sábado, 15 de diciembre de 2018

Vuelvo al barrio - Las paranoias de Addi.


La cosa es que a los trece años 'Beto' y yo no éramos tan diferentes, es más, éramos como dos gotas de agua, ¡siempre juntos!, hermanos de sangre, la ley del barrio. Rainer Maria Rilke decía que la infancia es la única patria del hombre, durante nuestra infancia, la única patria que conocíamos era el barrio.
Todo lo que se extendía más allá de las vías del tren era el extranjero, y los que moraban en aquellas calles a las que sólo íbamos acompañados de nuestros padres para comprar ropa o acudir a algún médico especial eran entes extraños. Según nuestra percepción, aquellos seres vestían diferente y hablaban un idioma que se nos antojaba indescifrable, así como sus costumbres y sus éticas nos resultaban afectadas y detestables respectivamente.
Yo crecí, el barrio no. Era viejo cuando nací y seguía viejo cuando empecé a sentir que el límite que marcaban las vías estaba cada vez más cerca del bar de Cano y de los billares, cuando el cerco parecía estrecharse sobre mi cuerpo ya formado y sediento de experiencias, cuando el aire empezaba a escasear y no alcanzaba para oxigenar mis sueños de juventud, entonces los cantos de sirena de otros lares empezaron a torcer mi voluntad, otrora orgullosa y aguerrida defensora del honor del barrio.
La línea entre el patriota y el apátrida era tan fina que bastaba el contoneo de un trasero insinuado tras una falda de marca, para cruzarla sin volver la cabeza, desertar y buscar el oxígeno uperisado y homogeneizado de los incipientes noventa, y dejar la épica suburbial retozando con los perros en el parterre salpicado de jeringuillas del viejo y oscuro parque.
En cambio 'Beto' no creció, o no necesito ese oxígeno con aditivos y vitaminas que yo intuía más allá de las torres que se elevaban como espectros en la plaza central, en la zona de la ciudad donde había que pagar para aparcar el coche.
'Beto' se conformaba con el culo de Angélica, siempre supuesto entre los pliegues algodonosos del chándal, y aquél culo no buscaba protagonismo fuera de la cama de mi amigo, no necesitaba faldas de marca para sentirse eterno.
'Beto' empezó a trabajar en el taller de fontanería con su padre, yo decidí estudiar económicas. No lo decía, pero el barrio ya no era mi patria. Sin darme cuenta, un día descubrí que estaba buscando una nueva patria, en aquellos años de facultad, tanto valía las caderas de una aspirante a escultora que se negaba a depilar sus axilas y que se hacía llamar June, cómo entrar a formar parte del club de bolsa de la universidad, que una fiesta en la casa en la costa de los padres ausentes de un pijo que traficaba con tripis y anfetas a la que estaba invitado, allí podría drogarme y follar con June, cualquier cosa con tal de estar lejos del barrio.


Para llegarme a casa de mis padres daba un rodeo para evitar los billares y el bar de Cano, no quería encontrarme con 'Beto', no quería explicarle porqué hacía meses que no bajaba con ellos a patrullar por el barrio, a emborracharnos y a hablar de fútbol, a intentar pillar cacho con alguna de las chicas de la manzana alta, y a robar, ya de amanecida, un periódico del montón que dejaban junto al quiosco de Félix.
'Beto' volvió de la mili, me enteré un día que me lo dijo mi madre, no sabía que había ido, y enterarme así me dolió, aunque se me pasó pronto. Yo me había hecho objetor después de las prórrogas de estudios que pedí, aunque finalmente terminé por no hacer ni una cosa ni otra, me había convertido en un chico listo.
Cuando nos cruzábamos por la calle, 'Beto' insistía en entrar al bar de Cano a tomar una birra, yo siempre tenía prisa, estaba haciendo prácticas en una gestoría y empezaba a pensar en montar una asesoría fiscal con una compañera de universidad con la que salía desde hacía unos meses, Rocío. Su padre financiaría el negocio y yo a cambio seguiría intentando borrar de mi cabeza la imagen de las lágrimas que derramó mi escultora el día que la abandoné por el dinero del padre de Rocío, aunque no podía olvidarla, nunca pude olvidar a June.
Y hubo boda, y llegaron los clientes convertidos en falsos amigos, los pelotazos, los dividendos, el chalet con piscina, el club deportivo y los hijos no deseados y hoy completos desconocidos. Llegaron las amantes y mastiqué el odio de mi esposa, siempre preguntando porqué me casé con ella, Rocío nunca tuvo muchas luces. Me divorcié y mis hijos me decepcionaron, igual que yo a ellos, aunque éso fue mucho antes, cuando descubrieron que un intruso que vivía en su casa engañaba a su madre, y hacía años que no dormía con ella.
Treinta años después vuelvo al barrio y descubro que las vías siguen en el mismo sitio, siguen las pancartas en los balcones exigiendo el soterramiento y el bar de Cano ahora es un kebab. Continúa el olor a alcantarilla y los charcos color canela; los balcones que fueron cerrados entonces para esconder la bombona de butano siguen con los mismos perfiles plateados de aluminio sin anodizar.
El parque ahora tiene columpios de esos que se levantan sobre un suelo acolchado de muchos colores, pero las farolas de la zona de la cantera siguen rotas, y me imagino que los yonquis pasan al décimo nivel apostados en la oscuridad.
Paseando por las casas viejas, las ventanas a pie de calle siguen despidiendo olor a legumbres y sonidos de batir de huevos, el portal de 'Beto' ofrece un aspecto similar al de una vedette que se niega a retirarse y desfigura su rostro con afeites y coloretes.
En la acera, a la puerta de la parroquia hay una enorme multitud de vecinos. Allí están los que nunca abandonaron el barrio, lloran y se abrazan, se animan unos a otros y por un momento siento envidia. Ellos, los fracasados, los que no se atrevieron a desafiar su complejo de inferioridad, su orgullo mezquino de barrio, los que se vendaron los ojos con pañuelos mugrientos en lugar de fijar la vista en el sol, en el futuro, descubro que tienen más de lo que nunca pudo comprar mi dinero sucio y  miserable. Los conozco a casi todos, pero ellos no me conocen a mi, me olvidaron hace años.
En la fotografía de la esquela reconozco a 'Beto', a pesar del rostro escuálido por la enfermedad, de las canas y las arrugas es él, la sana inocencia de su mirada lo delata. Angélica entra con un caminar miserable, el rostro retorcido por el dolor y arropada por los besos y abrazos de todos, pasa a mi lado sin reparar en mí. Acompañan su penoso aunque orgulloso paseo su hijo y su hija, desconocidos para mi. Me entero de sus nombres por la esquela, él es igual que 'Beto', llora abrazado a una muchacha negra que también llora, y se ve que jamas le soltará, ni aunque se encontrase en el epicentro de un terremoto.
Todos entran en silencio en la iglesia, todos querían a 'Beto', ¿cómo no quererle?. En ese momento siento que aquél no es mi lugar, perdí el derecho a llorar por 'Beto' y entiendo que allí no hay nada para mi, me tiembla el labio inferior y el estómago amenaza con una náusea. Cuando el portón se cierra con un golpe solemne me quedé solo, en el barrio, treinta años después, y ni siquiera puedo llorar por todo lo que perdí.

3 comentarios:

  1. …y ni siquiera podemos ya sentir nostalgia del barrio.
    ¿Qué pensaría el chico que fuimos entonces si nos viera pasar ahora? ¿Qué pensaría de la vida que llevamos, de en qué nos hemos convertido? Probablemente ni nos reconocería. No se reconocería en lo que ahora es.
    Magnífico relato.

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  2. pues el relato es magnifico gracias por compartir! besitos!

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  3. Bonita historia, que bien escribes socio.
    Salud

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