vidriosos de un ser querido dotado con la indefinible belleza que las arrugas dotan a los rostros abarrotados de bondad, a nuestros mayores que nunca serán viejos.


A veces es necesario asomarse a la desnuda sencillez que deja de manifiesto, libre y desinhibida ante el mundo, la belleza de una melodía, la poesía lírica, o épica de un texto, la pasión entregada que usa una voz quebradiza de emoción para conducirse a través de ella hacia el mundo, para escapar de la mazmorra de sentimientos a la que el autor abre su puerta para que el pesar, o la alegría, salga emboscada en su voz y que juntas derrápen por los lacrimales, recojan emoción líquida y terminen en la laringe para desde allí  expulsar un trozo de vida interior encarcelada al mundo, que lo recibe las más de las veces con indiferencia, asustado ante tanta desnudez, indeciso ante la falta  de artificios que oculten tantos sentidos a flor de piel, o de voz, tanta belleza que no se sirve de oropeles para no parecer tan fría, aunque si te entregas a ella resulte ardiente como un mar de lava.
En muchas ocasiones necesitamos entregarnos a canciones sin más, (ni menos), que las que habitan en espacios sonoros, sensoriales y emocionales como las que lloran, sonríen y se retuercen de honestidad entre los surcos del último disco de Simon Joyner titulado: "Grass, Branch & Bone" para entender el sentido real de una canción.
Un disco tan hermoso que escuchándolo esta oscura noche de despedidas estivales me ha hecho cambiar sueños proyectados sobre pupilas por palabras escritas en lienzo de luz.
Porque aquí lo que manda es lo que cuenta la voz, lo que lloran los escasos instrumentos, y la belleza de la humanidad creando desde la humilde sensibilidad del hombre normal,  el afortunado, al que los focos le queman la piel pero no le deslumbran al alma, calientan el corazón pero no abrasan el cerebro...acústicas, algunos instrumentos de cuerda y con arco, algunas teclas timoratas sin vocación de destacar y poco más, bueno no, mucho más...canciones, hermosas y tendidas sobre el césped, cual sábanas recién lavadas esperando que el sol de la mañana las vuelva tersas y agradables...¿cómo se puede hacer tanto con tan poco?.
Del alma, la garganta y el corazón del escribiente y el cantor, no del laboratorio de un estelar productor, salen canciones como: "Nostalgia blues", "You got under my skin"  u "Old days", por citar solo tres, música en toda la plenitud...escuchen...




4 comentarios:

  1. Ni idea, tío. Habrá que echarle unas cuantas escuchas.

    Un abrazo!

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    1. Muy tranquilo y básico pero con canciones realmente bonitas.
      Un abrazo.

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  2. Un disco muy para mis Benditos martes dedicado a preciosidades

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    1. Pues si señor, se trata de un disco muy bonito, encaja perfectamente.
      Saludos.

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