jueves, 14 de junio de 2018

Aquellos discos y grupos de los noventa... Recuerdos del pelo largo.


La década de los noventa está destinada a ser la ubicación temporal de mis futuras historias de abuelo cebolleta, me explico: Fue una década un tanto rompedora. Los que durante aquel decenio cumplimos y fuimos avanzando en la veintena, la vivimos intensamente (unos más y otros menos), y a los que manteníamos unos gustos musicales más afines a las guitarras y los decibelios rockeros, y unas opiniones -en fase de constatación- más irreverentes y transgresoras, los noventa nos dieron motivos de alegrías y agitaron nuestros espíritus indómitos y efervescentes.
La llegada del grunge, que algunos entendimos como el desarrollo rupturista y radical en lo que a sonido y planteamientos ideológicos se refiere con respecto a aquella tabla de salvación que para muchos supuso años antes el nuevo rock americano, dando un portazo definitivo a los sonidos ochenteros, incluidos los sones más post-punk y nueva oleros que según avanzaban los ochenta iban perdiendo fuelle, lo interpretamos como una nueva edad de oro de la que, esta vez si, nos tocaba ser protagonistas.
Y algunos nos lo tomamos con estoicismo, nos subimos al carro de la revolución que pensábamos que se estaba desarrollando y nos empapamos de sonidos, discos, grupos y soflamas ideológico-estilísticas, nos dejamos el pelo largo y despistamos las camisas de cuadros del armario de nuestros padres para abrigarnos con ellas, éramos los impenitentes secuaces de los nuevos profetas del ocaso del milenio.
Y mientras esgrimíamos los movimientos convulsivos de nuestros pescuezos como irrefrenable danza tribal que marcase nuestro territorio, en los momentos más íntimos nos dejábamos arrasar en solitario -o con alguna compañía especial- por las nuevas pinceladas artesanas de los revisitadores del brit pop, y los orfebres y escultores de armonías que llegaban para conducirnos al cubículo donde descansa el Santo Grial, o lo que es lo mismo, la mágica triada de Big Star y demostrarnos que no todo son decibelios y actitud histérica, aunque como descubrimos después, en muchos casos no era más que el producto de un postureo impuesto por ávidos asesores de imagen y sellos discográficos, solvencia artística a precio de ganga desfilando en el interminable goteo de clips de la MTV.
Y como por instinto, devorábamos los discos de Soundgarden, Green Day, Offspring, Massive Attack o Smashing Punpkies, hasta que un día la resaca de cada escucha, cada concierto, cada lectura en la revista de turno nos propiciaba el encontronazo con el pasado, para descubrir que nuestra revolución de la modernidad no era un puñetazo en la mesa tan poderoso como pensábamos, y que otros, anteriores a nuestra veintena, e incluso a nuestra existencia, ya habían dicho y cantado, y sonado y descubierto algunos secretos de cuyo paradero creíamos ser únicos propietarios; osea, que el mapa del tesoro que nos habían vendido era una copia.
Pero por este proceso de aparente involución, aparecieron Neil Young, Velvet Underground, Jimi Hendrix o The Byrds; y con ellos nos hicimos mayores casi sin darnos cuenta, con esa crueldad traidora de la vida, que deja que te empaches sin levantar la cabeza de los placeres, anhelos y pretensiones propias de la edad, para un día decirte, de sopetón y sin diplomacia, que hasta aquí hemos llegado.
Y lo que es la vida, hoy mirando hacia atrás me doy cuenta (gracias a una foto con casettes noventeras que colgó en el caralibro el otro día mi compadre Don Guzz) de que muchos de aquellos grupos, canciones y discos, contra todo pronóstico no me han acompañado tras la veintena, que ya no me evocan más que recuerdos difuminados y -seguramente- inflados por la tramposa memoria, aventuras de tiempos en los que me reconozco sólo a medias, aunque en el fondo sé que soy yo, sigo siéndolo (creo).
Pero otros grupos, discos y canciones se han mantenido fieles a mis sentimientos de persona madura con evidente síndrome de Peter Pan, y los pincho y no necesito sentirme veinteañero para disfrutarlos y vivirlos plenamente. Curiosamente no son los discos más populares (salvo excepciones), ni fueron los más radiados, ni los más expuestos a los cortejos catódicos de la MTV.
Por eso me he planteado recordar alguno de aquellos discos, de vez en cuando, ya que no están en el imaginario popular masivo. Algunas de aquellas formaciones continúan como grupo -en activo o en resurrecciones dos punto cero con el dólar como hacedor del milagro Lazarino- o diseminadas sus partes como solistas que han corrido diferentes suertes, pero se trata de mis grupos y discos de los noventa, los que me siguen acompañando en este milenio que avanza con paso firme y que me ha convertido en cuarentón.
Seguiremos recordando.

2 comentarios:

  1. Y como olvidarlo ! el grunge sirvió de nexo para replegarse hacia lo ilustre que desconocíamos,saludos y buena semana .

    PD : No te olvides de los Alice in Chains

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    1. Jejeje... Claro, Alice in Chains son los que he seguido escuchando después de los noventa y hasta nuestros días.
      El grunge fue un gran maestro que nos dió acceso a los ya clásicos.
      Abrazos.

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