lunes, 31 de julio de 2017

Los lunes... escenas de cine - "El nombre de la rosa"


El motivo de esta elección viene condicionado por la reciente relectura de "El hereje", última entrega novelesca de Miguel Delibes recién comentada aquí.
Todavía envuelto en el ambiente medieval, con los ecos de las inmundicias de la época, el clima húmedo de la dictadura católica y los usos y abusos de la inquisición de entonces, (hoy la iglesia mantiene esta institución, aunque adaptada a los tiempos modernos), me he acordado de esta extraordinaria película realizada por el francés Jean-Jacques Annaud en 1986.
Fiel translación de parte de la acción del magnífico libro de Umberto Eco, de tremendo éxito, publicado en 1980.
Todo en el film es acertado y muy bien conseguido: las interpretaciones de los personajes, con un excepcional Sean Connery como el protagónico Fray Guillermo de Baskerville; la caracterización de los monjes, inquisidores y gentes del pueblo; las localizaciones exteriores y la magnífica escenificación de los interiores, con una labor en la fotografía portentosa a cargo de Tonino Delli Colli; el ritmo narrativo, siempre preciso y que consigue un suspense agónico: la atmósfera medieval y siniestra... en resumen: un excepcional film.
Nos introducimos en un mundo antiguo y perverso con la intrigante historia de: "El nombre de la rosa".
¡Feliz semana!

sábado, 29 de julio de 2017

And libros by Addison de Witt... "El Hereje" - Miguel Delibes


Vuelvo a hablar de libros. Y lo hago trayendo aquí a uno de los caballeros de la prosa que más lustre y aprovechamiento han sacado de la lengua castellana. Me refiero a un castellano de pro, a un señor de las palabras, a un amante de la vida paisana y de la sencilla intelectualidad de aquí y ahora: Don Miguel Delibes.
Sentía que tenía un deuda con el bueno de don Miguel. Y es que cuando leí por primera vez a Delibes -no quiero recordar los años que han pasado desde entonces, que me enfermo- recuerdo que me llamó la atención el uso que del lenguaje que hacía el vallisoletano. Me daba la sensación de que nadie conocía más palabras en español que Delibes. Releyendo esta pasada semana su novela postrera: "El Hereje", sigo teniendo la misma sensación que en aquella mocedad mía, cuando mi vista se enganchó al entramado de palabras que constituían la raquítica historia de miseria de "Los santos inocentes".
Cuando se lee a don Miguel, el alma se va ensanchando, el cerebro fortalece su amplitud expresiva, el sistema nervioso se detiene por un momento a contemplar y el intelecto sufre una inyección de sabiduría, siempre humana en el fondo, siempre bella en la forma, como solo ocurre con los genios de la pluma y el pergamino.
Esta semana, recuperando a Delibes -una vez más- he vuelto a sentir lo que es hacer el amor con las palabras, sin protección ni temor; y resbalar en toboganes de expresión con la inocencia y la fe de un niño.


Pero vamos a comentar, someramente, una obra diferente del autor de "El camino". Aunque don Miguel había anunciado que no nos regalaría más novelas, lo cierto es que en 1998 nos sorprendió con "El hereje" (¡qué disgusto oigan!).
Sorpresa, aunque no tanto, por desdecirse el maestro; pero sobre todo por el contenido encontrado en las tripas del nuevo libro que entregaba.
"El hereje" es la primera y única incursión de Delibes en la narrativa histórica.
En ella nos sitúa en el siglo XVI. En el buque "Hamburg", el comercial y terrateniente Don Cipriano Salcedo retorna a su Valladolid natal tras un encuentro furtivo y secreto con el humanista Melanchton, continuador de la cruzada iniciada por Martín Lutero en pos de la reforma de la iglesia que acometió en 1517, año precisamente en que nació Cipriano Salcedo. El motivo de la entrevista era tomar contacto, e intercambiar impresiones con el actual líder de la reforma, actuando como portavoz de un grupo, formado en Valladolid, de partidarios y defensores de las nuevas corrientes iniciadas por Lutero. Por supuesto, estos personajes se agrupan y reunen de forma clandestina, de espaldas a la santa inquisición, que por medio del papa León X ha declarado hereje a Lutero y herética su doctrina y enseñanzas.
Desde este inicio, la acción remonta cuatro décadas, hasta el trágico nacimiento de Cipriano, que se cobró la vida de su madre. La niñez, amamantado por una nodriza: Minervina, que marcará su vida, el desprecio y rencor de un padre que culpaba al pequeño del fallecimiento de su esposa: el mediocre y egoísta: Bernardo Salcedo; y su reclusión en un internado destinado a niños huertanos, donde Cipriano adquiere sólidos principios morales e ideológicos, y donde conoce por primera vez, siendo aún niño, los principios del Luteranismo.
La novela nos narra, con la habilidad propia del autor, con su prosa plácida y hermoseada por mil bellas palabras, sus meticulosas descripciones y su fluidez castellana la consolidación del protagonista como exitoso hombre de negocios, su ascenso social, sus fracasos en lo referente al amor, con especial incidencia a su traumático matrimonio con Teo; y como epicentro de la acción, su creciente interés por temas religiosos y teológicos, que le ponen en contacto con una serie de personajes con los que compartirá ideas y reflexiones en reuniones clandestinas, siempre con el acento puesto en las ideas reformistas de Lutero.
En el trasfondo de todo ello, nos encontramos una minuciosa documentación, que hacen de la novela un magisterio histórico, y una reflexión madura sobre las clases sociales, el proletariado, el comercio, la manipulación de las ideas y los dioses, y la esencia propia del hombre: para lo noble y lo repulsivo.
Triunfo de Miguel Delibes en su última acometida novelesca, como siempre. El resultado es inmejorable: una historia perfecta y una prosa con pocos rivales a lo largo y ancho del siglo pasado, aquí y en cualquier latitud. Ya convertida en clásico, la maravillosa: "El Hereje".

jueves, 27 de julio de 2017

Slaid Cleaves - "Ghost on the radio car" (2017)


Hacía tiempo que no teníamos noticias de Slaid Cleaves. Exactamente cuatro años desde "Still fighting the war". No se puede decir que el bueno de Slaid haya cambiado mucho su posicionamiento ante el mundo y la vida. Sigue sin ver la luz al final del túnel, su visión sigue siendo más pesimista que otra cosa, y continua cantando a las frustraciones del ciudadano medio, a sus decepciones y su rutina.
Pero no es menos cierto que lo hace con un terciopelo más eléctrico que otros songwriters, lo que le da un tono rockero de intensidad justa. Y que sigue colocando cada acento, cada palabra, cada nota y cada inflexión en el lugar justo, allí donde consigue transmitir su sentir y dar relieve a sus sentimientos; allí donde son recogidos sin esfuerzo y con algún respingo de emoción, por los ciudadanos medios de USA, y por ende de otras latitudes.
Lo que encierra este disco proletario, desparramado en días grises y carreteras desiertas; en madrugadas de insomnio y amarguras cotidianas, es una nueva colección de canciones bonitas, susurradas con esa voz de gente corriente de Cleaves, pretendiendo ser un diario de el día a día; huyendo de las grandes epopeyas y sumergiendo el corazón en la pira de la vida silvestre de las gentes.


Debo confesar que no solo me gusta Slaid Cleaves, es que además me cae bien. Es el songwriter que no despelleja sus melodías con el filo oxidado de una acústica desnuda y áspera, él utiliza las enseñanzas countries de Hank Williams, los influjos rockeros del Springsteen setentero, la filosofía paisana de Woody Guthrie, incluso la sofisticación melódica del rock soleado de Petty.
Nos ofrece doce cortes, en los que su modus operandi es el habitual, pero con la emoción acostumbrada, el ambiente cercano y conocido de siempre, y los textos poéticos que le caracterizan.
Además no se aprecian altibajos, y con la luz tenue que invita al relajo y la reflexión, el cancionero se torna digestivo y embaucador.
Me parece un gran disco, el disco de un songwriter y ciudadano de mucho sentimiento y pocas pretensiones.
Destacaremos la rockera que da inicio al disco titulada: "Already gone"; la preciosa balada de melancolía concentrada: "If I had a heart", el amor roto que encierra "To be held", o la preciosa historia de enseñanza a su hijo de "Primer gray", más acorde al songwriter acústico de siempre.
Si gustan de songwriters, de poetas con guitarras, y suspiran con los pellizcos rockeros y las medias voces que cuentan lo que las tripas dictan, seguro que les gustará "Ghost on the radio car", el último disco de Slaid Cleaves.



miércoles, 26 de julio de 2017

Historias de un viajero en Viena - Un vals fantasma y vienés.


La noche ya tendía su negro manto sobre el cielo gris de Viena. Las farolas se iban encendiendo poco a poco, dando a la ciudad un encanto eléctrico y cálido que no había tenido durante toda la jornada, dominada por las lloviznas y el ceniciento tono del cielo, y por ende del aire y el paisaje.
Mi primer día en Viena había venido marcado por una atmósfera triste y lenta, que parecía retener el paso del tiempo entre sus gotas de lluvia alargadas y su muda pero impenitente brisa fresca.
El suelo empezaba a cobrarse mi insistencia en pisar sobre él con un dolor creciente que arrugaba la planta de mis pies, y una llamada incisiva y punzante me invitaba a sentarme y calentar mi ánimo con un café.
En la avenida Wollzeile, a la altura del número 10, esquina con la calle Strobelgasse, por la que venía caminando, una luz amarilla y temblorosa se proyectaba sobre el suelo de adoquines aún húmedos de la última llovizna. Miré por una ventana lateral y observé el interior de una cafetería de imponente aspecto. Giré hacia la derecha y penetré por la vetusta puerta de madera, vestida con un cristal invisible de puro limpio, y plantado en el hall, me pareció retroceder 80 o 90 años en el tiempo.
El maitre me invitó a sentarme en una mesa pequeña junto a las cinco escaleras que conducían a una altura levemente superior del local, donde una fila de sillones antiguos, de brillante madera de caoba y excelentemente tapizados en un granate taurino, discurrían en fila corrida adosados a la pared, dominando la panorámica del establecimiento. Sentados allí, tras unas exquisitas mesas de forja, coronadas por tablas de mármol blanco, los vieneses degustaban café, tartas y paladeaban el paso del tiempo, que allí parecía representar una extraña mascarada, al ritmo de un vals lejano y extrañamente conocido que parecía formar parte del mobiliario del café, junto al tintineo de tazas, cubiertos y platos.
El maitre me ofreció la carta. Lo frugal y decepcionante de la comida, invitaba a combatir el hambre con una merienda suave. Me dejé aconsejar, y en pocos minutos tenía ante mi un tazón de limpida cerámica blanca con el nombre del establecimiento troquelado sobre su superficie exterior: "Cafe Diglas".
El contenido no ofrecía un aspecto especialmente subyugante: se trataba de una especie de sopa tibia de cebolla, con un cuadrado de pan, que resultó ser un hojaldre de finísima elaboración, flotando sobre el líquido verde y humeante.
Para hacer honor a la verdad, la sopa estaba deliciosa, y el contraste con el dulzor del hojaldre ofrecía una caricia al paladar difícil de imaginar a priori. Rubriqué la merienda con un magnífico café vienes, caliente y dulce, que me beso los labios primero y jugó con mi lengua después, en lo que fue el más excitante y sorprendente juego sexual que recibía desde hacía tiempo.
Entonces, la música se elevó y un vals empezó a deslizarse, vaporoso por las dos plantas de la cafetería. Se filtraba por todos los rincones, y parecía aromatizar el aire.
De pronto, y como aparecida de la nada, una pareja empezó a bailar a mi vera. Intuía a mi espalda sus requiebros al pie de las escaleras. Nadie parecía reparar en ellos, solo yo. Me giré, y comprobé que se trataba de dos hombres: uno con rostro enjuto y rasgos de haber sufrido las inclemencias de la vida; el otro, más joven y con un cabello que caracoleaba sobre sus cejas pobladas, que parecían sostener colgados de su espesa mata negra unos vidriosos ojos tristes de color avellana.
Vestían elegantes pero desfasados trajes de lana, chalecos y corbatas de seda, y camisas de ese blanco amarillento propio de las fotos de nuestros abuelos.
El de la mirada triste, parecía consciente de que aquella era la última danza y se fijó en mi. La música parecía sentenciar al resto del local por su indiferencia, y empezó a sonar solo encima de la pareja de bailarines. Las luces se desinflaron, y un haz solitario se concentró en la pareja. Los ojos tristes y avellanados del más joven se clavaron en los míos, solitarios y sorprendidos, parecían pedir comprensión y silencio, como si implorasen que guardase un secreto.
De repente, acercó su boca de labios gruesos y ruidosamente rojos al oído de su amante, ahora sabía que era eso el del rostro avieso: su amante, y empezó a entonar con voz rota:


En Viena hay diez muchachas,

un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del "Te quiero siempre".
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.


Este vals, este vals, este vals,
Te quiero, te quiero, te quiero,
En Viena hay cuatro espejos
Porque te quiero, te quiero, amor mío,

En Viena bailaré contigo


Cuando terminó la danza y el poema, la música calló, el bailarín rapsoda dejó escapar una lágrima amarilla y sonrío con amarga melancolía, besando en la boca a su pareja con el desprendido abandono del que sabe que todo ha terminado..
El maitre rompió la ensoñación preguntando si todo estaba bien.
A mi alrededor todo seguía igual que antes de aquél extraño suceso. Nadie parecía haber visto a los bailarines, ni oído el vals flotante. Volvió la susurrante música lejana y rutinaria, y la luz recuperó su jurisdicción. El murmullo de biblioteca, propio de los grandes espacios públicos de centro-Europa, se volvió un estrépito en mis oídos. La triste y extraña poesía había pasado inadvertida para todos, excepto para mi.
Di las gracias al maitre, pedí la cuenta, y busqué a la pareja de enamorados entre la bruma de décadas que oreaba el "Cafe Diglas". Todos estaban charlando animosamente. La pareja había desaparecido... o tal vez nunca había estado, todavía no lo sé.
Pagué, salí con la sensación de que escapaba de un sueño,  y me perdí con mis pensamientos, en la oscuridad, ahora total y escarchada de la preciosa noche otoñal vienesa.




El poema es, evidentemente: "El pequeño vals vienés" de Federico García Lorca. Incluido en su poemario: "Poeta de Nueva York" publicado en 1940.

Adjuntamos algún enlace de interés donde se analiza esta maravillosa composición:

https://www.poemas.de/pequeno-vals-vienes/

https://elgatoeneljazmin.wordpress.com/2014/08/07/pequeno-vals-vienes/

https://es.quora.com/De-qu%C3%A9-trata-el-poema-Peque%C3%B1o-vals-Vien%C3%A9s-de-Federico-Garcia-Lorca

lunes, 24 de julio de 2017

Los lunes... escenas de cine - "Anatomía de un asesinato".


Tal y como está el tema en este santo país, se me viene a la cabeza como idónea para hoy, una película de juicios.
Para mi la mejor es "Anatomía de un asesinato". Obra maestra del gran Otto Preminger, con un impagable James Stewart y una sobrecogedora y excitante Lee Remick. Además encontramos a Ben Gazzara o George C. Scott en el reparto, todos insuperables.
Celos, pasión, rabia.. el ser humano en fría y total encarnación ante la búsqueda de la suprema verdad. En el film hay de todo y todo muy 'a flor de piel'. Desde la sensualidad frívola y malvada de la víctima hasta la honradez sin tacha del abogado, pasando por elementos humanos de toda índole, provocadores de diversas y no siempre agradables sensaciones.
El paisaje, la atmósfera, la intriga y la música de Duke Ellington redondean una de las películas más grandes de la historia, y un drama judicial sin rival.
Volvemos a revisar la magnífica "Anatomía de un asesinato".
¡Feliz semana!

domingo, 23 de julio de 2017

Los domingos photosong - Vídeo - "La noche no es para mi"


Esta semana nos hemos enterado del fallecimiento de Pepa Villalba, la cantante del grupo de pop valenciano Vídeo. Seguramente no habrá pasado el grupo a la historia por su trayectoria artística, pero no es menos cierto que tuvieron su momento de gloria en la década de los ochenta.
Un servidor era muy, muy jovencito cuando las emisoras de radio se vieron sacudidas por el estribillo de "La noche no es para mi", mega-éxito tecno-popero y temazo en opinión del que suscribe aún en estos días.
Recuerdo adquirir el casette, y hace unos años el vinilo a inmejorable precio de su primer disco: "Videoterapia", ocasión que aproveché para dedicar al mismo esta reseña.
La escucha del Lp, un montón de años después me sorprendió, no estaba, no está, nada mal y es entretenido, además contiene algún tema de enjundia.
La triste noticia del fallecimiento de Pepa me ha hecho volver a pinchar el vinilo y escucharlo de nuevo.
Fue un disco importante en aquellos días en que este sujeto (yo) empezaba a volverse loco con la música, y lo disfruté mucho.
No volvió a repetir la banda un éxito como aquél, y el grupo acabó sus días sin pena ni gloria, pero en honor a aquellos tiempos y como homenaje a Pepa Villalba, me parece bonito y correcto traer a la foto del domingo "La noche no es para mi" de Vídeo.
¡Feliz domingo!



sábado, 22 de julio de 2017

Opera: "Il Trovatore", Ayer y hoy - No solo de rock vive el hombre.

Il Trovatore en la presente versión de El Liceu. Foto de la web de TVE.

Me gusta mucho recordar aquellos años de figurante de ópera. Primero porque era jovencísimo, y segundo porque en aquellos ensayos y representaciones se cimentó una afición y amor por un género, que perdura y que sé que jamás morirá en mi.
Repasando las fotografías, me detengo en las correspondientes al "Il Trovatore" de 1997. Inmediatamente viene a mi la imagen del último acto, con Leonora moribunda, abrazada en un intenso dúo de amor por Manrico: Ana Sanchez y Kristian Johansson respectivamente. El malvado Conde de Luna (Roberto Servile) aparecía en escena flanqueado por dos esbirros, uno de ellos yo, que se encargaban de arrancar al joven trovador de los brazos de su amada, para arrastrarle al infierno.
Lo cierto es que me tocó trabajar a destajo en aquellas inolvidables representaciones de la ABAO (Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera), en el desaparecido Coliseo Albia. También acompañaba, escondidos en una embocadura trasera, al tenor en su triste despedida a su enamorada mientras el coro bilbaíno entonaba el miserere, imposible olvidarlo.
El coro de los gitanos y la cavernosa voz de la mezzo encargada de encarnar a Azucena: Elisabetta Fiorillo, también permanecen frescos en mis retinas y oídos.


Esto viene a cuento de la representación de la ópera verdiana que anoche pudimos ver en TVE. Una producción del Liceu y el Campoamor de Barcelona y Oviedo.
Toscanini decía que se precisaba para "Il Trovatore" de los cuatro mejores cantantes del mundo. Ayer no estaban en el escenario del Liceu, eso sin duda, pero tampoco estoy demasiado de acuerdo con el tiránico director italiano.
Me pareció irregular la representación vista ayer, con una puesta en escena obra de Joan Anton Rechi basada en "Los desastres de la guerra" de Goya, a quien se le ve como observador de algunos cuadros de la acción: no me parece que estas apariciones fantasmales del genio de Fuendetodos aporten nada a la acción en ningún sentido, pero bueno. Tampoco el atrezzo, basado en un montón de sillas que cambian la morfología de su montonera para formar elementos en entran en la acción me parece nada especial, una de esas puestas en escena con elegancia escénica pero que restan relieve a la acción.
Vestuario que hace hincapié en los colores típicos del pintor universal español, especialmente en Leonora, y una iluminación con efectos tenues.



Y vamos con el desigual elenco: el barítono George Petean suena sofocado y con unos agudos velados y abiertos, tiene problemas en su momento de gloria del segundo acto y en su inicial tour de force con Manrico. Éste en cambio si me convenció: Piero Pretti posee un timbre que se adapta bien a las necesidades del protagonista, confieso que en el tercer acto me esperaba una mejor prestación en la primera de sus dos arias, "Oh si ben mio" pero sonó excesivamente revolucionada, incomprensible decisión del director Daniele Callegari, que lastra en mi opinión el lirismo y exaltación romántica del momento; en cambio convence plenamente en el aria de "La pira", dotando al momento (realiza la versión de dos tramos y no transporta el do agudo) del desespero y heroísmo necesario y requerido.
Correcta Tamara Wilson en el terrorífico rol de Leonora, se la notó algo descontrolada en algún agudo, pero consiguió acertar en los graves y ofreció matices y un bonito instrumento.
Tal vez la más convincente fuese Marianne Cornetti, entregada y dotada de un timbre de mezzo, oscuro y potente que rellena las intrincadas emociones de la gitana.
Correcto Carlo Colombara como Ferrando, hilo conductor entre el pasado y el presente; y desigual la orquesta dirigida por Callegari, muy bien el coro del Liceu.



Maravillosa partitura, título icónico y favorito personal, esta ópera es terrorífica y pocas veces se ha grabado con absoluto éxito, no existiendo bajo mi punto de vista ninguna toma de referencia.
Por destacar alguna, por si a alguien puede interesarle la opinión de un servidor, destacaremos dos de estudio que cuentan ambas, con el excepcional Manrico de Plácido Domingo, perfecto de timbre, estilo y fraseo, pero justo en los agudos.
La primera dirigida por Zubin Mehta, con la Leonora de referencia de Leontyne Price (que inmensa soprano verdiana fue la norteamericana), Fiorenza Cossotto (otra) y Sherrill Millnes.
La segunda, con mejor y más idónea dirección de Carlo Maria Giulini (tal vez la mejor lectura orquestal que tenemos registrada): en esta, a un Domingo más maduro y centrado, pero con las mismas tiranteces en los agudos, le acompaña un elenco menos inspirado: empezando por la portentosa voz, casi siempre mal administrada de la inglesa Rosalinde Plowright, la Azucena excesivamente septentrional de Brigitte Fassbaender y Giorgio Zancanaro como el conde.
Tal vez las mejores opciones las tengamos en grabaciones piratas, lo que en el rock se llama bootleg.
Empezando por la mítica grabación de 1962 en Salzsburg, con Herbert Von Karajan dirigiendo la Filarmónica de Viena, que contó con el inspirado y, esta vez si, seguro y arrasador Manrico de Franco Corelli, la Leonora nuevamente perfecta de la Price, la mejor Azucena existente a cargo de la legendaria Giuletta Simionato y el imponente vocalmente Conde de Ettore Bastianini. La dirección imapactante y de tremendo nervio del genio austriaco hace palidecer casi todas las intentonas por parte de sus colegas.



Añadiré otra toma en vivo si me lo permiten, por ser en mi humilde opinión excelente también. Esta vez el director de gran oficio Gianandrea Gavazzeni presenta en La Scala de Milan su muy italiana y verdiana lectura con las voces de la correcta Gabriela Tucci, de nuevo la excelente Giuletta Simionato, el verdiano y entregado conde del siempre grande Piero Capuccilli y el Manrico sin igual, insuperable de musicalidad, elegancia, dominio del arte de canto impuesto por el maestro de Le Roncole, siempre fiel al legato y perfecto en la afinación, aunque de timbre más seco, el gran Carlo Bergonzi (tenor verdiano sin rival durante décadas, y ahí seguimos)
Ya pueden perdonar la perorata, pero me he despertado con la escena final del Trovatore en la cabeza... y los recuerdos, y que es verano... Y que no solo de rock vive el hombre.

viernes, 21 de julio de 2017

Cuando había música en TV - Stray Cats - Musical Express


Volvemos con la sección que rememora tiempos mejores en la TV patria, aquellos en los que los programadores se acordaban de que existen más cosas además de programas txuscos con presentadores horteras y pedantes que entrevistan siempre a los mismos, cotilleos, series de garrafón con elencos extraídos de gimnasios, y fútbol, mucho fútbol.
En aquella época, la cultura tenía su sitio en la parrilla. No solo la música, el debate cinéfilo, la literatura o el teatro gozaban de minutos para deleitar a la parroquia afín a estas disciplinas.
Hoy recordamos un evento acontecido en 1981 en Musical Express. Me lo he pensado hasta última hora, pues se trata de una actuación en Play-Back.
Finalmente he pensado que tratándose de Stray Cats, que en aquellos tiempos estaban devolviendo al rock and roll pionero y al rockabilly a la primera línea de la actualidad musiquera, colaborando en el definitivo despegue de lo que se llamó nuevo rock americano, bien merecía la pena pasar por alto que no se tratase de un directo.
Al fin y al cabo la estética rockera y sofisticada de Brian Setzer, Lee Rocker y Slim Jim Phanton estaba ahí, en el mejor y más caliente momento.
Presentaban su segundo disco: "Gonna Ball", del que interpretan dos temas, a saber: "Baby blue eyes" (Burnette/Burlison) y "Wasn't that good" (Harris), ambas versiones; y que combinan con dos temas compuestos por Setzer para su debut homónimo: "Rock this town" y "Stray cat strut".
Os propongo un bailecito (que no se puede bailar en play-back) para amenizar el verano.







jueves, 20 de julio de 2017

Lee Bains III & The Glory Fires - "Youth detention" (2017)


Feliz y enérgica vuelta de Lee Bains III & The Glory Fire. En este 2017 la formación de Birmingham - Alabama, retorna a la actualidad con un trabajo rabioso, cabreado, amenazante, contestatario y dispuesto a la batalla.
"Youth detention" es una proclama en clave de rock insurgente y punk diluido en sutilidad musical. Nos hablan de, y protestan por, temas punzantes y dolorosos: enseñan las vergüenzas del milenio y vuelven a situarse en localizaciones incómodas.
La decadencia de occidente en órdenes culturales y sociales, la marginación de las minorías, las miserias del racismo, la desigualdad, el veneno de la tradición (o de algunas tradiciones), la intolerancia... El llamamiento a la reacción social... obsérvese el texto del magnífico tema inicial: "Breaking it down!".


"El santuario inhaló la tranquila 

intercesión de Ibrahim 

por los desplazados, detenidos y muertos de Palestina. 
A través de los jadeos de los profesores, la súplica tomó ala 
A las vigas, 
Su eco que se asienta en nuestras cabezas pequeñas encorvadas, 
    Y arqueó sobre los bloques grises ásperos 
    A la célula que sostuvo al Dr. Rey. 
    Las puertas se abrieron 
    y la campana sonó. 
        Todos los niños, rompiéndolo. 
        Vamos, niños. Descomponerlo.

Dentro de un almacén vid-comido, 

bajo las torres de óxido-agria, 

la verdad distorsionada zumbido a través de un reventado PA, 
Hijos e hijas de los banqueros y los granjeros, 
mineros y los abogados, 
los ojos cerrados y gritando, caderas toda asway 
    En sudoración esperanza, abrazados 
    igual Carne a los huesos, 
    Que podrán levantarse y caminar 
Sin tener que salir de casa. 
    Todos los niños, rompiéndolo. 
    Vamos, niños. Descomponerlo.

Coronado con una cadena de flores silvestres 

Desplumado desde el centro del campo, 

Él se encuentra entre los pilares iluminados por el sol de los mosquitos. 
Y, envuelto en el parloteo de jake-brake de I-20, 
gira su jersey alrededor de su estrecho pecho blanco, 
y tira su cabeza peluda hacia atrás. 
Y el acalorado consejo de chicos negros riendo 
Aplaude y grita: 
"¡Dulce de algodón, dulce como el oro!" 
Roda las caderas y sonríe salvajemente, 
Como el otro equipo, desde la montaña, 
Puntos y burlas y escupir y se acerca. 
    Pero, como una visión, el anfitrión lo rodea, 
    Brazos como alas, voz como trompetas, Rasheed se inclina. 
    Él dice: "Ahora estás en el otro lado, follas 
    con él, follas con nosotros". 
        Todos los niños, rompiéndolo. 
        Vamos, niños. Descomponerlo".



Nos conducen por intrincadas veredas estos diecisiete cortes, que buscan alborotar la paz y perturbar el sueño de bienpensantes culpables de desidia, y de ambiciosos destructores de igualdades, fraternidades y libertades de todo el mundo.
En cuanto a lo musical, Lee Bains nos ofrece unos temas que no esconden sus intenciones, y donde la electricidad brama en distorsiones y riffs, el ritmo se dispara en busca de un cataclismo, y las melodías acompañan con una -en ocasiones- perfección y belleza de lineas casi fuera de lugar.
Con el nihilismo por bandera en muchos de los cortes, no le hace ascos la banda a coplas más calmas, cercanas al rock propio del sur, como en la excelente: "Whitewash".


Pero el disco se arremolina sacudido por la electricidad y la suciedad sónica de temas como: "Sweet disorder", la inminente y vertiginosa: "Good old boy", la antirracista y stoniana: "Black & white boys", la arrítmica, de viscosa linea de bajo: "Underneath the sheets of white noise". la subterránea y garitera de esencia setentera: "I can change", el rugiente tema de esencia Stooges: "The city walls",...
No desciende la carga de actitud ni de buenos temas en el final del tracklist, destacando la excitante: "Had to laugh", la desatada y espídica: "Tongues of flame!"; o temas de redondez melódica y fácil paso como: "Trying to ride", "Commencemet address for the deindustrialized dispersion" ó el tema final, de tendencia nuevamente stoniana: "Save my life".
Restan algunos momentos de paz sonora -no muchos- como: "Crooked letters" ó la acústica: "The picture of a man".


Equilibrado, sólido, comprometido, rabioso, nihilista, reivindicativo, osado, corrosivo, ruidoso, emotivo... son algunos de los adjetivos aplicables a este excelente disco de rock, punk y southern rock que hace uso de la música para poner puntos sobre ies, y dar los puñetazos en la mesa, que empiezan a faltar. Más que notable.

miércoles, 19 de julio de 2017

The Dream Syndicate - Nuevo disco el 8 de septiembre.


Casi treinta años sin material nuevo de la mítica formación de Steve Wynn: The Dream Syndicate son muchos, demasiados.
Veintinueve años que cierran un silencio injusto con la llegada, el próximo ocho de septiembre de: "How did I find myself here?".
Tras la reunificación en 2012, y tras varios años girando, la banda se ha acogido a la forma de trabajo del sello: Anti-Records para facturar su nuevo catálogo, primera colección desde aquél lejano: "Ghost stories" de 1988.
Nadie mejor que el propio Steve Wynn para definir este disco:
"Suena como todo lo que me gusta de Dream Syndicate y sin embargo suena diferente a cualquier disco que hayamos hecho".

Adjuntamos tracklist y tema de adelanto, titulado como el disco y que alcanza más de once minutos.

The Dream Syndicate - "How did I find myself here?"

01. "Filter me through you"
02. "Guide"
03. "Out of my head"
04. "80 west"
05. "Like Mary"
06. "The circle"
07. "How did I find myself here?"
08. "Kendra's dream"


martes, 18 de julio de 2017

La docena de doce de... Lou Reed.


Este verano, que ya está bien comenzado, aún no había desplegado ningún episodio de la estival sección de "La docena de doce". Ya tocaba y algún amiguete me ha comentado que lo echaba de menos, así que se soluciona la cuestión hoy mismo.
Como ya habían pasado por aquí unos cuantos de mis favoritos los anteriores veranos, no tenía muy claro a quien dedicarle la primera docena este 2017. De repente, el otro día, mi amigo Gonzalo Aróstegui Lasarte, en su incuestionable Ragged Glory, nos recuerda las grandezas del transgresor directo de Reed: "Rock'n Roll Animal", y entonces se me encendió la lucecita. Gracias Gonzalo.
Así que acometemos la terrible y por supuesto improvisada (en parte) misión de quedarme con doce, y solo doce, coplas del subyugante neoyorquino de los bajos fondos.
Ya me dirán qué les parece.

1. "Coney Island Baby" (1975).




2. "Dirty bulevard" (1989).




3. "Perfect day" (1972).




4. "How do you do think it feels" (1973).




5. "Lady day" (1973).




6. "Street hassle" (1978).




7. "Sword of Damocles" (1992).




8. "Gimme some good times" (1978).




9. "Temporary thing" (1976).




10. "I love you" (1972).




11. "Strawman" (1989).




12. "Romeo had Juliette" (1989).



lunes, 17 de julio de 2017

Los lunes... escenas de cine - "La noche de los muertos vivientes"


Ayer murió George A. Romero, director de la mítica y transgresora película "La noche de los muertos vivientes" en 1968. Un film de serie B, que colocó, no solo en las pantallas y en los celuloides, sino en la sociedad, el elemento de terror del zombi.
No es discutible que en la actualidad el zombi sigue despertando una excitación general: series de televisión y películas, siempre de serie B, lo que mejor se adapta al género, que están de total actualidad lo demuestran.
Con la mítica cinta de Romero se da inicio al primer 'apocalipsis zombi', término también muy en boga actualmente incluso en el parlamento de los políticos.
Las bases de este cine las marca incuestinablemente este film. Obra magna en cuanto a argumento -a pesar de su alarmante sencillez-, puesta en escena y ambientación. También coloca en una realidad fílmica el aspecto del zombi en cuestión.
Se me antoja además un film perfecto para noches de verano, especialmente indicada para un autocine, y para hacer manitas con la pareja con un ojo (excitado) en el rostro amado, y otro (inquieto) en la pantalla.
Rendimos homenaje a George A. Romero trayendo a la cabecera: "La noche de los muertos vivientes". DEP.
¡Feliz semana!

domingo, 16 de julio de 2017

Los domingos photosong - "Heroes"/"Young lady, you're scaring me" - Parálisis Permanente/Ron Gallo


Hoy es un domingo especial, brilla el sol y el calorcillo aparece por Euskadi. Y como la mañana está bonita, me he decidido a pasarla con música oscura y claustrofóbica, para romper barreras de color y anímicas.
Y se me ha ocurrido recurrir a mis adorados Parálisis Permanente, y por poner un ejemplo, su mítica versión del "Heroes" de Bowie.
Pero como aún están presentes las vibraciones del sísmico recital ofrecido el viernes por Ron Gallo, y como además me llevé el último vinilo, pues hacemos un dos por uno y pinchamos también el rotundo "Heavy Meta", en concreto el tema que abre el disco: "Young lady, you're scaring me".
Luces y sombras en este domingo luminoso sombreado por canciones y discos oscuros.
¡Feliz domingo!





sábado, 15 de julio de 2017

Concierto - Ron Gallo + Cecilia Payne - 14/07/2017, Kafe Antzokia (Bilbao)


Odio que los conciertos empiecen tarde, no lo entiendo. Una vez dicho esto -a modo de protesta formal, pues ayer volvió a ocurrir- nos concentramos con lo que aconteció anoche en el Antzoki.
Poca gente a unos minutos del comienzo (hipotético) del concierto, pero lo cierto es que cuando Cecilia Payne saltó al escenario, la concurrencia había aumentado, rellenando la pista y dando al evento un muy buen aspecto.
No conocía a Cecilia Payne, lo confieso. Se trata de una banda local que practica un rock con tendencia surf, underground y soft rock que me gustó, y bastante además.
Buenas melodías, sonido de guitarras muy sutiles y buenas voces. Una muy buena bajista y un batería más que solvente, tuvieron una muy buena entrada y nos hicieron vibrar con alguno de sus temas, gracias a pegadizos y sabrosos estribillos.


Desde luego indagaremos y seguiremos la pista de esta prometedora banda de rock bizkaina.
En el cambio de equipo la gente desapareció. Con Ron Gallo ya en el escenario, el auditorio había mermado considerablemente. Pero se ofició el milagro y una vez el bolo había comenzado volvió el personal y volvió el buen ambiente. ¿Dónde se meterían durante ese lapso?.
Y con Ron Gallo llegó el escandalo. Olvídense de sutilezas o exquisiteces. Lo que se escucha en su magnífico "Heavy Meta" es gaseosa comparado con el desparrame de nitroglicerina que despliega este tipo en escena.
Power trío, ¡y para qué más!. Con los pedales adquiriendo tanto protagonismo como los instrumentos, el fuzz a todo trapo, los cambios de ritmo radicales, el combo bajo-batería absolutamente desatado y cardíaco, la voz de Ron que quiebra las bisagras de las puertas que dan acceso al infierno en los graves y haciendo saltar las puntas del atrezzo en agudos imposibles, y mucha actitud: macarrra, punkarra y despiadada.
Repasó e hizo aún más sesenteros y subterráneos los temas de "Heavy Meta", y nos regaló una versión del "Helter Skelter" beatlemano ácida y como arrancada de las cloacas del averno. ¡Un desparrame!.
Sin duda el mejor momento para ver en acción a este tipo, que gustó mucho. Al menos a mi.
Una buena noche de rock and roll y bastante gente joven, los colegas de Cecilia Payne tuvieron mucha culpa en ello, y a casa, a soñar con los bajos fondos londinenses de la segunda mitad de los setenta.

viernes, 14 de julio de 2017

The Parson Red Heads - "Blurred Harmony" (2017)


Conocía a The Parson Red Heads de manera superficial cuando hace un par de años nos visitaron en una gira junto al canadiense Doug Paisley.
Fue entonces cuando profundicé más en su producción, Doug es un favorito personal y la ocasión bien merecía ser completada con el siempre oportuno conocimiento previo de los participantes en el show, en este caso los pelirrojos oriundos de Oregon: The Parson Red Heads.
Me interesaron no pocas canciones de su colección, aunque debo admitir que fue en vivo donde me noquearon con un explosivo sonido sobre las tablas.
Tal vez hasta la fecha he echado de menos un disco que a mi entender resultase redondo, rotundo y sin altibajos. Pues bien, este disco ha llegado en el presente curso y lleva por título: "Blurred Harmony".
Con esa base argumental, situada en el pop de tintes lisérgicos que mira a Big Star o incluso a Buffalo Springfield, sin olvidar acentos más continentales como los heredados de formaciones como Teenage Fanclub; el quinteto navega sobre una nave de melodías perfectas, construcciones sónicas de nutritivo sabor en guitarras y bases rítmicas de total enjundia, y la consabida suntuosidad en voces: Un auténtico desparrame de sabores y esencias musicales que provocará deleite incontenible en los oídos más apetentes.
Las no pocas escuchas al presente cancionero, me han deparado suficientes alegrías como para pronunciarme al respecto de éste, como uno de los discos que marcarán el 2017. 
Esto es así gracias a gemas de exquisita sensibilidad como "Sunday song", que me retrotrae a Buffalo Springfield, e incluso a las primeras incursiones en solitario de Neil Young, un tema delicioso de verdad.


Pero la arquitectura pop se delimita en altura desde el primer momento con "Please come save me". 
Filigranas pop de cierto toque lisérgico como: "Coming down" o la extraordinaria "Time after time" de rotundo estribillo, ponen puntos sobre íes en cuanto a lo que muchos son capaces de dar de si aún en estos tiempos.
Dos baladas como la introvertida: "What have I become", y la sedante y maravillosa: "Terrible lie" enriquecen un tracklist ya de por si rico y variado en dinámicas.
Se complementan éstas con las guitarras y las voces que decoran el espíritu de la intensa: "Time is a wheel". Llegan acústicas y armonías con la orfebre: "Today is the day".


Endurecen el discurso las guitarras en "Waiting for the call", aunque la sangre no llega al río. La única pega que encuentro al enredado tapiz de guitarras y voces de "Out of range" es la escasa duración de la misma.
Y el final del paseo llega con la festiva copla, iluminada por la gran estrella, o los Fanclub más iridiscentes, titulada: "In a dream".
No hay escusa para encaramarse al estanque de sonidos, melodías y aromas que destila este disco y saciarse una vez tras otra. En tiempos oscuros, la luz la pueden poner canciones como las aquí contenidas. 
No lo olviden: The Parson Red Heads y su última  criatura: "Blurred Harmony".
Bandcamp donde escuchar y adquirir: "Blurred Harmony".

jueves, 13 de julio de 2017

Javier y su Rosebud de cartón.


Javier no estaba de acuerdo con vender la vieja casa del pueblo. Sus hermanos se habían obcecado argumentando que ya no iba nadie, que solo daba gastos y problemas, y que la oferta del hijo del alcalde era la mejor que recibirían.
Javier entendía que era cierto, pero no podía evitar sentir pena. Aquella casa estaba ligada al recuerdo de la abuela Julia, siempre vestida de gris, en un luto pertinaz y monótono que mantuvo durante sesenta y dos años, desde que el abuelo Crisantos murió en la guerra, no se sabe cuándo exactamente, ni dónde.
Los abuelos solo tuvieron un hijo, no les dio tiempo a más: Melchor, su padre. Había muerto hacía ya dos años pasados, dejando como herencia a sus tres hijos aquella casa en la que había crecido. Allí edificó una infancia sin padre ni alegría, sin risas y con más hambre que conocimientos. Escuálido cuerpo sin las suficientes proteínas y escuchimizada sesera, alimentada con apenas las cuatro reglas y una desatendida e ignorada dislexia.
Tras la mili, Melchor decidió dejar el pueblo, a su madre y una bicicleta vieja, que como represalia por su deserción, la abuela Julia regaló a un vecino, más pobre aún que ellos, pero que terminó haciendo fortuna, gracias en parte a aquella bicicleta.


El mes de agosto en el pueblo era como la vuelta a la niñez para Melchor. En aquellas semanas pretendía recuperar por medio de su propio ser, una infancia que discurrió sin un padre, al que ni siquiera le unía un recuerdo visual, ni siquiera una lápida con su nombre escarificado sobre el mármol, apenas alguna fotografía nebulosa en los bordes, y con tacto de hostia consagrada.
Entonces reproducía en su actitud, y con la compañía de Javier, el hijo mayor, la niñez que la guerra, o el destino, le negaron. Oficiaba en su pueblo de padre, del padre que tantas veces se imaginó.
Y caminaba junto a Javier por los montes que flanqueaban el pueblo, por los bosques y los senderos anexos a los ríos ya secos y mudos. Aquellos que en otro tiempo cantaban, dando pie musical a los pájaros, aquellos que no volvieron desde la construcción del polígono industrial que hizo desaparecer las eras y el molino de Santiago.
Mientras, los hermanos pequeños se quedaban en casa con la abuela Julia y Piedad, la entregada madre y esposa que sufría en el infierno estival del pueblo una prolongación del duro y frustrante año de ama de casa, ahora en plaza ajena, para empeorar la situación y ensanchar las ojeras y el desánimo.
Javier recorría los parajes y recuerdos de su padre. Le gustaba caminar con él y escuchar sus aventuras adornadas por la memoria e iluminadas por la necesidad de recuperar lo bueno que no fue, lo bonito que no llegó. Melchor buscaba cada agosto la infancia merecida y nutritiva en el paisaje de su niñez, para ofrecérsela a sus hijos.
Penetrando por última vez en la casa familiar, los recuerdos se amontonaban en las retinas vidriosas de Javier, mientras palpaba los enseres de la casa del pueblo, tantos lustros olvidada por todos.
La despensa, vacía ahora, la recordaba rebosante de cestos de mimbre, con fruta cuidadosamente cubierta por paños para preservarla de las moscas. Imposible no recordar el olor a los chorizos y salchichones colgados tras la puerta, que pendían de un clavo pintado de blanco, como la puerta y el marco, y que aún seguía allí, joven y resistente como entonces; la alacena, con aquellos vasos verdes de Arcopal, polvorientos y aburridos; los platos de porcelana descascarillada y las tazas del desayuno, quebrada su piel por los ataques de la leche con cola-cao hirviendo que les servía la abuela a pesar de las protestas de cada mañana.
Y en el medio, como la reina de la casa que lo fue durante la niñez de Melchor, la vieja radio Telefunken: dormida y con el segundo botón empezando por la derecha desprovisto de su armadura de plástico castañeada por las décadas. Con ella escuchaba las emisoras alemanas, a pesar de no entender nada de lo que decían.
La cocina era oscura, con su ventana de hierro agazapada tras una verja verde que el sol había descolorido. En la oscuridad de la noche, parecía aquella ventana una pantalla de cine, con sus visiones nocturnas de murciélagos rodeando la casa, recortándose sus lúgubres siluetas sobre la luna clara y poderosa del verano castellano.
No se atrevió a penetrar en la habitación de la abuela. Se la imaginaba como siempre, como una sacristía donde dormir la vida en espera de la llegada de nada. Ni en el dormitorio donde sus padres dormían, y solo eso, pues la presencia de la pequeña Cris, en su cuna junto al lecho, y la vecindad insomne de la abuela, no permitía demasiadas licencias amorosas en aquellos ochenta aún escrutadores de los pecados de la carne impuestos por el clero vicioso, hipócrita y manchado de culpa del franquismo, régimen aún presente en el esqueleto de muchos, que lo vivieron, con el miedo refulgiendo en el tuétano de sus huesos temblorosos y descalcificados.
La habitación donde dormían los dos hijos mayores estaba vacía. Únicamente seguía en su sitio el viejo baúl que hacía las veces de mesilla de noche y armario donde guardar los juguetes, capitaneados por el camión de bomberos y el viejo catalejo de cartón que le regalase a Javier un barbero amigo de Melchor al que le llevaba cada año, antes de las fiestas, para lucir presentable ante el patrón el día del reparto del escabeche.


Lo abrió, rechinó como protestando por la interrupción de su letargo por el sendero del olvido. Junto al camión de bomberos y varias pelotas de goma desinfladas, se encontraba el catalejo, blanco, con el borde más ancho rodeado de una línea negra; arrugado en el centro de su cuerpo cilíndrico, y cubierto de un polvo amarillo que se escabulló en cuanto Javier lo elevó y se lo llevó a los ojos.
Empezó a sonar el móvil. Matías, el vendedor de la inmobiliaria lo requería para entregar las llaves y que la casa pasase a disposición de los nuevos dueños: el hijo del alcalde, que no la quería para vivir en ella, eso seguro. En realidad Javier no quería saber para qué la quería. Estaba quemando sus últimos instantes en el pueblo y lo sabía. Las lágrimas brotaron de sus ojos, eran las lágrimas que su padre no supo, o no se pudo permitir derramar; las lágrimas que se quedaron solidificadas en las entrañas de Julia cuando le dijeron, con apenas veinticinco años, que Crisantos no volvería, que se había desintegrado en la furibunda espiral en que la historia convertiría la guerra, adjudicando la verdad a los escritos de los vencedores, obviando la vida de los que cayeron, si es que alguna vez existieron: "Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?" (1).
Volviendo a casa, con el llanto reseco en las mejillas, Javier detuvo su coche en una cuneta. En el estómago borboteaba la pena; rugía en las tripas el recuerdo mezquinamente olvidado de los agostos en los que su padre recuperaba lo que nunca conoció: su niñez; y sus ojos se empañaban tras la cortina de polvorienta luz solar de aquel prado tras las escuelas, vislumbrando de nuevo las piernas de Isabelita, morenas, saladas, y entregadas a sus manos, contoneándose ante él bajo el paraguas de lujuria de su falda de mil colores, seguidamente arrojada a la hierba poblada de saltamontes.
Miró al horizonte. El perfil del pueblo se hacía viejo por segundos en la línea del fin del mundo. Usó su mano como visera y lloró por la juventud perdida, malgastada e irrecuperable.


De repente reparó en el catalejo junto al asiento del conductor, lo tomo y miró a través de él. Apuntó al pueblo y como si de un milagro de la naturaleza, justa y piadosa, se tratase, pudo volver a ver, gracias a aquellos cristales sin apenas aumentos, a su padre caminando con una vara de avellano como improvisado bastón, contándole como hacían travesuras los domingos de invierno cuando los vecinos salían de misa, y como luego tocaba correr con la benemérita pisándoles los talones; y volvió a contemplar la poderosa figura de la abuela Julia, con su rostro esculpido por el dolor y una estúpida dignidad, acarreando un enrome balde de latón con la ropa de todos sus nietos, camino del lavadero; y al bobalicón barbero contándole las mismas historias, año tras año, sobre lo buen lateral derecho que era 'el Melchor'; y a la madre, triste semblante, hablando con unas vecinas sentadas al fresco, contando los minutos para que acabase aquel verano saturado de ignominias aldeanas; y los muslos morenos de Isabelita, y su rodilla magullada por las zarzas, y su saliva, aplicada por unos labios temblorosos y anhelantes sobre la roja y dura cicatriz, para sanar la piel adolescente, y su olor a libido, tierna y urgente, y el tacto de su pecho silvestre, salvaje, indómito...Y entonces sonrío, y tembló de emoción, y dio gracias al mundo por los recuerdos, y guardó el catalejo como un tesoro, como su Rosebud particular, y enfiló la comarcal sin mirar atrás, en busca del resto de su vida.

Texto corregido y puntualizado por Paco Evánder.

(1) Famoso koan del budismo zen. Atribuida la inicial inquietud filosófica a George Berkeley.